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Katherine Mansfield. I


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Los Woolf (Virginia y Leonard) conocieron en Garsington a Katherine Mansfield. Se había casado hacía poco con Middleton Murry. A Leonard no le gustó un pelo el tal Murry. “Estaba siempre – escribe Leonard – a punto de lloriquear por la crueldad del mundo, pero para mí, no se trataba sino de lagrimas de cocodrilo”.

En revancha, le gustó mucho Katherine, incluso si a ella, él no acababa de gustarle. “Era amoral – continúa Leonard – alegre, cínica, audaz, llena de espíritu”. Cuando la conocieron ella era muy graciosa. La recordaba sentada muy derecha en una silla, o en el reposabrazos de un sofá, a punto de contarles toda clase de historias, especialmente sobres sus experiencias como actriz. Leonard estaba seguro, de que era Murry, quien la había destrozado, como persona y como artista. Ella era una gran escritora, de un intenso realismo y, con un profundo sentido del humor. Pero se dejó atrapar por el sentimentalismo de Murry y, comenzó a escribir de forma antinatural. Era muy desagradable, recuerda Leonard, verlos en su casa y, a Katherine lanzando sin cesar, comentarios amargos e hirientes, a su marido.

La relación entre Katherine y Virginia, era compleja. La primera vez que aquella fue a cenar a casa de los Woolf, Virginia quedó consternada, por su pésimo perfume y su vulgaridad. “Los rasgos de su rostro tan duros y tan ordinarios”. Pero al final de la velada, Virginia anotó. “Pero, desde el momento en que no se presta atención a todo esto, uno descubre que es muy inteligente aunque impenetrable y, que merece la pena tenerla como amiga”.

Con motivo del fallecimiento de Katherine, el 16 de enero de 1923, Virginia escribió un texto de una franqueza terrible, no solamente respecto a Katherine, sino también sobre ellas misma:

“Hace una semana que Katherine ha muerto. No sé muy bien si debo obedecer a su ‘No olvides a Katherine’, que he encontrado en una de sus cartas ¿Estoy ya en trance de olvidarla? Extraño proceso este, que consiste en analizar las fluctuaciones de los sentimientos. ‘Mrs. Murry ha muerto’, se ha escrito en la prensa. Y yo ¿qué siento? ¿Un choc? ¿Un alivio? ¿Una rival menos? De entrada, la vergüenza de estar tan poco emocionada. Luego, poco a poco, la vida, una especie de desilusión y, a la postre, una turbación invasiva, de la que no me he podido sustraer, durante todo el día. Y cuando me he sentado en mi despacho, he sentido que escribir no tenía ningún sentido. Katherine no me leería. Katherine no era ya mi rival. Y más generosamente: puede que haya cosas, que yo haga mejor que ella, pero ella ya no está allí, la que podía hacer cosas que a mí me es imposible. Ella no tenía más de treinta y tres años. La podía ver claramente, ante mí, allá en Portland Villas. Subo a su cuarto.

Ella se levanta apenas de su mesa de trabajo. Un vaso de leche y un frasco de medicamentos están encima. Había también pilas de novelas. Todo estaba impecable, brillante, muy casa de muñecas. De inmediato, o casi, nos olvidamos de toda reserva. Katherine (era verano) medianamente recostada sobre el diván, cerca de la ventana. Aspecto de una muñeca japonesa, con su flequillo sobre la frente. A veces, nos observábamos intensamente, como para establecer, únicamente por la mirada, una relación que jamás tendría fin, indiferente a las alteraciones de nuestros cuerpos. Tenía unos bellos ojos marrones, muy separados, con alguna cosa como congelada en la expresión, sí, un perro fiel y triste. La nariz puntiaguda, algo vulgar. Labios finos y duros”.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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