“Vaya en primer término nuestra calurosa felicitación al ministro de Obras públicas, compañero Indalecio Prieto, por la diligencia con que ha dado aliento al magno proyecto de enlace de los ferrocarriles que afluyen a Madrid. «Del dicho al hecho, cuenta el proverbio castellano, va mucho trecho.» Pero lo que en la monarquía pasaba justamente por apotegma, en la República es una frase sin sentido. Mil ejemplos, presentes en el pensamiento de todos, atestiguan que el nuevo régimen no se detiene ante los grandes problemas, ni los burla, ni ros desdeña; antes sale a su encuentro con el valor cívico y la confianza en la nación española de que tenemos, ya en tan breve lapso, precedentes copiosos. Recuérdese cómo la monarquía rehuía los temas difíciles y no daba cara a las imperiosas necesidades que demandaban satisfacción urgente. Era el tiempo del ir tirando, del no hacer, del no quebrarse la cabeza. Estulticia y cobardía mayores parece inverosímil que hayan atenazado alguna vez en la Historia a un rey y a unos gobernantes. Afortunadamente, aquello pasó. Se derrumbó un sistema de regencia y un aparato administrativo incapaces bajo el peso de sus errores. Y es que cuando un Estado no se atreve a afrontar los problemas que plantean el progreso y el desarrollo de una nación, se acredita de incompetente, y no pequeña parte toma esa incompetencia en el quebranto de las instituciones políticas. La República, como puede comprobarse, se cura en salud. Se conciben saludables proyectos y se llevan a la práctica con rapidez que no dice nada contra la madurez de lo que va realizarse. Una acción eficaz no puede detenerse, so pena de malograrse los propósitos, en temores ni en dificultades, que son mayores cuanto menores son los resortes democráticos que responsabilizan a políticos y funcionarios.