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El impostor en su zona de confort


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Al final, esto que les voy a contar es un cuento hecho de retazos de la conversación contemporánea. Empiezo por el “al final”, porque es lo que oigo decir en trance a muchos compatriotas cuando tienen que contar o argumentar algo, por banal que sea. En una frase pueden repetirlo tres veces. Si usted se tiene en alguna consideración como escritor, o periodista, o simplemente como ciudadano interesado en el bien hablar, procurará caer lo menos posible en el pozo de mis negritas. Negro como una noche oscura, sin alma, sin abecedario, sin sintaxis. Decía Paul Valéry que la sintaxis es una facultad del alma. Pues eso, sin alma.

Me pregunta una amiga a la que admiro, porque es admirable, que cómo compongo estas columnas de El Obrero. Como no podía ser de otra manera, le explico el proceso, que ahora repito para los lectores: cuando me pongo delante del ordenador me entra una suerte de pánico. Es lo que los clásicos llaman miedo al folio en blanco. Hasta que de repente me digo: genial, muchacho, a la pista, a someter esdrújulas, a romper hiatos, a epatar sinalefas burguesas, a tejer metáforas, a adornarte con las palabras. Como estoy en estado de gracia, me encomiendo a los santos patrones de este oficio: Larra, Camba, Ruano… y me empodero. Y una vez empoderado, no hay Dios que me tosa. Me subo a la i griega de mi YO, con mayúsculas, y ahí me tienen haciendo flexiones sobre ese tirachinas. Ahí estoy yo, sí, siguiendo la hoja de ruta del columnista furtivo y un poco caprichoso, egocéntrico a la fuerza, que así los requiere el oficio, pero sin rastro de vanidad, que esa es enfermedad juvenil y uno se mueve ya por las escaleras empinadas de la sexta galería. De manera que, donde me ven, celebro mi resiliencia en la tierra y soy ya un resiliente que busca un planeta más sostenible donde lucir su escritura comprometida.

Les confieso que no es raro que me asalte el síndrome del impostor. ¿Qué hace alguien como yo en un sitio como este? A la fuerza me viene a la memoria la famosa cita de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”. Claro que si dejara este rincón del periódico, este espacio de libertad en el que cada domingo me recreo, me sentiría perdido, sin saber adónde ir. Acaso, perecería víctima del calentamiento global. Necesito, al menos una vez a la semana, poner en valor la actualidad, pero la verdad es que no me da la vida, porque la situación no es mala, sino lo siguiente. Y eso que, las cosas como son, no me falta empatía. Un domingo es un asunto muy serio y, si uno no va a misa, necesita alguna actividad con la que pasar el rato antes de tomar el vermú. Aunque sospecho que ya imaginan que esto que escribo es lo que viene siendo una manera de dar vueltas a la noria para no confesar lo inconfesable, que no me atrevo a abandonar mi zona de confort. Me ha costado tanto encontrarla, que no quiero tirar por la borda mi pequeña y tranquila isla. De hecho, deseo que este espacio de serenidad venga para quedarse. Siento una emoción brutal. En torno a mí todo es brutal. Oigo esta o aquella conversación y escucho calificar de brutal lo que se mueve y aun lo que está quieto. Es brutal, pongo por caso, la facilidad de palabra de mis contemporáneos, y, cuidado, que tanta brutalidad deja daños colaterales. Y aquí me pongo serio y les digo que ante esos abusos hay que tener tolerancia cero. En fin, no quiero cansarles, que hoy tengo muy buenas vibras. Caramba, que ni tan mal, burla, burlando he compuesto una columna salpicada de negritas. Es lo que toca.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.