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EL PERIÓDICO
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El paseante incívico


Con aire desenfadado un peatón caminaba hacia mí.

Tras comer, a esa hora de la siesta, imposible en pleno verano, -había que volver al curro- nos íbamos acercando cada cual en dirección contraria. Así que nos cruzaríamos.

Ya me pareció de lejos un tipo elegante, con traje desenfadado de lino y andar rutinario.

La ciudad respiraba el silencio de la siesta.

Enseguida pasaríamos el uno junto al otro. De repente, desde una calle adyacente apareció una chica caminando en mi misma dirección, o sea también, hacia el paseante desconocido.

Es decir, se puso unos metros delante de mi. Era una muchacha a la que solamente vi de espalda, con su mochila, tejanos y pelo recogido.

El tipo en cuestión sacó unos papelujos del bolsillo y los tiró al suelo, como quien no quiere la cosa, en medio de la callejuela peatonal.

Una ligera brisa los hizo rodar hacia la chica que me precedía.

Se cruzaron y ella displicente y amable, le soltó “se te han caído unos documentos” y siguió andando,sin más.

El paseante de elegante lino caro, como quien ha cometido una travesura, los recogió al instante y los devolvió a su bolsillo. Vio que nadie más que yo había contemplado la embarazosa escena.

Cuando se cruzó conmigo se le había puesto la cara roja como un tomate, ni me miró, continuó a paso rápido.

El tipo no veía nada más que el final de la calle y seguía con la mano en el bolsillo, estrujando sus papeles, supongo que algo azorado.

Qué imaginativa y sencilla lección de civismo la de la chica.

Imagino que ya no tirará más papeles al suelo. Lo perdí de vista.

A imitar, hay cosas que se pueden decir sin estrépito, ni discusiones. Cuantas veces contemplamos conductas incívicas y nos callamos o nos quedamos con las ganas de decir alguna cosa.

Pues imaginación al poder y contribuir al respeto por los demás, por la calle pública.