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Cómo ganó su primera peseta Ángel Pestaña

Hace unos días, el historiador Julián Vadillo publicó en este medio un escrito de Salvador Seguí en el libro ¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta? (1922), en que el periodista Francisco Gómez Hidalgo recoge la respuesta de 224 protagonistas de la vida política y cultural del momento. Añade Vadillo que el otro elegido de la CNT para responder la encuesta fue Ángel Pestaña, el otro gran referente anarcosindicalista de entonces.

Seguí, el gran orador, el tribuno; Pestaña, el verbo sosegado. Seguí, un conductor de masas; Pestaña, un buen conferenciante. Pero nunca estuvieron tan distantes ideológicamente como a menudo nos los pintan: el sindicalista y el anarquista puritano. De hecho, en marzo de 1917 ya nos encontramos al leonés junto al Noi del Sucre y Ángel Lacort en Madrid, negociando el pacto de acción de la CNT con la UGT, cuyo momento álgido será la huelga general de agosto de 1917.

En junio del año siguiente, desde su puesto de director del periódico Solidaridad Obrera, Pestaña emprendió una exitosa campaña contra el comisario de policía de Barcelona Manuel Brabo-Portillo, hombre cruel y arrogante, acusándolo de haber sido ser espía de los alemanes durante la I Guerra Mundial mediante dos fotografías de cartas de su puño y letra que lo involucraban directamente en el torpedeamiento de un barco español cargado de mercancías por parte de un submarino alemán, lo que provocó su destitución y su ingreso en prisión. Cuando lo soltaron, poco después, juró ante testigos matar a Pestaña, y el caso apareció ligado indisolublemente a su figura, otorgándole tal prestigio que nadie dudaba ya en colocarlo junto a Salvador Seguí como máximo guía de la Confederación.

No en vano, en el Congreso de Sants, inaugurado a finales de ese mes de junio, presidió tres de las nueve sesiones y habló en el mitin de clausura en penúltimo lugar, justo antes de Seguí, con el discurso más largo de los allí pronunciados.

Tampoco fue casual, a pesar de la oposición de ambos al uso del pistolerismo como medio de lucha eficaz para el sindicalismo revolucionario, que se convirtieran en objetivos prioritarios de los esbirros de la patronal catalana. En agosto de 1922, el año en que se publique el libro de Gómez Hidalgo, Pestaña recibirá dos balazos a bocajarro en Manresa, adonde se había desplazado para dar una conferencia sobre la revolución rusa. Ingresado en el hospital, los matones aguardaban en la puerta para darle la puntilla; fue tal el escándalo, que el socialista Indalecio Prieto intercedió en el asunto e interpeló al gobierno Sánchez Guerra en el Congreso de los Diputados, logrando finalmente la destitución del general Miguel Arlegui, jefe de policía de Barcelona. Pestaña sobrevivirá; Seguí caerá asesinado pocos meses después.

“Me pregunta usted “cómo y cuándo gané la primera peseta”. No creo sea muy interesante que cuente yo aquí cómo y cuándo gané la primera peseta. Seguramente que hay centenares y miles de individuos, la respuesta de los cuales, de dónde y cómo ganaron la primera peseta, resultaría un interesante estudio psicológico y acusador de un régimen que tantas víctimas produce. Pero ya que estos miles de individuos no pueden hacerlo, hágolo yo, más que nada, accediendo a su cariñosa invitación.

Tenía diez años cumplidos, sin haber llegado a los once, cuando mi padre me puso a trabajar de pinche en las minas del Cobarón, provincia de Vizcaya, cerca de Somorrostro.

Para quienes ignoren lo que hace un pinche en tales trabajos, diré que su ocupación consiste en traer, en unos barriles (así se les llama en las minas) en forma de tonel, de unos doce o catorce litros de cabida, el agua que consumen al cabo del día los obreros de la cuadrilla; además, llevar a la fragua, para que el herrero los aguce, los barrenos y pistoletes, y al carpintero cuando se rompen, los mangos, a mangar los picos, palas y azadas, traer las municiones del polvorín para los barrenos, y en algunos casos, ir a buscar la comida del capataz.

Empecé, pues, a trabajar en las minas del Cobarón, y en una galería subterránea que, según la leyenda, comenzó su explotación en tiempos de los romanos. La explotación primitiva se hizo en dos pisos superpuestos, que se comunicaban por pozos perforados de trecho en trecho, ya que la galería debe tener más de un kilómetro de longitud bajo tierra.

En la época a que yo me refiero, el piso inferior estaba completamente anegado, y la superficie del agua subía hasta el piso superior. El peligro de caer en uno de estos pozos fue lo primero que se me advirtió; cosa fácil, si se me apagaba el candil, pues aunque todos los pozos estaban a la izquierda de la galería central, donde trabajaban los mineros a quienes yo servía, por la derecha no era posible guiarse, ya que existen innumerables galerías secundarias en las que me hubiera perdido como en un laberinto.

El temor de caer en uno de los pozos y perecer ahogado; el extraviarme en el dédalo de las galerías secundarias; por otra parte, llevar al hombro, en un trayecto de un kilómetro o más, una carga superior a mis fuerzas; el reniego del capataz o de los mineros; no ver el sol ni respirar aire libre más que contados momentos del día, pues se trabajaba doce horas diarias y estábamos en invierno, era el risueño porvenir que se me ofrecía a cambio de cinco reales diarios de jornal.

Duró poco. Quince días después de haber comenzado a trabajar, una lluvia torrencial caída durante la noche, cubrió de tierra la fuente donde iba a buscar el agua y hube de ir casi veinte minutos más lejos de camino a llenar el barril, para que a los mineros de mi cuadrilla no faltase tan precioso como necesario líquido.

La tardanza exasperó al capataz, y cuando regresé me preguntó dónde había estado. Contéle lo ocurrido, y por toda respuesta obtuve un puntapié en salva sea la parte, un pescozón y quedaba despedido. ¡Así se premiaban mis servicios y la buena intención que había guiado mis pasos!

Fui a casa; conté a mi padre lo que ocurría, y mi padre añadió, por no creer que fuera verdad mi alegato, unos cuantos puntapiés y algunos pescozones más a los que me había dado el capataz. Más tarde se lamentó de que yo tenía razón y lamentaba su error.

Para acabar, cobré los jornales de los quince días trabajados, lo que representaba, como es de suponer, no una peseta, sino varias pesetas, continuando desde entonces hasta hoy haciendo bueno el versículo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.”

ÁNGEL PESTAÑA

 

Educador e historiador. Licenciado en Historia por la Universitat de les Illes Balears (UIB), dedica sus estudios a las facciones más heterodoxas del anarcosindicalismo español. Colaborador habitual del portal divulgativo Ser Histórico, acaba de publicar el libro Ángel Pestaña, falangista. Anatomía de una mentira histórica (Piedra Papel Libros, 2020).