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Sinesio López: “El Perú llega a su bicentenario con problemas que no ha resuelto”


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El sociólogo Sinesio López Jiménez (Piura, 1942) es uno de los intelectuales más importantes de Perú. A lo largo de sus 40 años de trayectoria académica, ha investigado la desigualdad colonial, económica y política. Ahora se encuentra en la etapa final de su más reciente y ambicioso proyecto: el pensamiento político peruano. El Obrero conversó con él para saber su visión sobre lo que ha dejado la pandemia en Perú y cuáles son los retos próximos de cara al bicentenario de dicho país.

—¿Cómo observa el manejo sanitario del gobierno peruano frente a la pandemia?

— La política del gobierno peruano ha tenido etapas. Empezó con el exministro Víctor Zamora y, ahora, con la señora Pilar Mazzetti. En el periodo de Zamora se dieron algunas decisiones acertadas como la cuarentena que, claro, era duro, pero resultaba una medida que debía producir ciertos resultados. El problema, sin embargo, es que tenemos un sistema de salud muy frágil y débil. Si usted recuerda, al inicio de la pandemia, solo había 100 camas UCI. Ahora hay más de 1700. También tenían 3000 camas hospitalarias, pero ahora hay 14.000. Han tenido que trabajar intensamente para que el sistema de salud pública esté capacitado. Sin embargo, también hay un problema de articulación porque tenemos al Ministerio de Salud, Essalud, los hospitales de sectores especializados, como el militar y el policial, y del sector privado. Entonces, observamos que existe un problema en el sistema de salud en los últimos treinta años. El Estado no le ha dado mayor importancia para resolver las graves falencias que padece. No se le dieron recursos y tampoco la suficiente atención gubernamental. Hay otros factores claves que también bloquean el alcance de la política sanitaria.

— ¿Cuáles?

— Uno de ellos es el Estado en su conjunto. Por ejemplo, las Fuerzas Armadas y la policía fueron desbordadas en la capacidad de controlar a la población. El Estado, digamos, es demasiado frágil y no tiene capacidades adecuadas para atender las funciones que tiene como la coacción. Como que no hay la fuerza suficiente para hacer cumplir la ley, manejar una burocracia eficaz, prohibir los bienes públicos en general, la salud y la educación no llega por igual a todos en el territorio nacional. En la educación, por ejemplo, no llega el Internet a todos los escolares. Solo el 30% tiene ese privilegio para acceder, después, a una laptop. Entonces, no se ha construido un verdadero Estado en los últimos años en el Perú. Por el contrario, existe un Estado neoliberal que solo se preocupa por algunos intereses de determinados grupos, en vez del bien común. Eso se ha visto muy claramente en esta pandemia. También tenemos una sociedad fragmentada, donde el 72% de la población es informal. Cada año, esa cifra crece porque la economía se enfoca solo en la explotación de los recursos naturales.

—¿Los programas de distribución de ayuda social han servido en Perú?

— La pandemia han demostrado que son un desastre. Cuando han tenido que distribuir los famosos bonos sociales, no llegaban a todos. Y si ocurría lo contrario, personas con un estatus económico cómodo no debieron recibirlo. El Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social ni siquiera tuvo la contabilización de quienes serían los beneficiados. Ahí hay un error de la política del gobierno. Se debió entregar un bono universal y para recibirlo podían seguir un trámite sencillo: con el Documento Nacional de Identidad (DNI) se podría sacar a los que no están en planilla de alguna empresa y, por tanto, eran merecedores de un bono. Era más seguro. Sin embargo, también te enfrentas al problema del sistema bancario. No hay inclusión financiera. Por eso, debes hacer largas colas en donde uno puede ser proclive al contagio.

— ¿Cuándo menciona la falta de una inclusión financiera nos podemos referir a que los programas de reactivación económica tampoco funcionaron?

— Esos son prestamos que el Estado garantiza para las empresas. Si no los pagan, pues el Estado los asume. En ese asunto también han sido muy generosos con las grandes empresas. Ahora, lo que está ocurriendo es que algunas empresas, que pidieron créditos, están quebrando y, por lo tanto, el Estado tendrá que asumir sus deudas. Ahí se va generar un problema.

— Una consecuencia de la crisis económica es el desempleo. ¿Esta situación puede abrirle espacio al fenómeno del emprendedurismo?

— No, porque no hay demanda. En el Perú hemos llegado a un nivel de recesión que se requiere de una política keynesiana. Las empresas privadas invierten porque están seguro de tener rentabilidad. Quien tiene que aumentar la demanda es el Estado para que haya inversión. Ahí debe aplicar la política keynesiana para ponerle más plata en el bolsillo a la gente y, con ello, puede haber emprendedores y la fundación de nuevas empresas. Una ventaja de esta crisis en Perú, es que no te ha destruido el capital productivo. Es decir, las empresas no fueron destruidas porque solo se paralizaron. No ocurrió lo que pasó con el Niño Costero en 2017.

—¿Cuál es su proyección de la economía peruana para los próximos años?

— La recuperación será lenta, pero debe ir de la mano de grandes cambios. El gran drama del país es, desde el comienzo de la república, no sabemos para quién producimos. ¿Para satisfacer las necesidades del mercado internacional o para cubrir las demandas de nuestra población como la falta de empleo? Ese ha sido el gran debate desde el inicio de la república. Usted se acuerda cuando el ex primer ministro Pedro Cateriano no obtuvo el voto de confianza en el Congreso. En su presentación dijo que debemos reactivar la economía con la minería. Eso demuestra que deseaba atender las demandas de empresarios de afuera. ¿Acaso se le ocurrió producir para la gente? No pasó eso. Le quedó un ship en su cabeza de someterse tal mandato colonial como ocurrió durante la conquista española.

—¿Debe haber un cambio del modelo económico?

— De todas maneras. La pandemia ha demostrado todos los problemas que te describí. La economía se paraliza en el mundo y acá también. No tenemos un motor propio porque funcionamos con lo que viene de afuera. Somos una economía agromineroexportadora. Por ejemplo, las minas no te dan empleo. Solo te da el 1% de la PEA. La mina solo te produce trabajo indirecto, el cual solo te aporta el 10% de la PEA cuando hay inversión. Ahora, en ese campo también hay bastante informalidad. De la oferta anual de 300 000 empleos al año, la economía en su conjunto absorbe solo a 90 000 trabajadores, mientras los otros 210 000 se quedan fuera. Entonces, cada año va engrosando esa cifra de 72% de informales. En Chile hay 30%, Canadá tiene 5%. Por eso, en el Perú, con esa informalidad, no puedes decirle a la gente que se quede en casa porque de qué vive.

— Usted es un ideólogo de que el Estado peruano necesita reformarse. ¿Se puede hacer dentro del modelo neoliberal que nos rige desde hace 30 años?

— Si se buscará un cambio, el Estado debería ser dotado de capacidades. Pero eso solo es posible si se produce un cambio de diseño institucional. El Estado neoliberal solo garantiza atender los intereses particulares de los empresarios. Y todo lo que tiene que ver con los aparatos requeridos por la población, como la salud y la educación, son un desastre. Entonces, el diseño de un Estado debe priorizar los bienes públicos de la gente. Obviamente, también debe abarcar algo de los privados.

— Más allá de la responsabilidad del Estado en esta pandemia, también entra a tallar el rol de la población. ¿Existe alguna explicación cultural o social la falta de compromiso de los peruanos para no acatar las disposiciones sanitarias?

— Todo está relacionado con la informalidad. Si tú tienes el 72% de informales, no se va poder desarrollar una disciplina social, cuyo significado es que uno se somete a horarios y reglas. En Perú, cada ciudadano se preocupa por su interés particular. Es decir, tienen un individualismo brutal y posesivo. Por eso hay una indisciplina enorme. Resulta muy difícil tratar de cambiar este panorama. A este problema añade la discriminación, el racismo, los privilegios. Tenemos una sociedad muy complicada y explosiva. El Gobierno también contribuye a esto porque se inclina por ciertos intereses particulares y deja de lado los de la mayoría.

— ¿Qué otro problema ha relucido durante la pandemia en Perú?

— Este país es muy incomunicado y fragmentado. La salud mental, por ejemplo, ha sido un problema terrible que afectó a todos los sectores de la sociedad. La presión, la tensión, la depresión. La pandemia agudizó también las enfermedades psicológicas. Y esto de estar encerrado, creo que la criminalidad aumentó en los hogares. El reporte de los casos de agresiones, los feminicidios y las violaciones no lo tenemos hasta el momento. También se ha presentado las migraciones. Muchos peruanos tuvieron que regresar a sus lugares de origen porque ya no podían vivir en Lima.

— En medio de la pandemia también se desató una crisis política. ¿Cuál es su lectura sobre el presidente Martín Vizcarra y el Congreso?

— Separemos dos cosas: uno, el proceso de vacancia contra el presidente, y el otro sobre el caso de corrupción en el que se le involucra. Sobre el primer punto, el gran drama allí es que tenemos un mal diseño institucional. Todos los gobiernos divididos en un presidencialismo parlamentarizado terminan mal. Desde los expresidentes Guillermo Billinghurst, Augusto B. Leguía, José Luis Bustamante y Rivero, Fernando Belaunde, Alberto Fujimori, hasta llegar a Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra. El sistema presidencialista parlamentarizado funciona si el presidente tiene mayoría en el Congreso. Pero cuando ocurre lo contrario: el Ejecutivo y el Parlamento en manos opuestas, siempre acaba mal. Durante el mandato de Vizcarra se tuvo que recurrir al cierre del Congreso por negársele el voto de confianza a su gabinete. Ahora, el mal diseño institucional permite que el presidente pueda ser vacado porque ya no tiene la posibilidad de cerrar el Congreso en el último año. Lo que se debió poner en la Constitución es que ni el cierre ni la vacancia deben darse en el último año del quinquenio. Respecto al caso de corrupción que le involucra, el libreto es ridículo. Los actores del proceso de vacancia ya buscaban un triunfo, tal como el presidente del Congreso que se sentía jefe de Estado. Ese caso no tiene la misma repercusión que el Lava Jato brasileño.

— La situación también se agravó por el propio presidente.

— Por supuesto. El presidente es solitario: no tiene partido, equipo, no tiene nada. Solo se rodeó de gente mediocre y desleal que terminó en la cárcel. Hay una justicia mediática que no puede equiparar la noticia de la contratación de un cantante de medio pelo como la trama Lava Jato o el contrato Dreyfus. Se debe cambiar la forma de gobierno. En Estados Unidos se rige un modelo presidencialista puro. Aquí se debe imitar lo mismo para evitar confrontaciones innecesarias entre el Ejecutivo y el Congreso.

—¿Este es el quinquenio perdido para Perú?

— Diría que sí porque, digamos, hay un estancamiento económico. Pero esta situación también tuvo una dosis de ingobernabilidad, donde ahí la responsabilidad fue compartida entre el Congreso y el Ejecutivo. La señora Keiko Fujimori no dejó gobernar a Pedro Pablo Kuczynski, quien tampoco hizo mucho para respetarse.

— La campaña electoral del 2021 ya arrancó. Y hemos visto que, una vez más, los partidos políticos buscan independientes que tengan cierta popularidad para sobrevivir. ¿La política se ha desnaturalizado?

— Diría que tenemos un panorama desolador. Creo que este es un remate a 200 años de república. Estamos en una de las peores condiciones como país y los candidatos parece que no se dan cuenta que entramos al bicentenario de nuestra independencia. No hay programas de gobierno y la mayoría no sabe qué hacer con el Perú. Lo primero que deberían presentar, a título personal, es un balance de los dos siglos de existencia del país. Así se sabría los grandes déficits que deben resolverse a futuro. Son candidatos que tienen ambiciones, pero carecen de un plan. Tampoco hay partidos fuertes. La mayoría se convirtieron en vientres de alquiler para mantenerse elección por elección.

—¿El autoritarismo y el populismo pueden tener espacio en medio de la crisis de partidos políticos en Perú?

—Podría ser. El 72% de los informales no tienen intereses estables porque son muy volátiles. Son gente que ha pasado por varias ocupaciones. Entonces, al no sintonizar con esa población, es claro que pueden simpatizar con alguna figura caudillista que destile alguna bandera autoritaria y populista.

—¿En qué forma llegamos al bicentenario como nación?

—Muy mal. He revisado la coyuntura crítica del Perú republicano. Tenemos problemas que, lamentablemente, se repiten en todas las coyunturas críticas y no fueron resueltos. Forman parte de una agenda que debemos tener presente. Ni siquiera la situación colonial se ha resuelto. Porque la independencia fue de los criollos. Triunfaron los republicanos en la forma política, pero la gente conservadora mantuvo el sistema colonial hasta el siglo XX. Y así hay siete problemas para tener una verdadera nación. Los precandidatos presidenciales no tienen un balance de 200 años del Perú.

—¿Cuáles serían los problemas a resolver en Perú?

— A ver. En primer lugar, la herencia colonial. Se impuso en la política formal el republicanismo, pero se mantuvo la herencia colonial. Después, la extroversión o la introversión de la economía. Tal como hablábamos, para quién producimos. Cerrar la fragmentación social y política de las élites. Tratar de recomponernos del fracaso del Estado nacional, la inestabilidad política permanente y forzar una democratización social y política que permita garantizar una verdadera democracia en el Perú.

El sociólogo Sinesio López Jiménez / Foto cedida por la Pontificia Universidad Católica del Perú