LA ZURDA

Rosalía de Castro, por fin entre las estrellas

Antaño solía hablarse, sin hacer demasiado esfuerzo, de las “dos culturas” en relación con los intereses intelectuales de una persona. Si alguien era “de ciencias”, sus conocimientos de humanidades o artes eran harto defectuosos; y al revés, era improbable que un poeta o literato tuviese nociones científicas sólidas. Esto no siempre era así, desde luego, porque afortunadamente las personas tenemos curiosidad y quien se limita a un campo corre el riesgo de quedar miope, cultural y formativamente.

Pero ya hace muchos años que se hacen esfuerzos, por ambos “bandos” intelectuales, por acercar y enriquecer a uno con las bondades del otro. Se trata de educar a los científicos con la riqueza, historia y belleza de las letras, y a los entusiastas de la creatividad y la imaginación con los hallazgos y sorpresas que la investigación científica ofrece a la sociedad. La Astronomía, entre mucha otras formas, ha colaborado últimamente otorgando a las estrellas que poseen planetas su alrededor una denominación que se relaciona con algún aspecto cultural, geográfico o antropológico de cada región de la Tierra.

Así pues, una estrella que, por ejemplo, antes recibía un número de catálogo tan espantoso como HAT-P-23 ahora pasa a llamarse Moriah, el bello y ancestral nombre que corresponde a una montaña dentro de la antigua ciudad de Jerusalén; o también tenemos el caso de BD+14 4559, que ha cambiado el suyo por la denominación Solaris, en recuerdo de la gran novela homónima del escritor polaco Stanislaw Lem. Los planetas que estas estrellas tienen a su cargo, por su parte, reciben igualmente denominaciones que se relacionan con las de sus estrellas; así, el planeta que gira en torno a Moriah se llama Jebus, el nombre con el que era conocida Jerusalén en el segundo milenio antes de Cristo, y Pirx es el que, a su vez, ha recibido el planeta que da vueltas alrededor de Solaris, y que corresponde a uno de los personajes creados por Lem para su serie de relatos de ciencia ficción.

En esta iniciativa, que arrancó en octubre de este año 2019 que ya llega a su fin, cada país podía ofrecer sus listados de nombres, los cuales se someterían a votación para dilucidar los vencedores, los cuales subirían finalmente al cielo, al lado de Andrómeda, Júpiter, la Luna o la Vía Láctea. La Unión Astronómica Internacional (IAU, en inglés) se ocupó de arbitrar y controlar estos tejemanejes y que todo fuera transparente, delegando en centros astronómicos y de divulgación la tarea particular de cada país. Con motivo del Centenario de su fundación quería brindar a los ciudadanos la posibilidad de que fueran ellos, las personas de a pie, quienes escogieran los nombres para una estrella y su planeta. Más de un centenar de países participó en la convocatoria, un modo hermoso de hermanar el espacio con la cercanía de nuestra cultura y nuestra historia. En total han sido cerca de 800.000 votaciones, de las cuales sólo en España hubo más de 34.000.

España, en efecto, hizo su propia lista para poder apodar, con un nombre de nuestro folclore, a la estrella HD 149143, un astro de magnitud 8 que puede verse con prismáticos en la constelación de Ofiuco, y que es una estrella enana amarilla, como lo es nuestro Sol. Situada a 240 años luz de la Tierra, tiene un planeta a su alrededor, un poco mayor que nuestro Júpiter, y fue provisionalmente catalogado como HD 149143b. Las propuestas eran una docena, entre ellas Cuélebre y Xena (procedentes de la mitología asturiana), Tirant y Carmesina (personajes de la célebre Tirant lo Blanch, una de las novelas más importantes de la literatura universal, escrita por el valenciano Juanot Martorell en el siglo XV) o Tajo y Jarama (nombres que aluden al culebreo del largo río y el afluente entre el paisaje español). Pero finalmente fue escogida la candidatura de Rosalíadecastro, para la estrella, y Riosar, para el planeta joviano que le orbita, nombre del río presente en muchas de las páginas de esta extraordinaria autora.

El nombre de la estrella, obviamente, hace referencia a la famosa escritora Rosalía de Castro (1837-1885), precursora de la poesía moderna española junto a Gustavo Adolfo Bécquer, y que escribió en castellano y también en gallego cuando este idioma era mal visto (cuando no despreciado) para tareas literarias. Gracias a la figura de Rosalía el gallego empezó a recuperar su prestigio y fue motor para el renacer de su lengua. En la poesía fue donde Rosalía destacó fundamentalmente, con sus obras Cantares gallegos (1863), Follas novas (1880) y En las orillas del Sar (1884). En más de una ocasión Rosalía menciona a la noche y a los objetos del cielo en sus obras. ¿Qué mejor manera de homenajearla que llevarla allí, en compañía de ellos?

Gracias a esta noble y conciliadora propuesta de la Unión Astronómica Internacional, el cielo se está llenando (al menos para nosotros) de obras literarias, artistas, rincones fascinantes, historia, mitología, pasado y folclore humano, enormemente diverso y muy desconocido para casi todos. La próxima vez que contemplemos la constelación de Ofiuco, grande y extensa en el firmamento nocturno de verano justo por debajo de Hércules, el Cisne y la musical Lira, recordemos que allí, invisible a nuestros ojos pero tan real como la materia estelar, reposa y dormita el alma de la gran Rosalía (la auténtica), cuyas letras por siempre estarán vinculadas a la luz distante de esa estrella que hoy ya lleva su nombre. Y su planeta, un mundo gaseoso de rostro seguramente licuado, quién sabe si no tendrá, en sus dominios, extraños fluidos que serpenteen como el agua que conforma el río Sar…

Descansa ya, Rosalía, y con tus palabras nos despedimos también nosotros por hoy:

“Desde los cuatro puntos cardinales

De nuestro buen planeta

—Joven, pese a sus múltiples arrugas—

Miles de inteligencias

Poderosas y activas,

Para ensanchar los campos de la ciencia,

Tan vastos ya que la razón se pierde

En sus frondas inmensas,

Acuden a la cita que el Progreso

Les da desde su templo de cien puertas.”

(En las orillas del Sar, 1884)