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Julián Padrón (1910-1954) un novelista y periodista venezolano, de más enjundia de la que se le reonoce


Julián Padrón (n. San Antonio de Maturín, estado Monagas; 8 de septiembre de 1910 - f. Caracas; 2 de agosto de 1954) fue un escritor, periodista y abogado venezolano. / Wikipedia. Julián Padrón (n. San Antonio de Maturín, estado Monagas; 8 de septiembre de 1910 - f. Caracas; 2 de agosto de 1954) fue un escritor, periodista y abogado venezolano. / Wikipedia.

Para llenar mí esperanza

no hay hora en que yo no muera

Xavier Villaurrutia

Poco, muy poco interés, antes del estallido del “boom latino-americano”, con su realismo mágico y su exquisita prosa, ha habido y continúa habiendo en nuestro país, hacia la literatura hispano-americana. Esto se pone de manifiesto cuando apenas se conoce un elenco de escritores, de bastante interés y no poca valía. Por poner sólo un ejemplo, de Venezuela solo suele citarse a Rómulo Gallegos, que fue presidente de la república venezolana, cuya ‘Doña Bárbara’, hace tiempo que es un clásico o a Arturo Uslar Pietri, autor de excelentes obras de gran fuerza descriptiva, con una prosa elegante y barroca como ‘Las lanzas coloradas’ u ‘Oficio de difuntos’; artífice, así mismo, de unos memorables relatos cortos.

Junto a estas dos ‘gigantescas figuras’, hay una pléyade de interesantes y meritorios creadores, como Julián Padrón que murió muy joven, sin poder dar quizás, sus frutos más logrados. Merece la pena, dedicarle un ensayo retrospectivo en EL OBRERO, para resaltar los múltiples valores y logros que contiene su obra literaria. Debe ser rescatada tanto por su profundo lirismo, como por la penetración psicológica que poseen sus personajes y narraciones.

Si echamos la vista atrás, apreciaremos que el siglo XXI ha sido hasta la fecha, notoriamente adanista. Muchos críticos y creadores de opinión actúan con una pereza y estupidez intelectual manifiesta y, pretenden borrar de un plumazo, el pensamiento y la literatura de los años cuarenta, cincuenta y sesenta en Europa y en América Latina. Sin embargo, es una tarea baldía porque a poco que se profundice tiene un atractivo notable. Su desconocimiento sumerge de lleno en una ignorancia paladina que no logra revestirse ni siquiera de pedantería.

Julián Padrón puede y debe ser considerado un esteticista que supo captar lo que de atormentado y de agónico había en la Venezuela de su tiempo y lo que el paso del tiempo ‘estaba liquidando’. La pervivencia de odios ancestrales, energúmenos que siguen practicando una violencia extrema, el desprecio a los diferentes… y cómo las épocas de crisis van dejando tras sí, un reguero de podredumbre sistémica, al ser incapaces de asimilar los cambios y transformaciones.

Su literatura contiene elementos simbólicos y podría decirse que es de una recia altura moral. En novelas como ‘Clamor campesino’ y sobre todo, en ‘Este mundo desolado’, narra con una fuerza descriptiva desbordante y con una calidad literaria ostensible, la relación dialéctica del hombre con la tierra. Tierra a la que se ama, tierra que hace sufrir, tierra que contiene el germen de la propia destrucción y, en definitiva, tierra madre y madrastra.

Hay, no obstante, una novela ‘Primavera nocturna’ que marca un giro significativo en su producción. El escenario, ahora, es urbano con sus complejas relaciones, sus retos y su ‘visión’ de la modernidad, tan alejada del ambiente rural que se deja atrás.

Sobre todo, se hacen presentes su conocimiento de las vanguardias, sus innovaciones técnicas y su aproximación al surrealismo que tan bien conecta con sus preferencias literarias y con su estilo a veces, un tanto hiperbólico e hipnótico. No faltan, quienes con agudeza, han señalado la influencia de James Joyce y de Pirandello que, a mi juicio, van más allá de lo formal. Se hace evidente una ruptura con las formas y recursos tradicionales… y esa manera tan peculiar con que Julián Padrón entrelaza el presente con el futuro y ambos con el pasado.

En todo creador tiene interés descubrir su itinerario formativo. Pronto dejó los espacios rurales para pasar a residir en el Estado de Sucre y finalmente en Caracas, la capital. ¿Qué sucedió allí? Algo de suma importancia. Estudió secundaria en el Liceo Andrés Bello, (que antes se denominaba Liceo Caracas), el cambio de nombre suponía un homenaje a la egregia figura de este insigne gramático, humanista y político. Más, sobre todo, estableció una relación de amistad y, en cierto modo, paterno-filial con Rómulo Gallegos, que por aquel entonces era su director. Allí, en cierto modo, se sentaron las bases de lo que después se conocería como Generación del 28, un movimiento que contenía un inequívoco compromiso democrático.

En sus novelas se evita, cuidadosamente, todo lo que suene a artificial. Hay en ellas un afán incuestionable de veracidad. Procura no deslizarse por la fácil pendiente de una visión nihilista y desesperanzada. En muchas de sus páginas, se plasma una percepción sagaz del presente y del futuro incluyendo lo que podríamos considerar una atmósfera de malestar histórico… que no tardaría muchos años en explotar. No rehúye la sordidez, ni los efectos caóticos de la violencia desenfrenada, acierta a plasmar que la vida va a trompicones y que a un novelista comprometido con la realidad le basta describir lo que pasa sin caer en autoflagelaciones mortificantes. Quizás esto, explique las interpretaciones polémicas que se han dado a algunas de sus páginas.

Hay desgarro sí, más también, una búsqueda de lo que podríamos denominar una convivencia social, presidida por el deseo de equidad. Julián Padrón no recurre nunca a los irracionalismos y se sirve de la razón para buscar soluciones y, asimismo, profundizar en las desavenencias que observa. En su literatura hay siempre una tendencia a corregir los desvaríos y no permitir que ese cáncer lo arrase todo. De él puede decirse que la respetabilidad exterior es una muestra de la dignidad interior. El pasado querámoslo o no, contiene ‘capas de la realidad’ que se niegan a desaparecer y que procuran continuar influyendo en la marcha de las cosas.

Conviene señalar las revistas en las que escribió, porque siempre es interesante recurrir a las hemerotecas y porque con la digitalización podemos recuperar colaboraciones suyas que, tal vez, pasaron desapercibidas pero que conviene retener. Así a finales de los años veinte, escribió en ‘Válvula’ y ‘Élite’.

Sin duda, lo más relevante es que poco después fundó y dirigió, junto a Arturo Uslar Pietri una revista incuestionablemente de referencia, que llevaba por título ‘El ingenioso hidalgo’. Duró poco tiempo pero dejó una huella evidente en la cultura venezolana. Colaboraron en ella entre otros, Bruno Plá y Pedro Sotillos.

En un ensayo divulgativo como este, debe hacerse obligada referencia a su labor como periodista. A mediados de los años treinta, fundó el ‘Diario Unidad Nacional’. Finalizada la Guerra Civil europea, que tuvo más repercusión de la que parece en algunos países latino-americanos, colaboró en el ‘Diario Universal’ y en diversas revistas venezolanas. Sería loable que algunos de sus ensayos y artículos se recuperaran en una antología que tendría una indudable importancia para analizar el pensamiento y como se veían las cosas desde Venezuela en esos años cruciales, que es tanto como decir, a qué aspiraban… y como se frustraron todas esas expectativas.

Otras facetas suyas fueron la de Presidente de la Asociación de Escritores Venezolanos, así como Director de la Comisión de Literatura del Ateneo de Caracas. Merece la pena destacar que fue Director-Fundador de los ‘Cuadernos Literarios’, que tuvieron una repercusión enorme. Dirigió, hasta su muerte la prestigiosa revista ‘Shell’.

A diferencia de otros escritores, sus novelas aunque no son fáciles de encontrar, son relativamente accesibles. Con motivo del primer centenario de su nacimiento, en el 2010, se reeditaron. Asimismo, disponemos de sus relatos cortos emblemáticos en una publicación que lleva por título ‘Candelas de verano y otros cuentos’.

Un novelista desde mi punto de vista, es sobre todo, alguien que sabe contar historias. Contar historias es ser fiel a la tierra, al pasado y al momento histórico en que se vive. Es acertar a narrar las penas, las alegrías, las frustraciones, los fracasos y los sueños de varias generaciones que nos han precedido, o lo que es lo mismo… la Venezuela que ya se ha extinguido pero que aún sigue viva en el recuerdo.

Por estos pagos sabemos muy poco de este país y, sobre todo, de su pasado. Venezuela es algo más que el petróleo, Maduro, Chaves y los acontecimientos políticos y sociales que se han sucedido en los últimos sesenta años. Julián Padrón en muchos de sus relatos nos habla, como diría Truman Capote, de las ciudades ‘fuera del tiempo’, de la lucha por la supervivencia en las zonas rurales y de la cultura refinada de ciertos barrios señoriales de Caracas, que han vivido muchos años de espaldas al sufrimiento de cientos de miles de desposeídos.

Tal y como señala Picón Salas en su introducción a las obras completas de Padrón, toda su vida buscó una novela que sintetizara el cuerpo y el alma de su país, donde el paisaje, las angustias y sueños estuvieran en tensión dialéctica y, a la vez se complementaran, aunque sin alcanzar nunca una síntesis. Nos hemos referido anteriormente, a que su literatura tiene un inequívoco contenido social, más o menos explicito. No es infrecuente encontrar en alguno de sus relatos breves o novelas personajes que han de exiliarse porque un régimen injusto los arroja abrupta y violentamente de su tierra natal. De ahí, que la desigualdad y el abuso de poder sean temas, recurrentes en sus narraciones.

Julián Padrón puede considerarse un ‘narrador criollo’ en cierto modo… pero, no es menos cierto, que va mucho más allá del criollismo tópico y típico y que sus lecturas contemporáneas y su conocimiento de las vanguardias, se entremezcla con su criollismo. Puede afirmarse que sus relatos se inician en lo local… pero con rapidez ascienden… y se universalizan.

Como de muestra vale un botón, citaré unas líneas de ‘El desterrado’, un relato breve suyo, recogido en la antología ‘Candelas de verano y otros cuentos’. En ese texto pone de relieve su afán por superar y transcender un pasado que ahoga. “Por fin nos quitamos los altaneros de antes. Luego tendremos que quitarnos los altaneros de ahora”. Y es que el poder adopta distintos disfraces… pero tiene unos rasgos comunes que van más allá de las máscaras concretas con que el poder tiende a manifestarse y que, sospechosamente, se parecen mucho unas a otras.

Una y otra y otra vez, las audacias y el talento son estranguladas o domesticadas por algo que si no lo es, se parece bastante a una dictadura. De ahí, la tierra seca y sin remisión de ahí, la amargura… de quienes creyeron que las cosas, podían ser de otro modo. Es muy difícil salir de un letargo de muchas décadas. Es complicado vencer las rutinas, que de tanto repetirse y mudar de piel, se llegan a confundir con la realidad.

Sus creaciones son a veces un grito y otras una reflexión para que de una vez por todas, haya que dar cuenta de las responsabilidades. Lo irracional procede de un pasado profundo, del subsuelo ancestral e impone su lógica cruelmente y por la fuerza, siguiendo estratagemas hipócritas que se valen de unos rituales coercitivos para vencer resistencias y para lograr el abandono y la sumisión.

El estilo, en ocasiones no es más que la forma de describir con crudeza, la realidad sin atenerse a los cánones establecidos. Eso sí, con coraje, sin desmayo, sin complacencia. Quizás sea cierto aquello de que el único crítico literario infalible es, el tiempo.

Acertó a poner en pié un mundo campesino con tal intensidad que logró que no desaparecieran las sombras de esos recuerdos. ¿Cuál fue su mérito? Quizás el principal, que acertó a fundir con inteligencia, lirismo y finura, el criollismo y las vanguardias. Sus narraciones son, desde luego, expresivas, dinámicas e intensas y envueltas en un ropaje lírico de indudable belleza. Puede considerársele con justicia un esteta, más un esteta de lo social y que tiene como premisa salvar al futuro de las garras de un pasado que tiende a perpetuarse de múltiples formas.

Creo que es justo reconocer que fue un enamorado de su tierra venezolana. La amó con intensidad más allá de sus contradicciones. Se negó a dar de ella una imagen ficticia, falsa y enajenada.

¿Por dónde empezar a leerlo? Es una buena pregunta. Me atrevería a sugerir que por ‘Madrugada’. En esta novela capta con hondura la idiosincrasia del campesino de su tierra, en un momento en que se está produciendo el lento pero ostensible transito del campesinado a las ciudades con todo lo que ello implica.

De lo que no cabe duda es que Julián Padrón es un novelista al que merece la pena acercarse sin prejuicios y con curiosidad intelectual. No lo lamentará quien inicie esa aproximación. Una cierta crítica trufada de papanatismo, establece una rígida separación entre la literatura europea y norteamericana, por un lado y el canto tradicionalista y tópico del criollismo, por otro. Craso error. Se pueden haber asimilado las vanguardias, conocer a Pirandello, a James Joyce y a Truman Capote y aplicar sus descubrimientos literarios y procedimientos a lo que se ha dado en llamar, con cierto desprecio, ‘estructuras narrativas criollas’. De esta forma, se obtiene un mestizaje que ha ofrecido muchas posibilidades y dado no pocos frutos.

Sus personajes son variopintos, complejos, con frecuencia atormentados más con un rico mundo interior. El resultado adquiere perfiles magníficos cuando se describe un mundo en liquidación, un pasado que se resiste a morir… y un presente que tiene deudas con el pasado, en buena medida, impagadas.

‘Primavera nocturna’ será mi segunda y última sugerencia para abordar la sugestiva prosa de Julián Padrón. En ella ya se aprecian con nitidez sus innovaciones vanguardistas e incluso una atmósfera surrealista que le da un toque de irrealidad e incluso fantasmagórico a determinados pasajes.

Hay autores que merecen ser rescatados y que han de situarse en el lugar destacado que les corresponde por méritos propios. Julián Padrón es uno de ellos. Lo que se ha dado en llamar el ‘realismo mágico’ está mucho más presente, en escritores latino-americanos con ciertas tendencias barrocas, de lo que podría pensarse. Desde luego, su concepción del espacio y del tiempo son originales y extremadamente novedosas.

Existe un desconocimiento culpable, fruto del desinterés hacia las literaturas de los distintos países latinoamericanos. Sin ir más lejos, la venezolana con epicentro caraqueño, no es solo Rómulo Gallegos ni Arturo Uslar Pietri.

Por eso, hay que aventurarse… ir más allá de los autores de referencia y buscar y buscar hasta encontrar a esos autores injustamente considerados secundarios, que a mi juicio, son imprescindibles para intentar entender el siglo XX y lo que llevamos del XXI por lo que respecta a la cultura, al pensamiento y a la literatura venezolana.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.