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Ciudadano Kane: ¿La mejor película de la historia?


Cartel de la película (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Citizen_Kane_poster,_1941_(Style_B,_unrestored).jpg) /Wikimedia Commons Cartel de la película (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Citizen_Kane_poster,_1941_(Style_B,_unrestored).jpg) /Wikimedia Commons

Siempre que se publican rankings de las mejores películas de la historia del cine, “Ciudadano Kane” ocupa la primera posición. El resto del olimpo cinematográfico es más voluble, dependiendo del gusto del artífice de la lista, pero nunca se cuestiona la supremacía de la obra maestra del entonces precoz genio estadounidense (fue su primera película).

Con “Ciudadano Kane” pasa como con todas las grandes obras: casi todos conocemos su nombre pero ignoramos en qué radica su valor artístico. No pretendo que este artículo se convierta en una farragosa lista de los hallazgos visuales y narrativos de la película (el lector podrá hallarlos en google o en wilkipedia), sino que sea una fugaz pincelada que aporte color y textura a algo que, como todo lo genial, es inapresible por sí mismo.

“Ciudadano Kane” (1941) es una película escrita, dirigida, producida y protagonizada con solo 26 años por Orson Welles. A través de una novedosa estructura de flash backs, la película examina la vida de un magnate de la prensa, cuya última palabra, segundos antes de morir, fue “rosebud”. A partir de este hecho (confesado por la enfermera que le asistió), un periodista entrevista a la gente que le conoció buscando el sentido último de este misterioso vocablo. Finalmente, nadie consigue encontrarle una interpretación y solamente en el plano final, que ya no se corresponde con la versión de ningún personaje, sino al de un punto de vista omnisciente, descubrimos que “rosebud” es el nombre del trineo que el entonces niño tuvo que abandonar cuando su madre, a raíz de heredar una productiva mina, le envió a la ciudad para estudiar. “Rosebud” simboliza, por tanto, la infancia perdida, el paraíso abandonado cuando otros decidieron por él.

Las artes (el cine, la novela, la poesía, la pintura, la música ..) tienen un devenir histórico en el que determinados puntos de inflexión han articulado su perfeccionamiento y, por tanto, su supervivencia final: la novela moderna (un relato donde un personaje emprende un camino vital a través del cual evoluciona moral y psicológicamente) no se entendería sin “El Lazarillo” y, no digamos, sin “El Quijote”. Seguramente, si el autor anónimo de la primera y Cervantes no hubieran existido, la hubieran inventado otros, pero lo cierto es que a ellos les cabe el honor de haber creado un género literario que se sigue consumiendo en 2020.

El cine comenzó siendo un invento cuya importancia era más técnica que artística: una cámara rodaba secuencias teatrales que se representaban delante de ella. Hay que esperar a un director llamado Griffith para que se descubra que cine no solo es rodar planos, sino también montarlos unos detrás de otros, es decir, el director tiene la capacidad de crear algo nuevo gracias al montaje, donde decide cómo relacionar lo que ha grabado por separado.

Cuando yo me aficioné al cine americano clásico (década de los 30 y, sobre todo, 40) era un adolescente sin especiales inquietudes artísticas ni creativas que, justamente por eso, se sentía embriagado por la sencillez narrativa de esas películas en blanco y negro, cuyas historias parecían contarse solas. Es lo que luego se ha llamado el montaje invisible: los directores eran unos artesanos, en el buen sentido de la palabra, a los que se les encargaba rodar una película en el menor tiempo posible. Ni ellos pretendían ser genios ni sus productores se lo hubieran permitido. Sin embargo, muchas de estas películas hoy son auténticas obras maestras donde los planos duran lo que tienen que durar y se montan imperceptiblemente, de manera que el espectador tiene la sensación de asistir a una historia que fluye por sí misma sin que nadie la esté contando.

Orson Welles era un joven superdotado entre cuyas cualidades no estaba la modestia ni la discreción: si él creaba una historia, tenía que dejar su impronta recordándole al espectador que los hilos los movía él y solo él.

Y así nació una nueva forma de hacer películas (hoy la llamaríamos de autor) donde se subrayaba cada plano, cada foco, cada ubicación de la cámara o cada giro narrativo, de manera que la invisibilidad reinaba por su ausencia.

¿Tras su estreno, dejaron de hacerse películas como las de antes? Ni muchísimo menos. Gracias a Dios. Como tampoco dejaron de escribirse novelas de caballerías después de “El Quijote”. De hecho, aunque “Ciudadano Kane” fue valorada por la crítica, fracasó en taquilla y acabó cayendo en el olvido hasta que la crítica francesa la recuperó.

Hoy sigue encabezando las listas de las mejores películas de la historia del cine pero los rankings son lo que son y muchas veces mezclan peras con manzanas. ¿Es “El Quijote la mejor novela de la historia? Para mí, no. Es, indudablemente, la novela más importante, sin cuyas aportaciones no se entenderían los vericuetos por los que ha transitado la narrativa desde entonces hasta nuestros días. Constituye también el aparato lingüístico que desmontó el castellano arcaico medieval dotándole de un ensamblaje gramatical y léxico descomunal, único en nuestra lengua, pero me resisto a situarla por encima (ni tampoco por debajo) de “Crimen y castigo”, “Ana Karenina”, “Madame Bovary”, “La Regenta” o “Fortunata Jacinta”, porque cada una responde a un momento diferente no solo del género narrativo, sino de la humanidad.

De hecho, la mayoría de los hallazgos técnicos y visuales de “Ciudadano Kane” (picados y contrapicados, uso de la profundidad de campo, flash backs…) no fueron autoría de Welles (ni de sus técnicos), sino que ya habían aparecido aisladamente en otras películas anteriores. Como tampoco Cervantes inventó las conjunciones ni las subordinadas. La osadía de ambos creadores fue reinventar lo que ya existía y aunarlo en una misma obra dotándole de expresividad narrativa, dramática y argumentativa: cualquiera de los discursos de don Quijote ejemplifican por sí solos la madurez idiomática a la que Cervantes condujo al castellano, capaz ya de hilvanar ideas con una profundidad de pensamiento absolutamente contemporánea; en “Ciudadano Kane” un picado (la cámara arriba en vez de a la altura de la mirada) podía empequeñecer moralmente al personaje o la introducción en el plano de los techos de las habitaciones (antes esto no se hacía regularmente porque resultaba caro para la producción) solía obedecer al deseo de expresar opresión y claustrofobia. En otras palabras, Welles también dotó al cine de una nueva morfosintaxis audivisual.

“Ciudadano Kane” muestra, a veces con un exhibicionismo excesivo, muchas de las aportaciones que han permitido al cine crecer y desarrollarse durante 80 años, igual que, en su momento, Don Miguel de Cervantes afianzó nuestra lengua y el arte de contar historias, aunque, para ello, también cometiera errores, desequilibrios propios de un género recién nacido (las historias intercaladas de la primera parte) A pesar de ello (y también gracias a ello porque tanta perfección al final tampoco es buena), las dos obras fueron, son y serán sabrosas manzanas que no necesitan compartir cesta con otras frutas igualmente exquisitas pero, a veces, ley de vida, mucho más frescas y atractivas para los paladares del siglo XXI.

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