LA ZURDA

La estrella de Belén, ¿persiste el misterio?

Uno de los enigmas que, durante cientos de años (sino miles), ha cautivado a los astrónomos y a la imaginación popular, ha sido la naturaleza de la famosa Estrella de Belén. Se han propuesto muchas hipótesis, y cada una tiene su aceptable posibilidad, aunque unas más que otras.

La estrella de Belén, o de los Reyes Magos, ha estado presente en multitud de representaciones y ha sido el icono "astronómico" por excelencia de las fiestas navideñas. Se supone que la "estrella" fue un “astro” que indicó a los Magos hacia dónde debían dirigirse, para luego "detenerse" en el lugar donde Jesús había nacido. Pero, ¿qué tipo de astro, si es que fue un astro? Es más, ¿fue algo que existió realmente? ¿Algún fenómeno natural insólito, un acontecimiento notable? ¿O no fue más que un mito?

Empecemos hablando del convencionalismo del día 25 de diciembre como inicio o celebración de la Navidad. No guarda relación con ningún acontecimiento histórico particularmente importante, sino que fue un acuerdo tomado hacia el siglo IV. Una mera convención, sin más. Más rigurosa es la fecha del nacimiento de Cristo, en el sentido de que fue resultado de cómputos y cálculos llevados a cabo por el monje de origen bizantino Dionisio el Exiguo, que allá por el siglo VI dedujo que el “año 0” debía corresponder al año 754 de la fundación de la ciudad de Roma. Pero parece probado que el bueno de Dionisio se equivocó, y que el nacimiento de Cristo tuvo lugar hacia el 6 o 7 antes de Cristo (perdón por la aparente contradicción).

Si Cristo nació en el 6 o 7 a. de C., 'algo' hubo de verse entonces que guiara a los Reyes Magos hacia Palestina, para poder encontrar al nuevo Mesías. El problema es saber de qué se trata. San Mateo habla habitualmente de una “estrella”. ¿Qué podría ser?

Dado que las “estrellas”, así en genérico, eran bien conocidas en la antigüedad (aunque su posición y brillo serían compilados por el gran astrónomo Hiparco un par de siglos antes del “año 0”, occidente no vería su catálogo hasta mucho más tarde), resulta muy improbable que una estrella de las “clásicas” fuera la de Belén. Una posible estrella “extraña” sería una supernova, es decir, la explosión violenta (y luminosa) de un astro masivo que muere con un estallido trágico. Pero las fuentes de otras partes del mundo, como las chinas, las coreanas o las mismas occidentales, no dejaron testimonio alguno de un acontecimiento similar (las chinas, las más fiables, hablan de “estrellas nuevas” en los años 185 y 393, pero no antes). O, si lo hubo, no hay mención por ninguna parte.

Hay quienes sospechan que se trató de un OVNI, es decir, de algún aparato, nave o artilugio extraterrestre que se acercó hasta los Reyes Magos y les condujo hasta el lugar donde iba a nacer Jesucristo. Puede que existan estas naves, y estos seres (aunque no hay evidencias actuales razonables), pero no tenemos el menor indicio de que algo así viniera a nuestro mundo en aquella época. ¿Por qué iba a venir una raza extraterrestre a "alumbrar" el camino hacia el nacimiento de un Dios que, en el mejor de los casos, sólo representa a una parte de la Humanidad? Visto con el paso de los años, la hipótesis alienígena adquiere matices de mitología… o de religión.

Por otro lado, en muchas obras pictóricas de la Edad Media (como una muy famosa de Giotto, realizada a principios del siglo XIV) solía aparecer la ‘estrella’ de Belén en forma de cometa, con una cabeza brillante y una cola alargada, la imagen “típica” de un cometa. Sin embargo, aquí nos encontramos igualmente con el mismo problema: no hay datos en las crónicas babilónicas, chinas o coreanas, ni tampoco en las occidentales, que sugieran el paso de un cometa (es de suponer que muy brillante, para ser el responsable de guiar a los Reyes Magos) entre el año 8 y 4 antes de Cristo. Eso sí, y como curiosidad, un poco antes, el año 12 a. de C. en el cielo de la Tierra se pudo ver a un cometa, el que hoy en día conocemos como el famoso cometa Halley. Pero las fechas son demasiado lejanas…

También hay que tener en cuenta que Herodes recurrió a los Reyes Magos (que, más que astrónomos, seguramente fueron astrólogos) para interpretar correctamente lo que la “estrella” significaba. Cabe recordar que el cielo, por aquel entonces, no era sólo un ente físico, sino que lo que en él sucedía tenía una incidencia en la Tierra y en los pueblos. Por eso eran necesarios los astrólogos, que dotaban de sentido y familiaridad, de “conexión”, entre lo acontecido en el firmamento y los sucesos humanos.

Tampoco pudo ser la estrella de Belén el planeta Venus, ya que aunque muy luminoso (es, de hecho, el astro más brillante del cielo, por detrás únicamente del Sol y la Luna), los antiguos sabían reconocer perfectamente tanto la ubicación como el brillo del planeta, en su versión matutina (Lucero del alba) y del atardecer (Lucero vespertino). No hay modo, por tanto, de que cometieran tamaño gazapo.

No pudo, igualmente, ser un bólido (esto es, un pequeño fragmento o resto de meteorito que cruza la atmósfera y, debido al rozamiento, brilla repentinamente con una luminosidad desmedida), dado que pese al fulgor tremendo es un fenómeno luminoso que apenas dura unos segundos, es de suponer insuficientes para que los Reyes Magos llegasen al lugar indicado.

¿Entonces? Parece ser que la mejor opción fue la situación especial de dos planetas en el cielo. En particular serían dos gigantes gaseosos, los planetas Júpiter y Saturno, que hacia el año 7 antes de Cristo estuvieron muy cerca en el firmamento. Tan cerca, de hecho, que parecían un solo astro, pero más luminoso de lo que estaban acostumbrados a ver los antiguos. Fue Johannes Kepler, uno de los mayores astrónomos de todos los tiempos, quien, a principios del siglo XVII, propuso esta hipótesis. Él comprobó, gracias a minuciosos cálculos que realizó, que este tipo de fenómenos (llamados conjunciones) entre los dos planetas, los dos de más lento desplazamiento por el cielo en la época de Kepler, era bastante infrecuentes y señaló, además, que en el año 7 antes de Cristo había tenido lugar uno de ellos. Los planetas se habían aproximado hasta “casi tocarse” en la constelación de Piscis.

Y lo que es aún más importante: el suceso estaba previsto que sucedería. Los astrónomos babilonios, unos excelentes observadores y que registraban los acontecimientos celestes con pasión y laboriosidad, ya habían predicho que hacia el año 7 antes de Cristo Júpiter y Saturno iban a acercase mucho. Por tanto, se sabía que algo importante podía acontecer hacia esos años (recordemos la conexión cielo-Tierra).

Dado el carácter y la formación astrológica de los Reyes Magos, hay que atender a cómo interpretaron el fenómeno: Júpiter (Zeus) era el rey de los mundos, y Saturno (Cronos) se relacionaba con la idea hebrea de la justicia. Por tanto, había un nuevo rey justo que estaba a punto de nacer en algún lugar. ¿Qué lugar? Palestina, puesto que la ubicación de los dos mundos en la constelación de Piscis, claro signo de agua, estaba relacionada con Moisés y, por añadidura, con su pueblo, el hebreo. Por este motivo, los Reyes Magos se digirieron hacia allí.

¿Fue en verdad nuestra "Estrella de Belén" esta conjunción planetaria? No lo sabemos con certeza, pero es plausible. Quizá se trate de otra cosa, que hoy desconocemos, o puede que sea un mero invento literario, un recurso simbólico útil de algo más prosaico que se vio en el cielo. En todo caso, el interrogante seguirá abierto, posiblemente durante mucho tiempo... La próxima vez que vean un belén o una estrella en la cúspide de un árbol de Navidad, piensen lo que podría ser en realidad ese astro. Cometa, supernova, conjunción planetaria... o quizá algo totalmente inesperado y sorprendente.

Por cierto, este mismo año 2020, que acaba de empezar, terminará precisamente con una conjunción muy similar a la que pudo verse en el año 7 antes de Cristo. En efecto, el día 21 de diciembre, justo en pleno solsticio de invierno, Júpiter y Saturno volverán a acercarse una vez más, hasta situarse tan cerca el uno del otro que se verán como un solo astro. Como ya advirtió Kepler, es un fenómeno raro: ocurre una vez cada 20 años.

Así que, cuando 2020 llegue a su fin, podremos rememorar quizá el mismo suceso que guió a los Reyes Magos, en su camino a Palestina, para encontrarse con el recién nacido Jesús, un día de 5 de enero, tal como hoy, hace más de dos mil años.