EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Margaret Mead y la adolescencia. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En los pasados años treinta, los psicoanalistas y novelistas analizaron los defectos de las civilizaciones. Pero no fueron los únicos, también los antropólogos, sociólogos, filósofos y periodistas, igualmente parecían obsesionados por el mismo tema. La de los treinta, resultó ser una década, especialmente fructífera para la antropología.

En aquello años, el ámbito de la antropología aún se hallaba bajo el dominio de Franz Boas. Su libro “La mente del hombre primitivo”, publicado en 1911, ponía de relieve el rechazo que sentía hacia las ideas decimonónicas, que daban por supuesta la superioridad de los occidentales blancos.

La defensa poderosa y apasionada de Boas, había convertido a la antropología en una ciencia de aspecto emocionante, y había ayudado a dejar atrás, el anticuado etnocentrismo de décadas anteriores, y el vago silogismo del psicoanálisis. Dos alumnas suyas, Margaret Mead y Ruth Benedict, fueros autoras de trabajos muy influyentes, que minaron aún más, las posturas biologistas.

Mead contaba con un título de posgrado en psicología. Sin embargo consideraba que la antropología, era una ciencia más atractiva. Era, pensaba como Boas, “una operación de rescate gigante”, que tenía como fin, mostrar la importancia de la cultura. Fue Boas, quien dio a Margaret Mead la idea que la hizo famosa siendo aún veinteañera: se trataba de un estudio de la adolescencia, en la sociedad no occidental. Era sin duda una sabia elección, dado que esta etapa de la vida, era probablemente parte de la patología de la cultura de Occidente. De hecho, la adolescencia, se había “inventado” en una época tan reciente como 1905, a raíz de un estudio del psicólogo estadounidense G. Stanley Hall (amigo de Freud) quien definía la adolescencia “como el periodo en el que florecía el idealismo, y se hacía fuerte la rebelión contra la autoridad, un periodo en el que las dificultades y los conflictos eran por completo inevitables”.

En septiembre de 1925, Margaret Mead pasó varias semanas en Pago Pago, capital de Tutuila, la principal isla de la Samoa oriental, al sudoeste del océano Pacífico. Se alojó en el hotel que hizo famoso Somerset Maugham, es su relato de 1920 “Lluvia”. Allí Mead aprendió los rudimentos de la lengua samoana, antes de enfrentarse a su estudio de campo. Mead comunicó a Boas, que tras la encuesta preliminar, había decidido pasar el tiempo del que disponía, en Ta’u, una de las tres islitas de Manu’a, a unos 180 kilómetros de Pago Pago. Esta era, le dijo, “la única isla en cuyas poblaciones hay suficientes adolescentes, suficientemente primitivos. Puedo comer alimentos nativos, pero no seré capaz de vivir de ellos durante seis meses, puesto que contienen demasiada fécula”.

Los habitantes de Ta’u eran “mucho más primitivos y estaban mucho menos contaminados, que los de cualquier otra parte de Samoa… No hay ningún hombre blanco en la isla, a excepción del miembro de la Armada, que se encarga del dispensario, su familia y otros militares”. El clima distaba mucho de ser perfecto: la humedad era del 80% durante todo el año, las temperaturas rondaban entre los 20 y los 32ºC, y se desataban furiosas tormentas cinco veces al día, con “gotas del tamaño de una almendra”. Entonces volvía a salir el sol, y todo en la isla, incluidas las personas, “humeaba” hasta estar completamente seco.

El informe que Mead llevó a cabo, acerca de su trabajo de campo, “Adolescencia y cultura en Samoa”, tuvo un éxito sensacional, cuando vio la luz en 1928. La introducción del libro, acababa con una narración, de lo que sucedía en la isla tras hacerse de noche: “Los hombres y las doncellas danzaban a la luz de la luna, para después separarse y alejarse, errabundos entre los árboles. En ocasiones, el poblado no dormía hasta bien pasada la medianoche; entonces, por fin, sólo se oye el apagado estruendo del arrecife y el susurro de los amantes, y el pueblo duerme hasta el amanecer”. Mead refería su contento, ante el hecho de que, para esas niñas, la adolescencia “no suponía un periodo de crisis o tensión, sino más bien una evolución pacífica de una serie de intereses y actividades, que maduraban a ritmo lento… Vivir la vida de niña con tantos amantes como fuera posible y luego casarse en el propio poblado, cerca de los familiares y tener muchos hijos: esas eran sus ambiciones, uniformes y satisfactorias”.

Mead insiste en que los samoanos, no tenían ni la más ligera idea del “amor romántico como se da en nuestra civilización, unido de manera inextricable a la idea de monogamia, exclusividad, celos, y fidelidad constante”. Al mismo tiempo, el concepto de celibato estaba “absolutamente vacío de significado”.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.