LA ZURDA

Luz Modroño

Estrasburgo: la legalidad frente a la legitimidad

Huyen con la esperanza de alcanzar una meta soñada. Apenas en sus retinas se perfila la meta de un mundo que conocen a retazos por conversaciones oídas de labios de los que han tenido la suerte de nacer en un mundo más rico, más en paz, más seguro. Huellas que dejan en sus sentidos películas de otros lugares, músicas que hablan de amor, de riqueza, de derechos humanos… y ellas, personas que nada tienen, que por no tener no tienen ni esperanza, un buen día deciden partir. Huyen del hambre, de la guerra, de la miseria, de violaciones y golpes, de miedos e incertidumbres. No es fácil tomar esa decisión. Saben que el camino que les espera está sembrado de espinas, que deberán ir escondiéndose como si de animales acorralados se tratara, que tendrán que confiar su vida a mafias que se alimentan, muy bien, de sus despojos. Reunir el dinero necesario para la travesía tampoco fue fácil. A éste le ayudo un hermano; a aquélla, su madre; el de más allá tardó dos años en juntar lo necesario para un viaje incierto que se comerá lo recaudado. No importa, allá en el horizonte espera la libertad, la bondad de un mundo en paz, un mundo sin guerra, un mundo que habla de justicia y derechos humanos. Espejismo. Las balas, las amenazas, los gritos, el miedo, el rechazo y los golpes ya no les abandonaran. Formarán un todo con sus cuerpos. El camino es duro y largo, es frío y pasan hambre. Caminan por la noche mientras se esconden durante el día como animales perseguidos. Pero siguen soñando. La meta está un poco más allá, siempre un poco más allá. Y van solas, una soledad incrustada en la piel, porque no hay mayor soledad que la que produce esa lucha por la supervivencia.

La eutanasia

La libertad no parece que case bien con la derecha ideológica en este país. Pasó con la ley de divorcio, con el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, con el derecho a sentir pertenencia a un sexo que nada o poco tiene que ver con el que, aparentemente, se nace… y, ahora, con el derecho a decidir sobre la propia muerte, esto es, la eutanasia, mejor denominada muerte digna. Y es esto, lo de la dignidad, lo que conviene resaltar. Porque, en realidad y en el fondo, de lo que se está hablando es precisamente de dignidad. De reconocimiento de la dignidad para morir. Porque hasta para morir el ser humano tiene derecho a ser respetado en su dignidad y tiene, por consiguiente, derecho a que los poderes públicos reconozcan su derecho a decidir.

El Tarajal. Cinco años de espera

En Ceuta hay una playa de arena fina y aguas cálidas. Desde ellas se ve Marruecos. Desde Marruecos se antoja fácil llegar a España. Dos países cuyas fronteras físicas están tan próximas como lejanas sus expectativas. Ceuta forma parte de España, de la rica y próspera Europa convertida en la mente de muchas personas, hombres y mujeres, en sueño y destino donde encontrar una vida mejor. Y, tras vender en muchos casos lo poco que tienen, deciden saltar la valla. La única valla que, junto a la de Melilla, separa la Europa rica de la pobre África. Pobre no, empobrecida por esa Europa que lleva siglos esquilmándola, apropiándose de sus bienes, de sus materias primas, de sus riquezas, convirtiendo a sus hombres y mujeres antaño en esclavos y hoy en mano de obra barata, con la connivencia y la complicidad de sus propios dirigentes.

Ni en lo más básico son tratados dignamente

En estos días en que se celebra el 71º aniversario de la declaración universal de los Derechos Humanos convendría reflexionar si su objetivo principal de universalidad, principio primero de todo su contenido y desarrollo, ha sido alcanzado. Y basta una somera mirada al mundo que nos rodea para comprobar que aún, y a pesar de haber sido suscrita por una gran parte de los países de los cinco continentes, sigue siendo un conjunto de buenas intenciones que remarcan la injusticia y ponen en evidencia los privilegios de una minoría, la que formamos quienes hemos nacido bajo la seguridad de un mundo en paz. 71 años después de su aprobación, derechos básicos como la vivienda, la alimentación, la salud… continúan siendo un sueño inalcanzable para millones de personas.

Testimonio de un fracaso

Oyeron hablar de paz, de derechos humanos, de estabilidad… y salieron en su búsqueda. Para ello tuvieron que pagar un elevado precio. Muchas vendieron casa, bienes, ropa… transformados en monedas con las que sufragar el coste de un viaje que se intuía duro. Otras recurrieron a cuanta ayuda pudieron obtener. Todas coinciden en un punto: la facilidad para encontrar a las mafias y emprender ese viaje que se antoja salvador. La guerra, la persecución por cuestiones políticas, sociales o religiosas, la destrucción de sus viviendas y bienes, la mutilación producida por una bomba, la violación de los derechos humanos, el hambre… están detrás de cada una de las personas que un buen día decidieron dejar atrás la tierra en la que nacieron y buscar otro espacio donde vivir sea algo posible.

Del squad, a la calle. De la calle, al campo

“Hay un asunto en la Tierra más importante que Dios, y es que nadie escupa sangre pa’ que otro viva mejor” (Atahualpa Yupanqui).

Se estima en más de cien mil las personas refugiadas en Grecia a la espera de la resolución que les otorgue el asilo y les conceda la carta que les convertirá en personas libres, con capacidad de movimiento. Será el momento en el que deban abandonar Grecia y entrar en Europa. Esperan ese momento, que, debido a la lentitud de la burocracia europea, puede tardar años. Entre tanto deberán someterse a diversas entrevistas con el miedo incrustado en la mirada y la desesperanza mermando sus fuerzas. No es fácil vivir con noventa euros al mes y cincuenta más por cada miembro de la familia hasta un total de cinco. Si la familia supera ese número, deberán arreglarse.

Entre cartones, en una plaza cualquiera

Salimos de España en busca de una cruel realidad de la que solo nos llegaban noticias a retazos. Es la azarosa vida de unos seres humanos que salieron persiguiendo un sueño y se encontraron con la pesadilla de la insolidaridad, del desamor, de la indiferencia. No era un sueño muy ambicioso. Tan solo, llegar a un lugar donde vivir no fuera una tarea tan pesada, una carga tan doliente, tan arriesgada.

Lepe: para los desheredados, el fuego

No era difícil prever que, en cualquier momento, esas chabolas, levantadas con los restos que arrojan los que tienen una vivienda digna, arderían. Afortunadamente, y porque el azar es lo único que, de vez en cuando, ofrece alguna protección para los desheredados de la vida, para los desposeídos de derechos, no hubo muertos. También fue una suerte para los responsables de esa situación, para las instituciones que se permiten mantener a seres humanos en tales condiciones. Ocurrió en Lepe. El pasado 13 de octubre volvieron a quemarse las infraviviendas en las que se cobijan. Unas 200 se han quemado. El resto han sido derribadas.

Samos. Rejas de agua

Hay que sujetar bien el suelo de la tienda. No es fácil. Hay que buscar piedras y en este trozo de monte hasta las piedras escasean. Sujetar bien el suelo para no dejar resquicio alguno por el que pueda entrar cualquiera de los animales que pasean por entre las tiendas cada noche y estar preparado para arrojar una con la que defenderse son tareas nocturnas primordiales en este lugar sin nombre. Es imposible acostumbrarse al sonido de una rata tratando de entrar en la tienda. Por ello duermen sin dormir. Es el campamento de refugiados de Vathi, en Samos, cuna de Pitágoras y Epicuro.

Samos: de la solidaridad al disparo

Se extienden hacia el infinito. El horizonte se pierde tras una auténtica maraña de tiendas rotas, basura, fuegos en los que cocinar, plásticos, barro. Nada que no se repita en otros campos. Son miles y miles de tiendas, cuyo final no se vislumbra, ocupando las laderas de la pequeña isla de Samos. Cercado por aguas fecales, aproximarse al entorno del campo es llegar a la entrada del infierno. Otro infierno más autorizado por Europa, cuyo mantenimiento paga pero que ni controla ni inspecciona.

El largo periplo de la esperanza: historia de una huida

Salió huyendo de una amenaza de muerte. Afganistán no es país seguro para nadie. Menos, para mujeres que osan desobedecer órdenes de talibanes. Aunque apeados del poder, su presencia, su fuerza impositiva lejos, de desactivarse ha seguido creciendo. Y quiso salvar su vida y la de su familia. Sólo encontró un medio: alejarse, escapar a un lugar donde nadie la conociera, donde nadie la encontrara, donde no tuviera que estar encerrada en su casa como único lugar seguro, temblando cada vez que sonaba ese teléfono cargado de muerte para ella y los suyos. Entonces aún no sabía que su viaje estaría plagado de cíclopes con un ojo en la frente, de vientos huracanados, de islas donde sobrevivir se convertiría en una proeza diaria.

El botarga de albendiego

Llega con una sonrisa tan amplia y humana como todo él. Julio, el Botarga de Albendiego, nombre con el que hace honor al pueblecito de Guadalajara en el que vive y que ha convertido en su refugio particular para amigas y amigos, el fundador, junto a su mujer, de Movil Kitchen, respira humanidad por sus cuatro costados. Llegó, hace cuatro años, en busca de un lugar donde dar lo mejor de sí mismo. Y como lo mejor que sabía hacer -por algo llevaba toda su vida haciéndolo hasta que estalló la crisis en España- era cocinar, se puso a ello y a repartir comidas a las personas refugiadas en Lesbos. “Fue la mejor decisión de mi vida -afirma-. Esto engancha, te sientes útil, sientes que la vida coge sentido. Recibes mucho más de ellos de lo que les das”.

El cementerio de chalecos de Lesbos

No hay aquí cuerpo alguno bajo tierra. Entre cardos y una tierra calcinada, miles de chalecos se amontonan. Testigos mudos de un crimen colectivo.

Moira. La lenta y dura cotidianidad

En este mundo dantesco la actividad empieza muy temprano. Son necesarias de dos a tres horas de cola para recibir un trozo de pita. A veces, un croissant y un vaso de zumo industrial; a veces, un café. Es el desayuno, la primera comida del día, que se reparte sobre las 6 de la mañana. Pero el cuerpo necesita alimento y, total, no hay nada que hacer. Las horas están marcadas por la inacción. Deambular por entre las basuras que jalonan el campo, esquivando las ratas, es lo único que puede hacerse. También, sentarse en la entrada de las tiendas o sobre alguna piedra. Bancos no hay. Las sillas son un lujo y tampoco hay. Dispersos entre las hacinadas tiendas, viejos olivos que nadie cuida, que nadie poda. Y entre ellos, y con cuidado de no tropezar con alguna cuerda de las que se entrecruzan buscado un hueco donde amarrar porque espacio libre tampoco queda, corretean estos nuevos niños que sienten la vida como una guerra.

Espacios de solidaridad

Entre la pesadilla que es Moria, algunas organizaciones tratan de hacer algo más digna la vida de los refugiados. Son pequeñas organizaciones que tratan de crear espacios de convivencia, de normalidad dentro del caos. Son insuficientes, necesitan recursos, pueden ser cerradas si así lo considera la “ autoridad”… pero son referentes para las refugiadas y los refugiados de Lesvos. No pueden entrar en el campo pero con el tiempo, quizás, entre el caos y la superpoblación, hay quien sabrá donde están y quienes son. Una pequeña válvula de escape. No es fácil la información y ésta se transmite de voz en voz.

Un reto que Europa no sabe afrontar

Las islas griegas del Egeo continúan siendo inmensos desembarcaderos para muchas personas que huyen en busca de un lugar donde el hambre, la miseria o la guerra no sean una continua amenaza para sus vidas.

Campo de Lesbos. Un gran negocio

Entre olivos milenarios surgen miles de tiendas de campaña. Unas, cubiertas con plásticos; otras, con huellas del barro de las últimas lluvias. Muchas, tan rasgadas que no podrán ser reparadas, pues los 90 euros que reciben mensualmente no dan para más. Son las tiendas que ya no caben dentro del campo de refugiados de Moria, que, por no tener, no tienen ni una valla protectora. Aunque de poco les serviría.

Zaporeak. La dignidad es parte del alimento

Pesar, cortar, pelar, picar, cocinar, distribuir… el trabajo comienza pronto para los 12 voluntarios de Zaporeak, una organización vasca que cada día da de comer a tantas personas refugiadas en Moria como puede. En ocasiones, por diferentes causas entre las que no escapa la arbitrariedad con la que funcionan los campos, pueden ser 700. Otras, pueden llegar a casi 1.500. A veces más. Dependerá de las trabas que la policía les ponga. Aunque su tope, afirma Josi, el coordinador de esta cocina solidaria, está en 2.000. A Josi le brillan los ojos de emoción cuando habla de ello.

La dignidad y el cinismo

Un cartel en tonos azules señala la entrada. En él, la foto de los mandatarios europeos. Y un letrero bien visible da la bienvenida al infierno a los más de 4.000 refugiados, hombres, mujeres, niños y niñas del campo de refugiados de Chios: “Bienvenidos, refugiados”.

El tratado de Turquía: un camino hacia el infierno

Llegaron a la isla persiguiendo un sueño. Tocaron un infierno dantesco. Pero no había Beatriz alguna. Solo algunos hombres buenos, como ese par de piratas al revés y de nuevo cuño, Antoni y Mihail, fundadores de FEOX, esperando en la orilla de un mar amenazante, preparados para salvarles. Llegaron persiguiendo un sueño pero sólo encontraron una pesadilla.

Feox: los piratas salvadores

Hay que aguzar el oído. Entre las sombras de la noche se oye el golpe sordo de unos remos que no quieren asustar a las estrellas. Se impone en silencio porque en él está en juego la esperanza. Y después de tantas horas como ya han pasado, después de un camino tan largo, del frío, del hambre, después de tanto miedo vivido un golpeteo sobre el agua más fuerte podría alertar a las autoridades y todo habría acabado.