Hilario López Millán en la supervivencia rosa y bizarra
- Escrito por Diego Medrano
- Publicado en Opinión
Muere el periodista Hilario López Millán, a los 78 tacos, por deshidratación extrema, según el parte. La ironía es telúrica: él, sí, que hizo del copetín una forma de tomar el sol entero de la noche, muere por falta de líquido en el vaso. Hilarín, de Hellín, Albacete, ojos vivos de niño que escapa a zancadas largas y pantalón corto del casco antiguo, en busca del porvenir. Hilarín, con los años dueño de la cosa, traje de Simago con arrugas, anillos que le quedaban grandes, camisas gigantes con el hoyo bajo el pico de la barbilla, medio folio escrito, doblado a la mitad, por el que llegó al pisazo de Plaza Castilla y todo el colorín de la tele, antes radio. Un genio, momia y pergamino.
Primero Barna, mucha Barna, las Ramblas y los garitos del Gótico. El Barrio Chino, hoy Raval, y los bares maricas con mirilla del franquismo. Hilarín, con su tintazo, y dientes grandes que decían postizos, y el tío que más sabía de la copla en España, y toda esa cofradía de la concha de flamenconas bolleras, ocultas a ojos de todos, quién no se ha dado un pipazo con una amiga, dijo Lola Flores, o dicen que dijo la Faraona. Radio Juventud, locutores de Franco, radio en blanco y negro con tele en blanco y negro para que no desentone, y los pioneros de la crónica social, que entonces nunca fue faltona y guardaba debajo de la alfombra mucho más de lo que publicaba. Hilarín lo sabía todo, por eso primero le ficha Encarna Sánchez, de la cofradía anterior, luego María Teresa Campos, finalmente Ana Rosa Quintana. Hilarín, experto en chistes de maricas pobres, y todo ese mundo ácido de flamenco y supervivencia, tonadilleras con bigote y toreros que calzaban bien, bares de cazalla y vinos negros.
Su periodismo fue aprender a escribir por su cuenta, pero mucho antes aprender a saber, porque el medio folio doblado por la mitad, muchos anillos y manos anilladas entre arabescos, debían traer algo. Información. Carnaza. Datos. Así, tanto en Madrid como en Barna, lo primero fueron trabajos de supervivencia, conserje, portero, lo que hubiese a disposición en el mercado, para luego peinarse con los dedos e ir a los bares, al mogollón, a buscarse algo caliente que redactar a la luz de la vela o la estufa. Hilarín, amigo de todo el mundo, con mucha supervivencia bizarra, castiza, tabernones del Rastro con asado, riojas negros, carne blanda, y esa labor secreta de contar la llama o la mecha pero no la bomba, porque eso implicaba romper el trato y la relación con la propia protagonista. La dupla de lo rosa en este país fue Hilarín/Mariñas. Ambos con el medio folio doblado, el primero encorbatado y antiguo, el segundo de polo y playeros, uno lampiño con ojo avizor y el otro con bigote que seguía huellas.
La radio dio cancha, yo creo que hasta Luis del Olmo, a tanto la pieza, y luego el colorín de la tele fomentó la anterior, porque el personal ya reconocía la voz, y entre medias sueltos por revistas y hojas volanderas, pagados de puta madre. Probablemente, hubo un hito en mitad de toda la discoteca, año 2001, editorial Planeta: Crónica rosa de España: de la Collares a Rociíto. Antes, yo creo, había pintado el negocio bien en varias entrevistas: “Mis memorias valen una pasta”. Decía en la solapa de ese delirio fantástico: “Con una maleta de cartón cerrada con un cinturón viejo viajé a Madrid. Me esperaba la mili. Niní Montián, la radio y el morro que le iba a echar para colarme en las casas y en las fiestas de los famosos”. Hilarín cogió desde Hellín, Albacete, el mismo autobús que Paco Umbral desde Valladolid: la cosa era empezar a meter taleguilla y cobrar.
Fue leal y fiel, asunto que no suele ir parejo, y jamás perdió un amigo/a por una línea. Ayudó a veteranos y principiantes. Siguió en Simago y Galerías Preciados, chollos, a ritmo de faltriquera llena, menos gastos que ingresos. Su gran conocimiento fue el de la copla y ahí, igualmente, faltó el gran libro, con mucha bohemia y salsa picante, con mucho de supervivencia y tablaos pegajosos por los que iba Emilio Romero con el bolo duro y los ojos bizcos, junto a Raúl del Pozo. Cuentan, dicen, que le ofrecieron cheques grandes cuando Rociíto empezó con el culebrón infame, y se negó a todo, aún sin nadar en la abundancia. Mariñas ganó mucho más pasta que él, así su pisazo en Gran Vía de 242 metros y 1,2 millones de euros, chófer durante unos años, mucha lana.
Hilario López Millán era un esqueleto sabio, mucha verdura, mucho paréntesis, no contarlo todo igual era poder seguir contándolo, digo yo. Más de cuarenta años con su marido, pareja estable, y un cascabel por todas las escaleras de sube y baja, y un cascabel por todos los ascensores de mucha gente reunida, y unas castañuelas por antena, tras los ascensores y las escaleras. El oficio empezaba por rellenar el medio folio, bolígrafo Bic torcido, con datos y no lucecitas. “Jamás he dado una noticia”, dijo Umbral. Esto fue justo lo contrario: había que llegar al micrófono con género fresco y del día, ni pasado ni recalentado. Por medio del humor empezaba el despiece, siempre blanco, siempre inofensivo. Letra grande y redonda, medio folio muy arrugado y doblado como un librito de bolsillo de dos páginas. Hilario López Millán inventó la mesa camilla, donde el cotorreo es otro póquer, así el otro (invitado) si le provocas habla más que tú y no cobra. Muere un periodista bueno, humilde y pintor de ambientes. Escritura humeante entre tacones y tricornios, vasos negros y bigotazos. Lo bizarro era rosa, y sabía a lujo y no a picaresca.