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EL PERIÓDICO
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Mercedes Peces Ayuso

El corazón de las tinieblas del coronavirus

«Hay un aire de muerte, una idea de la mortalidad en la mentira que es de forma precisa lo que más odio y detesto en el mundo, lo que más me gustaría olvidar» (El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad)

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El guardián entre el centeno oculta el coronavirus

«La verdad es que no hay nada como decir algo que nadie entienda para que todos hagan lo que te dé la gana». El guardián entre el centeno, J. D. Salinger.

He aquí la verdad perfecta que se aplica al campo de cultivo en el que se oculta nuestro coronavirus, porque esta novela de Salinger es ideal para el aprendizaje y porque, aunque parezca estar dirigida a un público joven, el coronavirus ha retorcido tanto nuestras neuronas que apenas notaremos la diferencia, garantizado. Es un relato que va sobre el aprendizaje y la maduración, el choque contra la fea realidad y la asertividad. Es exactamente como estamos ahora, intentando equilibrar esta locura. La angustia existencial de Holden es tan sintomática como el coronavirus: aparentemente impredecible y profundamente contagiosa, además de inoportuna, errática y falta de sentido. Y con tan escasa acción como nuestra vida actual.

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Un mundo feliz de coronavirus

En mi nuevo mundo felizmente distópico nada tengo que envidiarle al de Aldous Huxley. Vivo en un lugar donde apenas tengo la oportunidad de suscribir su «reclamo el derecho a ser desgraciado», bien cargadita como voy de soma hipnopédico, ese al que todos nos hemos entregado ardientemente en estos tiempos de somnolencia y lenitud. ¿En qué momento le pasamos el control total de nuestras vidas y libertades al Estado? ¿Cuándo comenzó en realidad nuestro condicionamiento? Y si me lo estoy preguntando, ¿no es señal de que empiezo a cuestionármelo? ¿Voy inclinándome por el lado del buen salvaje de Rousseau, soy una especie de John atormentada o una Lenina orgiásticamente instalada en millones de eslóganes que manipulan y concentran mi mente y mis sentimientos deslizándose por el canal por el que ya circulan los de otros cientos de miles más de aborregados por la pandemia?

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Noches blancas de coronavirus

¿Conoces ese instante de alivio que parece cercar la soledad en una noche lechosa antes de que el triste amanecer lo vuelva a difuminar y la amistad no sea siempre correspondida? Ese es el momento de mi encuentro fortuito con las grandes pasiones del ser humano a la luz borrosa del coronavirus.

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Las uvas de la ira germinan con el coronavirus

«En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, […] listas para la vendimia». John Steinbeck, Las uvas de la ira.

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Opiniones de un payaso llamado Coronavirus

Como Hans Schnier, padecemos de un temprano declive. Como este joven payaso, alemán por casualidad y arquetipo universal de 28 años, elegimos la nariz roja, los zapatones y la máscara para lanzar impiedades e ironías coronavirusianas desde nuestro disfraz de locos y así poder diseccionar nuestra sociedad de principios de siglo XXI desde la lectura de este libro de 1963. Un año, 2020, para el olvido. O mejor dicho, para hacer la cuenta de la vieja y recomenzar, que no comenzar de cero. Un momento viral para deshacerse de las raíces familiares y socioculturales que ya no funcionan y cuyo seguimiento nos ha conducido a una deriva de callejón sin salida. La quiebra de las voluntades, junto a la de la sociedad, producida por un virus microscópico, es la analogía perfecta del ángel exterminador más letal y aterrorizador que nuestra pansociedad conectada haya conocido jamás.

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Sin noticias de Gurb ni de Coronavirus

No es que yo quiera insinuar que ambos vayan juntos de la mano, pero de alguna manera la desaparición del primero ha puesto en primer plano al segundo. Mira que ponerse de nombre este virus… a veces creo que digerimos mal las informaciones que leemos sobre este planeta raruno. Empezaré el periplo de vuestra búsqueda a ver si os encuentro por este mundo absurdo. Así que me veo obligado a adquirir corporeidad para pasar desapercibido. Mimetizarse con el ambiente es la mejor opción para sobrevivir, pero en este lugar la gente está especialmente crispada y en cuanto se acerca un perro a preguntarles si conocen a Coronavirus, salen escopetados. Igual también debería haberme encarnado en una cantante guapa y famosa, porque en cuanto me acerco a preguntarles meneando el rabito amablemente, con intenciones honestas, en absoluto invasoras y para nada colonizadoras, salen disparados en dirección contraria gimoteando a velocidades galácticas, murmurando entrecortada y profundamente aterrorizados algo así como: «nosemeacercemantegaelmetrodedistanciadeseguridadpordiosss».

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Mefistófeles agazapado en el coronavirus

Si Fausto volviera a pactar con este diablo, esta vez lo tendría mucho más fácil.

A derecha e izquierda, arriba y abajo, demonios dispuestos a presentar el pergamino para que firmen las miles y miles de víctimas de este vacío existencial agudizado por las muchas horas de reflexión que este confinamiento nos ha regalado. Todo para bien o para mal, pues, en definitiva, parece que estamos vendiendo nuestros principios o nuestras almas. Al comienzo, como Fausto, solo queríamos dominar las cosas de nuestro entorno, lo cotidiano, lo tangible, aquello que respiramos y que nos provoca aversión o diversión, pasión o terror, miedo y sobresalto y este mefistofélico virus nos lo ha mostrado. Tanto, que lo que parecía ser parte racional y conocida de nuestro mundo ha pasado a conformar un mar de brumas en lo que lo emocional y subjetivo campa como las letras de un pagaré vendiendo las almas en fila, como si un famoso autor firmara su libro en la antesala del infierno.

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¿Aleph o coronavirus?

En el cuento infinito de Borges, el Aleph es ese lugar mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos (presente, pasado y futuro), ocupan «el mismo punto, sin superposición y sin transparencia» y en nuestro cuento de vida finito, ese punto es la representación gráfica de la esfera del coronavirus, una circunferencia de pocos centímetros que nos ha dejado visiblemente desnudos.

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Almas muertas para engordar el coronavirus

«Por estúpido que sea lo que dice el necio, en ocasiones es más que suficiente para confundir al hombre inteligente», Gogol, Almas muertas

A veces, la realidad supera la ficción y, a veces, las almas muertas también se compran y registran como seres existentes.

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Urraca, señora de Zamora y la última custodia del Grial

Urraca Fernández, infanta de Castilla y de León es la primogénita del rey más importante de la península ibérica en el siglo XI, Fernando I conde de Castilla y rey de León al desposarse con Sancha I de León. Se supone que nació entre 1033 (M. Pidal) y 1037 (Sánchez Candeira), en todo caso antes de que sus padres accedieran al trono de León en 1038 según la Crónica Silense. Tanto ella como sus cuatro hermanos: Sancho, Elvira, Alfonso y García, por este orden, fueron educados como infantes en las siete artes liberales. Urraca se ocupó tempranamente de la educación de su hermano Alfonso, el futuro Alfonso VI, unos ocho años menor que ella, por el que siente predilección y con el que tendrá una estrecha relación toda su vida. Cuando su padre Sancho I fallece en 1065 el testamento real, lejos de traer la paz pretendida y conformar a los hermanos, será fuente de disputas territoriales con graves consecuencias, pues el rey ha decidido no seguir el derecho visigodo y leonés que adjudicaba la herencia al primogénito, sino el navarro, y así reparte sus tierras entre sus tres hijos varones (a Sancho Castilla, para Alfonso León y las parias de Toledo y a García Galicia y Portugal), dejando a su dos hijas el patronato y los diezmos de todos los monasterios regios ̶ con la condición de que se mantuvieran célibes ̶ y cierto poder en ciudades y predios fronterizos, manifestado aquí bastante tino político, pues bien sabía el rey que los árabes andalusíes interpretaban el Corán según la escuela jurídica malikí1, que prohibía combatir contra mujeres, lo que aseguraba esas tierras.

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El nadador atravesando las aguas del coronavirus

Cuando un Neddy Merrill, o un Burt Lancaster en su mejor versión, decide aprovechar su perfecta jornada de domingo para volver a su casa nadando los 13 km de distancia atravesando las piscinas de sus amigos y conocidos, no sabe que su periplo será más duro que la odisea del que no volverá a su casa en años.

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El ruido y la furia del coronavirus en el condado de Yoknapatwpha…

…o en cualquier hogar bajo la laureada corona del virus.

¿De cuántas moradas no estamos, pared con pared, siendo testigos de ruidos, sonidos y furias? ¿Qué narración no resulta insoportable desde la intensidad del que la está viviendo? Como en cada familia, la misma historia narrada por sus miembros contiene la semilla de un nuevo cuento para los mismos hechos que comparten cada día. A veces, la televisión nos asoma a la de alguien con niños pequeños, otras son habitadas por mayores, a menudo se dan ambas juntas. Los niños, todos Benjis, se quejan una y otra vez de un confinamiento que no pueden entender, porque son insensibles a la cronología y al trascurso causal de los sucesos, solo registran los hechos sin poder atribuirles un fin. Para los adultos, la cosa cambia, y mucho. Obligados a convivir 24 horas entre sí, se abren todas las puertas para que formalicen un amor o un divorcio. También son tiempos propicios para los secretos de familia, las intensas depresiones y los diferentes estados mentales, algunos de ellos propensos a la locura. Nos hace falta la Dilsey de Faulkner que aglutine y vire el barco familiar hacia puerto seguro, que sea la mirada que conecte a la familia de nuevo con el exterior, antes de que se pierda en sus propios y profundos pozos de soledad y decadencia.

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El coronel no tiene quién le escriba sobre el coronavirus

Ni yo tampoco, quizá por eso soy yo quien hoy escribe por los dos.

Seguimos esperando que el Gobierno nos alivie, el dinero y la comida empiezan a escasear y apenas salimos de casa. No podemos, no nos dejan. Dicen que hay un virus como la gripe pero mucho más peligroso y a las personas con asma, como yo, las lleva directamente al hospital, un enorme edificio donde te curas o te mueres sola y de ahí a la tumba, sin más ceremonia que los lloros y lamentos de quienes te han querido bien, pero a los que no les está permitido darte el último adiós con la ceremonia debida. Tristes tiempos vivimos. Tristes aún más si cabe para los mayores que llevamos toda la vida de servicio y pasándolas canutas para ver que nuestro final se reduce al miedo y la desolación de estar solos en nuestras casas, eso con suerte, o en un limbo geriátrico en el que intentaremos sobrevivir a este nuevo ángel exterminador.

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La de Bringas o el coronavirus de la hipocresía

Doña Rosalía es perfecta para representar aquí el paradigma del quiero y no puedo. La alegoría carnosa y encarnada de la indignidad y la miseria a la que muchos hogares españoles se están viendo sometidos en estas semanas de confinamiento. Pero la de Bringas es también esa que sale en la pantalla, la que vemos a todas horas, la matrona gritona, pija, cotilla, clasista y ambiciosa detrás de cada visillo y monitor. La voz de lo correcto y lo incorrecto, la súbdita complaciente de los de siempre, porque aunque no importe en absoluto, hay que seguir rindiendo pleitesía a las modas y modismos bobos de las bellezas hinchadas de fotoshop. La galería manda.

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La insoportable levedad del ser coronavirus

Si algo nos ha traído la literatura es una ingente capacidad para transmutar y reflejar múltiples obras maestras en la cotidianeidad de nuestro vivir. Y ahora, más que nunca, en un ambiente ficticio, embrujado, rodeado, aureolado y dibujado por el coronavirus, todos vivimos en una borrachera de irrealidad que en parte nos aligera y nos debilita, en un ansia profunda por compartir la soledad impuesta y por romper el aislamiento para siempre.

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Bola de sebo y de coronavirus

«La delgada capa de pudor que barniza a toda mujer de sociedad no recubre sino la superficie», Bola de sebo, Guy de Maupassant

He aquí que ella, Bola de sebo, encarna la metáfora más cruda de la condición humana en su versión más descarnada y desenmascara absolutamente una sociedad resumida en un carruaje de apenas 10 ocupantes, arquetipos de indolencia y sumisión, burgueses y patriotas bien pensantes y feroces críticos de lo mismo que pretenden, ella que está en medio de todos, dando sin recibir, generosa, y sensible a las penas de los otros, siempre mal pagada en su renuncia. La figura despreciada por los mismos que la utilizan y prostituyen sin la menor repulsa.

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Bélver Yin del país del coronavirus

De pronto, 39 años después, este libro ha dado otra vuelta de tuerca hacia el dragón chino. Un regreso a la comparativa del espejo, el gemelismo sietemesino que nos acompañará durante los próximos meses acunando la teoría del eterno retorno, pero ya empezando a percibir las cosas de manera diferente, más por lo que intuimos que por lo que vivimos. A causa y efecto del coronavirus chino.

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Elsa von Freytag-Loringhoven: dadaísta y protomadre del punk

Vino al mundo el 12 de julio de 1874 en Swinemünde, Pomerania, actualmente Polonia, como Elsa Hildegard Plötz, hija de la pianista Ida Marie Kleist y Adolf Plötz una figura patriarcal que abuso de ella física y verbalmente, lo que marcará su futuro. Por eso, cuando a sus 18 años falleció su madre, escapa del yugo paterno yéndose a vivir con una tía a Berlín. Meses antes su madre había dicho: «He malcriado a Elsa a propósito, para que siempre sepa a qué tiene derecho». Y Elsa aprende bien. A los 19 años descubre la noche y su peligro hermoso, empieza a trabajar en un cabaret donde es contratada para hacer de estatua griega, posa para artistas del lugar y ejerce la prostitución con soberana libertad. A los 22 años ha leído a San Agustín, a Novalis, a Goethe, a Flaubert y a Hölderlin y en su abanderamiento de la libertad sexual ya acumula un bello expediente de gonorrea y sífilis que le tratan con mercurio. Lo que a cualquier humano devastaría por dentro, a Elsa le da una vida extra. Estos años de cabaretera le otorgan la pátina necesaria para asumir una existencia libertaria, sin dios ni amo.

Berlin Alexanderplatz vacía por coronavirus

Qué lejos de aquel 1928 cuando la plaza hervía de vida. Biberkopf pululando de nuevo en libertad listo para su nueva vida de promesas, alardes y fechorías. Y ahora, casi un siglo después, se siente tan vacía…

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El coronavirus a través del espejo

«Cuando el día se convierte en noche y el cielo se convierte en mar, cuando el reloj suena pesado y no hay tiempo para el té. Y en nuestra hora más oscura, antes de mi rima final, ella regresará a casa en el País de las Maravillas y hará retroceder las manos del tiempo»

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