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EL PERIÓDICO
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Sin nombres-VIH/SIDA


Hace dos años que en ocasión de XXV Aniversario de la ceremonia del Proyecto de los nombres que organiza en Barcelona Hispanosida, me invitó el inagotable y estimado Ferran Pujol del Check-Point a pronunciar unas palabras.

Se trata de un acto anual que arrancó en los 90'S con las defunciones por vih/sida, precisamente para rememorar a quienes nos dejaron, para decir sus nombres en voz alta.

El Ayuntamiento de BCN dedicó un acogedor jardín hace tiempo para este acto, situado en la zona de la anilla olímpica. En aquella ocasión quise hacer memoria de un aspecto poco conocido en nuestro país. Adjunto el texto.

“Autoridades, amigas y amigos.

Llevamos 25 años recordando a tantas personas cercanas que nos arrebató el vih/sida. Seguiremos siempre llevando su recuerdo en nuestra memoria. No les olvidaremos.

Sin embargo, hubo otras víctimas desconocidas para la inmensa mayoría. En 1994 conocí en nueva York a un enfermero de pediatría. Me explicó algo que ignoraba y que me causó honda impresión. Cada mañana llegaban a su hospital varios bebés que habían sido abandonados por sus madres durante la noche, en cualquier esquina o en la misma basura de la gran ciudad. Eran criaturas recién nacidas y ya afectadas por el vih/sida transmitido durante la gestación. Eran pequeños cuerpos, débiles y sin ninguna esperanza de vida. Sus familias, seguramente ancladas en la drogadicción y enfermas también, se desprendían de un reto que no podían asumir. Muy, muy triste. Así día tras día, durante años. Las enfermeras y enfermeros de aquel y otros hospitales acunaban y mecían con gran dedicación y afecto a estos bebés sin nombre, sin saber nada de donde venían, eran del todo anónimos.

Mi amigo me contó la tremenda intensidad de los últimos momentos de cada una de estas criaturitas mudas pero que lloraban traspasadas por el dolor de las enfermedades. En su agonía, me decía aquel enfermero, sus manitas diminutas se aferraban a uno de sus dedos, y presionaban y seguían presionando, hasta que se les iba la vida y quedaban inermes, sin fuerza. Cesaba esa presión en su dedo. Mientras, el seguía meciéndolas, como si fueran a despertar, pero fallecían sin remedio. (se me nubló la vista). Es otro rostro cruel de esta pandemia. No sabemos cuantos se fueron sin nombre, sin identidad, ni nadie que los recuerde, a excepción de aquellas personas que por encima de su profesión, les depararon un inmenso cariño humano.

Muchas gracias por escucharme”.

Se me vuelve a nublar la vista, todavía hoy en 2020.