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Un cometa para la pandemia


Desde que el cometa Hale-Bopp dejó de verse en los cielos de la Tierra en 1997, y exceptuando a su colega McNaught que iluminó el cielo meridional en 2006, daba la impresión de que estos astros con cabellera habían decidido no acercarse más por nuestras cercanías. Hubo algunos, sí, pero fueron decepcionantes, poco brillantes o muy efímeros. Parecía (como en el caso de las supernovas, aunque aquí con más desazón aún, pues la última en nuestra galaxia fue visible… ¡en 1604!) que tendríamos que conformarnos con rememorar esas glorias pasadas… hasta que, de improviso, como todo lo bueno, vino algo que alegró los cielos de este pandémico año 2020.

Su nombre oficial fue C/2020 F3, pero todo el mundo lo conoció como NEOWISE, denominación que tomó de la misión de la NASA homónima, que lo descubrió en marzo de este año. El 23 de julio llegó a la mínima distancia de la Tierra, unos 100 millones de kilómetros (más de la que nos separa del planeta Marte, por ejemplo).

El NEOWISE ha sido, fundamentalmente, un cometa bien visible desde el hemisferio norte. Tengamos en cuenta que un cometa suele llegar a su máximo brillo cuando más cerca está del Sol, ya que es entonces cuando su temperatura superficial es mayor y los compuestos volátiles que posee empiezan a sublimar, saliendo a chorro y formando las espectaculares cabelleras (o colas) que lo caracteriza. Y esto, en el caso del NEOWISE, ha sucedido cuando el cometa estaba en el hemisferio norte; antes del perihelio (es decir, de ese punto más cercano al Sol de su órbita) era visible en el hemisferio sur, pero aún demasiado débil, y ahora también lo será, pero con mucho menos brillo que el que ha mostrado estas últimas semanas para nosotros, habitantes de las tierras norteñas.

El NEOWISE llegó a su punto más cercano al Sol el 3 de julio de 2020. En el hemisferio norte lo hemos podido contemplar sin ayuda de instrumentos ópticos antes del amanecer desde inicios de julio y desde el 12 de julio al atardecer, y se estima que ha alcanzado una magnitud de 0,9 en el perihelio (apenas 10 estrellas en todo el cielo son más brillantes).

Los cometas siguen órbitas que, a veces, están finamente establecidas con precisión (por ejemplo, el caso más famoso es la del Halley, que cada 76 años es visible en nuestros cielos; la siguiente visita nos la hará en julio de 2061. Esperemos estar presentes…). En ocasiones dan vueltas en torno al Sol en menos de 20 años (cometas de periodo corto), pero ese constante circular por las proximidades solares desgasta sus reservas de hielo y gases (hace mucho calor en las inmediaciones de la estrella), por lo que sus cabelleras son visibles durante una vida muy corta en términos cósmicos.

Cuando la duración de sus pasos oscila entre 20 y 200 años, se les llama cometas de periodo intermedio (como el mismo Halley). Lo bueno de estos es que, como se conoce bien sus órbitas y no están tan roídos como los de periodo corto, es fácil que sean cometas bonitos de ver y además se puede preparar con mucha antelación su estudio (incluso diseñar sondas específicas para que vayan a su encuentro). Lo malo es… que hay que esperar muchos años.

Por lo que respecta a los cometas de periodo largo (más de 200 años), se trata de objetos generalmente “nuevos”, en el sentido de que es la primera vez (o de las primeras) que se acercan al Sol. Vienen, se acercan, tienen un comportamiento a veces impredecible (pueden ser muy luminosos de forma inesperada, o fragmentarse en varias partes a causa del calor solar) y luego abandonan el espacio cercano a la estrella para no regresar hasta dentro de mucho tiempo… o no hacerlo jamás.

NEOWISE, tras su descubrimiento en marzo de este año, parecía tener una órbita semejante a la de otro cometa visto en el siglo X, por lo que pensó que su periodo era de un milenio. Sin embargo, posteriores observaciones han afinado mucho más su órbita, y ahora parece claro que se trata de un cometa nuevo con un periodo orbital que parece ser de unos 6.800 años. Por tanto, si no sufre algún tipo de perturbación gravitatoria que altere su recorrido por el sistema solar exterior, puede que volvamos a contemplarlo en los cielos terrestres hacia el año 8820, aproximadamente.

Sin embargo, hay un valor orbital que nos indica si el cometa es o no periódico y, por tanto, si va a regresar o si su órbita va a alejarlo para siempre del Sol y de nosotros. Ese valor se llama excentricidad; si es menor que 1 entonces la órbita es elíptica y el cometa será periódico (visible de nuevo, por tanto, dentro de cierto tiempo), pero si es 1 o mayor será parabólica o hiperbólica y en ese caso no regresará.

Para el NEOWISE la excentricidad parece situarse en torno a 0,99921, es decir, virtualmente 1, por lo que en este caso casi se podría decir que posee una órbita parabólica, esto es, una curva abierta que no posee punto de retorno. Si esto es así, pese a que pensemos que volverá dentro de 6.800 años, ligeras correcciones en los cálculos de su órbita podrían provocar que el cometa tenga un recorrido que nunca le permita ser visible de nuevo desde la Tierra.

Así pues, debemos esperar para saber si NEOWISE tendrá a bien brindarnos otra visita o si, por el contrario, prefiere quedarse en las frías lejanías del sistema solar. En todo caso, y dada la escasez de cometas brillantes en las últimas décadas, cabe aprovechar estas oportunidades que se nos regalan. Si el Hyakutake y el Hale-Bopp, los dos cometas más espectaculares visibles en el hemisferio norte, pudieron verse en 1996 y 1997, respectivamente, quién sabe cuándo volveremos a tener otro similar. Puede que en 2021… o puede que dentro de una década o más.

NEOWISE ha alegrado los cielos durante estos meses veraniegos en los que las malas noticias, las muertes y las numerosas infecciones a causa del Covid-19 infestaban los medios de comunicación y el ánimo de la sociedad. Contemplar al cometa en el firmamento, ajeno a lo que sucedía en este mundo nuestro, era como un calmante, porque la naturaleza mantiene su curso y el Universo sigue brillando y ofreciendo espectáculos para aquellos que deseen, de vez en cuando, echar un vistazo hacia lo que acontece más allá de nosotros mismos.

Nacido en Gandía (Valencia) en 1980, Jesús S. Giner es educador ambiental y en la actualidad cursa el Grado en Filosofía por la UNED de Valencia.

Su afecto por la astronomía, tema del que ha publicado más de cincuenta artículos de divulgación y sobre el que imparte talleres en la Universidad Popular de Gandía, junto con su pasión por la literatura ha dado como fruto su primer libro VIVIR EL CIELO (Ediciones Ondina).