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Salvador Allende ante las Naciones Unidas, ahora hace ya cincuenta años


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Entre los personajes que pronunciaron discursos memorables en el siglo XX Salvador Allende tiene el honor de haber pronunciado varios que han quedado marcados de forma indeleble en la memoria colectiva, dos de ellos pronunciados en el apretado viaje que realizó por distintos continentes en la primera quincena del mes de diciembre de 1972, ahora hace cincuenta años. El primero fue en la Universidad de Guadalajara en México, y el segundo en la Asamblea de las Naciones Unidas en New York, sin olvidar el que dio ante el Congreso Nacional de México.

Salvador Allende, que siempre fue un intenso y emocionante orador, dejó unas palabras que, como diremos al final, todavía vibran en nuestros oídos por su vigencia, lamentablemente en la parte de denuncia, y afortunadamente en la defensa del humanismo. En aquel discurso expresó muchas cosas, relativas al sistema político de su país, a la vía democrática hacia el socialismo, pero también sobre aquel mundo de los primeros años setenta, y otras más de valor universal.

Allende informó al mundo sobre una realidad que no era muy común en el resto de países latinoamericanos, y que no era otra que la larga historia democrática del país. Chile no era un país grande, pero siempre se había caracterizado por el reconocimiento y garantía de los derechos, la tolerancia en todos los campos y la no existencia de discriminación racial. Era una clara democracia con sufragio universal, con una clase obrera organizada, con una probada pluralidad política reflejada en la existencia de distintos partidos, y con un parlamento que siempre había funcionado desde su creación, así como con una plena separación de poderes, ya que la justicia era independiente del ejecutivo de turno. Allende quiso también dejar claro que a pesar de lo que pequeño que era su país había dado dos premios nobel, hijos de la clase obrera, Neruda y Mistral.

Pero Chile tenía problemas, y que trascendían sus fronteras, siendo objeto, como refirió, de la atención de las Naciones Unidas, como era la lucha por la liberación social y por conseguir el bienestar y progreso intelectual, sin sacrificar la dignidad nacional.

Salvador Allende defendió la vía democrática al socialismo partiendo de la nacionalización de su principal riqueza, el cobre, el aspecto clave que generaba tensión, ya que eso había provocado la agresión que sufría su pueblo de manos de las multinacionales norteamericanas, especialmente las empresas vinculadas con el cobre y la ITT, a las que acusó de fomentar la guerra civil en Chile, afirmando su complicidad con el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército, hacia dos años. Debemos recordar que Schneider fue asesinado por la extrema derecha cuando intentaron secuestrarlo, dentro de un conjunto de atentados para provocar la intervención del Ejército y, de ese modo, evitar que Allende fuera confirmado en su cargo. Al parecer, existirían pruebas, según el Informe Church de contactos repetidos con la CIA. Schneider se había distinguido por defender la neutralidad de las fuerzas armadas en el proceso electoral.

Allende afirmó que estas acciones e intromisiones las sufrían todos los países que luchaban por recuperar sus riquezas naturales, que estaban en manos de las multinacionales. Pero en Chile esos intentos habían fracasado (nosotros añadiríamos, por el momento, como bien sabemos por el trágico final de la democracia chilena y del propio Allende) por la firme decisión del pueblo chileno en la defensa de su democracia, y por la lealtad de las Fuerzas Armadas (lo que en Chile la Unidad Popular definiría, precisamente, como la “Doctrina Schneider”). Se atrevió a acusar en la Asamblea a la ITT y a las grandes empresas de las agresiones y de pretender impedir la emancipación de las clases populares.

El presidente chileno hizo un canto a la solidaridad con América Latina, teniendo fe en que, superando las diferencias ideológicas, los países de la misma reforzarían sus relaciones en todos los ámbitos. Pero, además, se congratuló de la mejora de las relaciones entre Estados Unidos y la URSS en materia de desarme, así como por las conversaciones entre las dos Alemanias, y porque China regresara a la ONU. Pero esa parte de felicitaciones en su discurso también se matizó al expresar su preocupación por la situación de Oriente Medio, por el asedio de Estados Unidos sobre Cuba, por la explotación económica de las antiguas colonias, la persistencia del apartheid o por la guerra del Vietnam, que consideraba fruto de una “monstruosa” agresión por parte de los norteamericanos.

Allende habló en su discurso también de la necesidad de construir otro mundo, y que era posible, para que los millones y millones de seres humanos que en el mundo no tenían lo mínimo para subsistir pudieran tener una vida digna y plena. Los protagonistas de la política internacional tenían que ser los pueblos como decía la Carta de las Naciones Unidas. La acción internacional tenía que tener como prioridad a los que sufrían y trabajaban en todos los continentes, no a favor de los que gozaban de privilegios.

El presidente terminó su discurso demostrando su intenso humanismo, al proclamar su fe en los grandes valores de la humanidad que nunca podrían ser destruidos.

Cincuenta años después sus palabras, más allá de las circunstancias concretas de su tiempo, tienen pleno valor y siguen siendo tan vigorosas, como solamente Allende sabía expresar en sus discursos. Muchas de las cosas que aquel diciembre expresó y denunció en la ONU hoy pueden ser expresadas y denunciadas en este diciembre de 2022.

Memoria somos, y en ella está el ejemplo de Salvador Allende, no como un ejercicio de nostalgia, sino como motor para seguir trabajando por un mundo mejor.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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