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La independencia de la América española a través del cine


Cartel de la película "Simón Bolivar" de Alessandro Blasetti. Cartel de la película "Simón Bolivar" de Alessandro Blasetti.

El cine sudamericano fue pionero en llevar a la gran pantalla sus guerras de independencia (1808-1825), mitificando a sus líderes independentistas o a las fuerzas que les apoyaron. Los guionistas siempre dejaban claro que los enemigos eran “los españoles”, nunca los realistas ni los americanos partidarios de la unión con España, presentados como traidores a la sagrada causa de nación.

En Buenos Aires se rodó Mariano Moreno y la revolución de mayo, en 1915, por Enrique García Velloso. Intentó un aproximamiento inicial a uno de los pensadores más progresistas que propició el movimiento revolucionario argentino de mayo de 1810, y que fue secretario de la primera junta independentista, cargo al que renunció finalmente por sus enfrentamientos con su presidente, Cornelio Saavedra. Diez años más tarde, Pedro Sienna se acercó a la figura de Manuel Rodríguez Erdoiza (1785-1818), héroe chileno revolucionario y liberal, en El húsar de la muerte, cuyo título aludió a la formación de caballería que organizó en sus filas.

Otro biopic mitificador y nacionalista fue Nuestra tierra de paz (1936), en torno al general San Martín. Producida por el francés Henri Martinent, se perfiló ya cierto esquematismo que caracterizaría la gran mayoría de las biografías históricas argentinas. La crítica de la época señaló “San Martín habla desde el pedestal. No lo vemos nunca postrado, si no es para morir”. Pasaron las décadas pero el prócer argentino debía ser presentado siempre como un héroe en los films. Sus vacilaciones humanas le estaban vedadas, debía actuar siempre con nobleza y propiedad, hablar con grandes frases “históricas”, como si ya estuviera seguro de su destino patrio. Incluso su intimidad debía ser cuidadosamente soslayada. Esto fue evidente en El santo de la espada (1970), donde los inspectores militares exigieron al director que, en la escena de Guayaquil, San Martín no bajara la vista ante Simón Bolívar, porque ese gesto podría ser interpretado como una humillación del héroe ante un “extranjero"; Remedios de Escalada no podía mostrarse embarazada o besando a su legítimo esposo en los labios; el uniforme de San Martín, pese a participar en innumerables batallas, debía presentarse siempre limpio e impecable. Bajo estas censuras fue imposible pretender que el retrato mostrara pliegues ocultos: el hecho de que San Martín fuese mujeriego, su relación con Rosa Campuzano o su filiación a la masonería quedaron celosamente ocultados. Tan sólo al finalizar el siglo, El general y la fiebre (Jorge Coscia, 1993) se atrevió a mostrar una faceta diferente, presentando un momento de la vida del general de forma más realista, cuando, enfermo de gravedad, debió recuperarse en la provincia de Córdoba. En el film se le humanizó, presentando sus debilidades, enigmas, pasiones y su erotismo insatisfecho.

A comienzos de la década de los años 40, aparecieron varias películas sobre la época de la independencia: La guerra gaucha, Antonia Santos y Simón Bolivar. La primera, dirigida por Lucas Demare, fue una adaptación cinematográfica argentina de la obra homónima de Leopoldo Lugones, cuyo argumento recorría casi todo el siglo XIX, mostrando la guerra de los gauchos contra los ejércitos realistas, girando la trama, esencialmente, en torno a los azares de su capitán, Miranda. Fue la versión cinematográfica de los relatos sobre la lucha de los gauchos salteños, los cuales defendieron la frontera septentrional del país, cuando no existía un ejército regular argentino capaz de enfrentarse a “los españoles”.

Bajo dirección de Manuel Joseph y Gabriel Martínez, se rodó en Colombia el film Antonia Santos, que situó la acción en el pueblo colombiano de Socorro, en 1810, cuando una mujer, la que otorga el título a la cinta, dirigió un levantamiento popular contra las fuerzas realistas. Simón Bolívar, producida por Méjico en 1946, fue una aproximación a uno de los principales caudillos de la independencia, enteramente mitificada, y con una vinculación con la revolución mexicana totalmente anacrónica desde un punto de vista histórico. En Argentina, tres años más tarde, Julio Saraceni rodó Nace la libertad, cuyo argumento giraba en torno al éxodo de los pobladores de Jujuy en 1812, los cuales abandonaron su ciudad en masa como una forma de resistencia frente a las tropas realistas que amenazaron con atacarla.

En 1954, Luis Cesar Amadori rodó El grito sagrado, superproducción que glosó episodios de la vida de Mariquita Sánchez de Thompson, en cuyo salón se cantó por primera vez el que sería himno nacional argentino, relacionándolo con acontecimientos puntuales de la época de la independencia, como las invasiones inglesas al río de la Plata (1806-1807), que supusieron una toma de conciencia criolla de sus propias capacidades para liderar el cono sur americano. La situación política favoreció la producción pues el personaje femenino central fue interpretado por Fanny Navarro, una de las actrices más íntimamente ligadas con el peronismo, amiga de Eva Perón y amante de su hermano Juan. El gobierno creyó poder trasmitir mensajes proféticos sobre un futuro mejor, sospechosamente adecuados a la ideología oficial. Sus fines claramente propagandísticos y los retratos psicológicos presentados tuvieron categoría semejante a un manual escolar.

En el cine español, el tema de la independencia de las Américas no había sido objeto de grandes guiones, salvo los ambientados en 1898, que serán tratados en otro artículo. Sobre la época de comienzos del siglo XIX, solamente en 1954 se rodó Las últimas banderas por Luis Marquina, cuyo guión intentó simbolizar la hermandad de sangre y cultura que unía a los españoles europeos con los españoles americanos a través de la historia de dos amigos que se enfrentan en el campo de batalla a causa de sus diferencias a favor y en contra del proceso de independencia del Perú. Precisamente, fue en esas tierras donde la resistencia realista fue más fuerte y donde se arriaron las últimas banderas españolas -concretamente en El Callao-, de ahí el título del filme. De la misma manera que en otras películas sobre derrotas militares, el cine del primer franquismo intentó justificar de alguna manera la enconada resistencia bélica y el sacrificio de vidas y esfuerzos económicos en aquellas tierras, salvando el honor ligado al concepto de Hispanidad.

En 1968, Alessandro Blasetti dirigió otra biografía Simón Bolivar, claramente exaltadora, nacionalista y patriótica, participando en la elaboración del guión José Luis Dibildos. Fue una coproducción hispano-italo-venezolana, muy propia de la época, en la que un rostro de estrella internacional servía como reclamo para la explotación del filme en los mercados internacionales. En plena época de descolonización y crítica contra la guerra de Vietnam, la cinta obtuvo el Premio de la Paz del Festival de cine de Moscú. En 2000, Diego Rísquez dirigió Manuela Sáenz, una producción venezolana que abordó al libertador desde un prisma inusual: la visión de uno de sus amores femeninos, desde su encuentro en 1822, al entrar el general victorioso en Quito, hasta su muerte en 1830.

La vida del general argentino Manuel Belgrano (1770-1820) fue llevada al cine en Bajo el signo de la patria, 1971, por René Mugica. El guión se centró en aquellos años en que el militar independentista se hizo cargo de las fuerzas insurgentes del norte y obtuvo la victoria en la batalla de Salta, en 1813. Como el resto de acercamientos biográficos, el director no se libró de arquetipos nacionalistas.

Sin embargo, acontecimientos trascendentales de la época de la independencia como la creación del Imperio mexicano de Agustín de Iturbide, la revolución argentina de mayo de 1810, la declaración de independencia de Tucumán el 9 de julio de 1816, la creación del Imperio brasileño de Pedro I, el apoyo de grupos sociales importantes a la causa realista , no han merecido el menor interés de los cineastas, y muchas generaciones hispanoamericanas sólo se han acercado a su pasado a través de las citadas cintas, llenas de mensajes nacionalistas o contemporáneos, que no presentan la guerra de la independencia como una guerra civil sino internacional. Ni siquiera existen unas adecuadas biografías cinematográficas de los principales líderes de la independencia o de la resistencia, como el virrey Abascal, del cual se dijo que “fue rey de América cuando en España no había monarca”.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.