LA ZURDA

WDJ0914 + 1914, una estrella caníbal

Estamos acostumbrados a entender los sistemas solares (es decir, los espacios dominados por la estrella central y su cohorte de planetas, lunas, asteroides, etc., todos ellos girando a su alrededor) de un modo ‘clásico’, predefinido. Pero en los últimos años las sorpresas en el ámbito del estudio de los planetas extrasolares (aquellos situados en otros sistemas solares, y que por tanto orbitan a otras estrellas) no dejan de aumentar. E incluso se dan casos que no sólo sorprenden, sino que hacen revisar las viejas teorías y las nociones aceptadas.

Esto es precisamente lo que ha sucedido en el caso de la estrella, de nombre “bellamente” escogido, WDJ0914 + 1914, una estrella de tipo enana blanca, es decir, una especie de residuo o cadáver estelar. Las enanas blancas son una de las últimas etapas en la vida de una estrella. Antaño (hablamos de hace centenares o incluso miles de millones de años), WDJ0914 + 1914 era parecida al Sol. Fue en su día una estrella vigorosa, madura, pero llegó un tiempo en que agotó el hidrógeno en su candente núcleo, y se hinchó en forma de gigante roja, alcanzando un tamaño cien veces mayor. Después la estrella entró en crisis, desligó sus lejanas capas externas y quedó despojada de ellas, permaneciendo en el centro un caliente y minúsculo remanente de su corazón estelar. Un sol en miniatura, del tamaño de la Tierra, pero tan caliente como cinco estrellas similares a nuestro Sol.

En el caso de que hubiera planetas en las cercanías de la estrella, la fase de gigante roja supondría su fin, pues quedarían totalmente calcinados como resultado de la hinchazón de la superficie estelar. Muchas gigantes rojas que hoy vemos en el cielo (como Betelgeuse, en Orión, o Arturo, en la constelación de Boyero), seguro que guardan en su corazón abrasado el ‘recuerdo’ de planetas, sus hijastros, a los que devoraron sin piedad.

La fase de enana blanca es lo que puede verse ahora en WDJ0914 + 1914. Pero en ella hay algo raro. En primer lugar, un equipo internacional de astrónomos ha logrado detectar un mundo gigante girando alrededor de esta pequeñaja luminaria. El planeta, que tiene un tamaño parecido a nuestro Neptuno, da un giro alrededor de WDJ0914 + 1914 en apenas 10 días (porque se halla muy cerca de la estrella). En segundo lugar, este planeta es cuatro veces mayor que la estrella (no hay que extrañarse, dado que lo importante aquí no son las dimensiones, para que un cuerpo mayor orbite a otro menor, sino su masa), y deja en su movimiento una larga cola de gas, compuesta por hidrógeno, oxígeno y azufre, como si fuera un enorme cometa de los que a veces vemos por el cielo. Lo curioso es que esta cola de gas del planeta ha dado vida a un anillo del mismo material que rodea a la estrella.

El descubrimiento en sí es sensacional. Hasta ahora no se creía que las estrellas de tipo enana blanca pudieran conservar “vivos” a los hipotéticos planetas que giraban a su alrededor. ¿Por qué? Porque las enanas blancas son chiquitas, pero matonas. Aunque los planetas hubieran sido capaces de sobrevivir a la fase de gigante roja, en cuanto las enanas blancas alcanzan su estado, un torrente de luz de alta energía brota de su interior, y es de esperar que caliente (o abrase) cualquier resto planetario que no haya sido ya pulverizado con anterioridad.

Pero en WDJ0914 + 1914 sí vemos un planeta (bueno, en realidad no es visible, pero se deduce su existencia por el efecto que causa en la estrella, en este caso el disco de gas rico en elementos químicos). Lo extraordinario es que la estrella, glotona y ávida de materia fresca, está succionando y evaporando las capas gaseosas del planeta gigante. Lo que nosotros vemos ahora, por tanto, es un acto de canibalismo dentro de una misma familia: la estrella, la madre, está matando a su propio hijo, chupándole toda su energía y materia gaseosa a un ritmo de 3.000 toneladas por segundo.

El hallazgo abre las puertas a futuros descubrimientos de otros planetas que, pobres ellos, estén sufriendo la misma suerte que el que orbita en torno a WDJ0914 + 1914. Sin embargo, no todas las enanas blancas son tan calientes como la de este caso. Puede ser, como sugieren los autores del descubrimiento, que haya otras enanas blancas más frías que carezcan del chorro de fotones de alta energía. En este ambiente menos hostil, es posible que los planetas se mantengan estables y no sufran de la ira y la voracidad de su progenitora estelar.

Por tanto, con WDJ0914 + 1914 tenemos un ejemplo de planeta superviviente… aunque no por mucho tiempo, ciertamente. En los tiempos en que WDJ0914 + 1914 fue gigante roja, quizá este mundo estuvo más lejos de ella, o quién sabe si incluso medró en su interior, sin ser carbonizado. Pero detectarlo ha supuesto, en todo caso, quebrar la suposición de que los mundos ya no pueden persistir una vez las estrellas pasan a sus “horas bajas” y achaques de la senectud. Y lo que es más, aún: podría haber otros planetas, más pequeños, pululando en torno a las enanas blancas, demasiado pequeños para ser detectados hasta ahora.

La evaporación de este mundo gaseoso en torno a WDJ0914 + 1914 nos da una imagen inquietante del futuro del Sistema Solar. En ese futuro lejano, quizá un astrónomo extraterrestre mire hacia aquí y vea lo que nosotros ahora observamos en esta extraña estrella enana blanca. La Tierra ya habrá desaparecido, carbonizada en el interior de un Sol hinchado, y puede que sólo algunos de los grandes planetas (Júpiter o Saturno) aún resistan los embates de la radiación. Serán los últimos bastiones planetarios, los nobles y postreros integrantes del Sistema Solar, luchando para no ser evaporados por los poderosos fotones nacidos de un Sol moribundo.

Por suerte, aún restan casi 5.000 millones de años para que ello acontezca.

Pero, tarde o temprano, sucederá.