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EL PERIÓDICO
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Mercedes Peces Ayuso

Greguerías y coronavirus

«Un tumulto es un bulto que le sale a las multitudes»

«El camello tiene cara de cordero jorobado»

Greguerías, Ramón Gómez de la Serna1

Toda la sabiduría de este gran vanguardista y trasgresor cultural de la Generación de 1914 se concentra en el choque entre ingenio de artista y realidad para conseguir, mediante la simbiosis del humorismo y la metáfora, una greguería, más sinóptica aún si cabe que un haiku, pues solo consta de una frase, con el que comparte el deseo de provocar asombro y emoción; don Ramón hizo de la greguería algo con categoría de género literario que vino a enriquecer el acervo de la imaginería poética de principios de s. XX y que deberíamos rescatar en los albores de este amargado s. XXI. Una greguería es arte de vida que huele y transpira bullicio y algarabía. Todo eso que hemos perdido.

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Cañas y barro en el coronavirus

«Él era como el pastor de la leyenda: había acariciado de pequeña a la serpiente, la había alimentado, prestándola hasta el calor de su cuerpo, y al volver de la guerra asombrábase viéndola grande, Poderosa, embellecida por el tiempo, mientras ella se le enroscaba con un abrazo fatal, causándole la muerte con sus caricias»

Cañas y barro, Vicente Blasco Ibáñez

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El cuervo y el coronavirus

«Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.


Aún sigue posado, aún sigue posado


en el pálido busto de Palas.


en el dintel de la puerta de mi cuarto»

El cuervo, Edgar Allan Poe

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El viejo y el mar del coronavirus

«Debiste haber traído muchas cosas, pensó. Pero ahora no es tiempo de pensar en lo que no hiciste. Piensa en lo que puedes hacer con lo que tienes aquí».

El viejo y el mar, Ernest Hemingway

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Ana Karenina asoma por el coronavirus

«El respeto lo han inventado para llenar un vacío donde debiera estar el amor». Ana Karenina, León Tolstói

La entrega femenina, abierta y generosa, a un amor reprobado por la sociedad es uno de los grandes temas recurrentes de finales del s. XIX, que arranca en 1857 con Mme. Bovary y continua con Ana Karenina (1878), La Regenta (1884) y Effi Briest (1895), por poner otros ejemplos clásicos de unos amores adúlteros cuyo precio terminan pagando muy caro sus protagonistas, algo que parecía estar ya superado. Craso error, como sabemos. Me comentaba un amigo que durante el confinamiento había aumentado de forma abrumadora la cantidad de mujeres con pareja que se apuntaban a redes sociales de citas, lo cual bajó notablemente cuando la vida volvió a la ‘normalidad’, y él lo achacaba al aburrimiento de la vida marital y las horas de encierro en casa. Se le olvidó mencionar cuántos hombres hacen lo mismo sin que eso mismo le sonara raro.

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Matadero 5, coronavirus 6

«Billy se dejaba guiar por el miedo y por la falta de miedo. El miedo le decía cuándo debía detenerse. La falta de miedo le decía cuándo debía seguir adelante». Matadero 5 o La cruzada de los niños, Kurt Vonnegut

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El retrato de Dorian Grey ante el coronavirus

«Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas».

El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde

…O cuando la imagen no se corresponde con lo que ves y los deseos son escuchados y llevados al extremo de la presunción exacerbada traspasada por la vanitas y el fin es la tragedia y la vuelta del decadentismo.

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El corsario y el coronavirus

«Él ha legado un nombre a las edades que la virtud de amor tan solo adorne y que mil faltas maldecidas manchen»

El corsario, Lord Byron

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Rayuela y el juego del coronavirus

«Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». Rayuela, Julio Cortázar

He aquí la novela mágica inclasificable que puede ser leída y entendida de múltiples maneras. Para mí, su mejor cronopio, entendido por Cortázar como un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas, aunque también tiene el diseño de un mandala con la esperanza de dar paz en la reflexión de sus múltiples lecturas.

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El licenciado Vidriera y la locura del coronavirus

«Por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo». El licenciado Vidriera, Novelas ejemplares, Miguel de Cervantes Saavedra

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Nada y todo coronavirus

«La vida volvía a ser solitaria para mí, como era algo que parecía no tener remedio, la tomé con resignación». Nada, Carmen Laforet

En la nada acogedora posguerra española, Andrea se enfrenta a sus 18 años a la vida asfixiante de su familia y a la libertad de la universidad de Barcelona. Una muchacha pasiva, casi infeliz, que posiblemente había leído en profundidad a Simone de Beauvoir desde la perspectiva de su autora de 23 años cargada de existencialismo y reflexión en soledad. La tristeza que destilan sus páginas se ha vuelto lema en estos tiempos de aislamiento e incertidumbre en una sociedad desvinculada y azotada por la melancolía de la inexistencia y la falta de asideros sólidos a los que agarrarse para no sentir la carencia absoluta del ser, que es una de las definiciones que da la RAE para el sustantivo ‘nada’.

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El centinela y el coronavirus

«Así pues [los exploradores interestelares] dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida». El centinela, Arthur C. Clarke.

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Casa de muñecas con coronavirus

«HELMER: Nora, por ti hubiese trabajado con alegría día y noche, hubiese soportado penalidades y privaciones. Pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser amado.


NORA: Lo han hecho millares de mujeres». Casa de muñecas. Henrik Ibsen.

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El árbol de la ciencia o la lucha por salir del coronavirus

«Ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo». El árbol de la ciencia, Pio Baroja.

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Drácula y el vampiro del coronavirus

«He tratado de mantener una mente abierta; y no son las cosas ordinarias de la vida las que pueden cerrarla, sino las cosas extrañas; las cosas extraordinarias, las cosas que lo hacen dudar a uno si son locura o realidad». Drácula, Bram Stoker.

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El juego de los abalorios predice el coronavirus

El juego de los abalorios predice el coronavirus</p«Recuérdalo: se puede ser un lógico estricto o un gramático y, al mismo tiempo, estar colmado de fantasía y de música. Se puede ser músico o jugador de abalorios y, contemporáneamente, estar entregado por entero a la ley y a la regla». El juego de los abalorios, Herman Hesse

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El tambor de hojalata redobla el coronavirus

«¿Qué más diré? Nací bajo bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas, decidí crecer, enterré el tambor, hui a Occidente, perdí el Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo, volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un dedo, regalé el dedo y hui riendo; ascendí, fui detenido, condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi trigésimo aniversario y me sigue asustando la Bruja Negra. —Amén». El tambor de hojalata, Günter Grass

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Tiempo de silencio grito de coronavirus

«Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. (…). Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo». Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos

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La muerte en Venecia espera al coronavirus

«La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietamente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito». La muerte en Venecia, Thomas Mann.

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Orlando frente a coronavirus

Hay tres Orlandos literarios: Orlando enamorado, de Matteo Boiardo, Orlando el furioso, de Ludovico Ariosto y continuación del primero, y Orlando, de Virginia Wolf. Me gustan los tres, pero hoy me quedo con el último, que ha visto más siglos y ha atravesado más océanos. También hay una película estupenda con el mismo nombre y Tilda Swinton basada en la novela de Virginia Wolf.

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Otra vuelta de tuerca o de coronavirus

«Cuantas más vueltas le doy más cosas comprendo, y cuanto más cosas comprendo más miedo me da» (Otra vuelta de tuerca, Henry James)

Hablemos de fantasmas, de abducción y de pérdida de la inocencia. Con una sola condición: nunca debemos importunar al señor que nos paga.

Me asusta saber que no podemos reducirlo al relato de alguien que ve visiones; no obstante, todo depende del punto de vista que decidamos adoptar en esta realidad-verano de 2020. Tampoco debemos realizar una simple transferencia del miedo en la que los sobreentendidos nos sigan jugando una muy mala pasada. El entramado de sospechas, suposiciones y evidencias cambiantes acerca del coronavirus hace que el miedo se propague por todos nosotros. Ante este panorama mi primera duda es: ¿quiénes somos, la institutriz mentalmente desequilibrada o los seres malignos que atormentan a los vivos?

Yo ya no sé si es que oigo voces apocalípticas en mi cabeza o si realmente las escuché en algún medio de comunicación anunciando el terror como arma arrojadiza. A la velocidad con que son desmentidas y sustituidas por otras nuevas noticias me hace pensar que estoy siendo víctima de la histeria colectiva, pero me niego a que me falle el corazón y me quede in albis sin saber cómo termina esta apasionante historia de apocalipsis fantasmal mundial. En realidad, creo que empiezo a tener algo de señorita solterona decimonónica inglesa, con una fantasía más que notable y tendencia a elucubrar ̶ yo creo que ya más por puro aburrimiento y enfado ante lo que estamos viviendo que por creencia inamovible. En fin, que me aburro tanto como la institutriz en el caserón de la campiña británica y voy a terminar más loca que Nicole Kidman en Los otros. Esos mismos otros que nos están haciendo dudar de la realidad y que nos atenazan con el miedo, sea este real o no, sabiendo que es el sentimiento más poderoso. El otro es el amor, pero ese no lo practican. Entre medias, nos han vendido una novela de terror con un punto de inflexión magistral en el que no sabemos si todo es producto de nuestra imaginación o si de verdad es para morirse de miedo.

Así que cuanto antes lo entendamos mucho mejor, porque será menos probable que perdamos la perspectiva; y mientras más alejados nos mantengamos de presencias malignas, de botarates de una y otra ideología al mero servicio de su propio bienestar y de esos profetas cargados de buenas intenciones (como el ama de llaves del libro) que terminan endiosándose y creyendo que su misión mesiánica es el fin último y por la que no dudarán en sacrificar todo cuanto se interponga en su camino dando todas las vueltas de tuerca que sean necesarias, más probable es que no perdamos el norte y salgamos de esta. Así que vamos a ver si espabilamos ya y nos despertamos de este sueño de sombras chinescas.

Hay que hacerlo pronto, que se avecina el otoño y quedarse encerrado en casa abre las puertas a muchos demonios. Que nos corran las cortinas. 

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