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La cara oculta de un terremoto


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Injusticia, desigualdad y pobreza son los tres pilares sobre los que se apoya ese escalofriante número de muertos que ha producido el último terremoto en Marruecos. La causa de ese horror no se explica desde el hecho natural de un tremendo terremoto que ha convulsionado las entrañas de la tierra en una zona que se sabe de alto riesgo y donde no era tampoco la primera vez que ocurría. La causa del desastre humano está en el propio ser humano, en esta sociedad impía, injusta y tan profundamente desigual. Dónde los que más tienen padecen la enfermedad de querer tener más hasta límites incontrolables, movidos por una total ausencia de fraternidad, de compasión, y un exceso de indiferencia, de crueldad.

Cuando la tierra tembló, el rey de Marruecos se encontraba en París. En uno de los diversos palacios, valorados en millones de euros, que por allí tiene dispersos. Mientras, en pleno siglo XXI, miles de personas viven en casas de adobe. Y no, no es la cultura del adobe. Se construye en adobe cuando no hay para más, cuando ni para poner un ladrillo llega.

Marruecos no es un país pobre, pero una gran parte de la población, especialmente la que habita en la zona tan violentamente sacudida por el terremoto, sí lo es. Las últimas dos décadas han visto un crecimiento económico y una reducción desigual de la pobreza, sobre todo en las ciudades, pero siguen existiendo grandes áreas, especialmente en las zonas rurales, en las que la población vive en situación de extrema pobreza. Analfabetismo (más de diez millones de personas de una población de 38 millones no saben leer ni escribir), ausencia de democracia, escandalosas desigualdades sociales, económicas… caracterizan un país controlado por una oligarquía incapaz de mover un dedo hacia la democracia y aliviar la terrible situación en la que viven aún millones de personas. La corrupción es un mal endémico, de tal manera que ese país ocupa el puesto 88 entre 167 países en el ranking de percepción de la corrupción elaborado por Transparency International. La brecha entre el desarrollo de las ciudades y el abandono y olvido en el que están inmersas las áreas rurales es dramático.

La pobreza es violencia estructural que se ceba de manera indecente y sucia sobre una gran parte de la humanidad mientras una pequeña parte vive en la mayor de las opulencias, acumulando lo que no necesitan ni van a necesitar jamás. Una pequeña minoría que acumula las mayores riquezas pero también las mayores taras que nos aquejan como especie: el egoísmo, la mezquindad, la indiferencia, la soberbia, la arrogancia…

Marruecos tiene recursos suficientes para elevar el nivel de vida de su gente, pero esta debe soportar el enorme peso de la monarquía alauita y la oligarquía dueña y señora de la riqueza del país. Y es también esa acumulación de riqueza en tan pocas manos la que provoca año tras año la muerte de cientos de personas en un mar transformado en cementerio. Miles de personas se enfrentan a diario al peligro que entraña la emigración. Extrema vulnerabilidad ante las mafias, detenciones y devoluciones en caliente que no por estar prohibidas dejan de hacerse, encierros inhumanos en barcos transformados en cárceles… Marruecos crece y parece emerger, pero las zonas rurales, esos frágiles pueblos que han desaparecido ante el temblor de la tierra, siguen viviendo en condiciones de extrema pobreza. La indecente acumulación de riqueza de la monarquía junto a la oligarquía urbana no ha mostrado a los largo de los años el menor interés en prevenir las consecuencias que un temblor de tierra podría provocar en una zona de alto riesgo y con la experiencia histórica ya acumulada. Hacer casas con materiales resistentes, instalar equipos de emergencia avanzados, vías que permitan una rápida evacuación son medidas solo al alcance de países como Japón o Estados Unidos, pero se da la paradoja de que Mohamed VI es el quinto rey más rico del mundo. Y ocurrió. Hoy, los miles de muertos enterrados bajo los escombros apuntan directamente a los responsables. La causa física del temblor está clara. La responsabilidad de las muertes, también.

El terremoto y sus terribles secuelas en forma de muerte, dolor y desesperación han puesto en evidencia una vez más la atroz injusticia de un mundo tan profundamente desigual. El Rey, ese señor que lleva generaciones como dueño de los bienes del país, tardó varios días en dar la cara. La indiferencia tiñe su piel de barro sucio, un barro pegajoso, que no es sino una costra acumulada generación tras generación.

Mientras Mohamed VI seguía desaparecido entre las lujosas calles parisinas y guardaba silencio, el pueblo marroquí se volcaba para llevar lo poco que tiene a sus hermanos y hermanas. Desde todos los puntos del país pronto comenzaron a salir coches y camiones llenos de alimentos. La grandeza del país no se sienta sobre un sillón ni pasea bajo luces de neón. La grandeza del pueblo, la Fraternidad con mayúscula, que no entiende de caras ni nombres, que se une al dolor del hermano, está alerta para salir a la llamada de socorro.

La zona devastada tardará décadas en reconstruirse. A los miles de muertos, heridos y damnificados se unirá la desnutrición, el miedo, la extrema inseguridad… Consecuencias físicas, económicas, psicológicas tan incalculables como la riqueza de un rey incapaz de sentir un mínimo atisbo de humanidad.

 

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.