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Garci


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Manuel Alcántara, columnista y poeta retirado hace unos años de las cosas de esta vida, escribió con su elegancia sentenciosa que “por el tiempo no pasan los años”. Por Garci, amigo entrañable de Alcántara, parece que tampoco. Algún pacto ha firmado el cineasta con Cronos para que los años le resbalen, siquiera relativamente, que nadie está a salvo de los rigores del calendario, ni siquiera, por más que se diga, Jordi Hurtado. Garci, que tiene una juventud de interiores, está lejos del retrato de Dorian Gray, no está podrido por dentro como el personaje de Oscar Wilde, sino que mantiene la vitalidad del muchacho que soñaba películas.

Nuestro hombre era un joven que pasaba las horas en una oficina bancaria, pero tenía una vida de repuesto, como a él le gusta decir, en las pantallas de la Gran Vía y la calle Fuencarral, donde acudía cada tarde a emborracharse de cine. Era un bebedor de celuloide inmoderado, un chalado que iba de las imágenes a la imaginación, y del corazón a sus asuntos, mientras despachaba avales, repasaba cuentas corrientes o hacía transacciones. En el banco madrileño donde se ganaba la vida mientras maquinaba otra vida conoció a Alfonso Sánchez, que era un crítico respetado y celebrado, inconfundible por su hablar coquetamente tartamudo. Como desde pequeño tuvo facilidad para las relaciones sociales se hizo amigo de Alfonso y este le fue acercando a la gente del cine. Con el tiempo, Alfonso Sánchez fue el protagonista de un corto del director de Volver a empezar. En otro corto pintó su Marilyn. Y como guionista de televisión obtuvo el Emmy por La cabina.

Garci es de natural apasionado y no solo vive intensamente el cine, sino también el fútbol, el boxeo, el dry Martini (que lo vive y lo bebe) y, de manera muy especial, la radio. Lo escucho desde las noches de los sábados de su imborrable Luna de miel, en Antena 3, en los años ochenta. Ahora se prodiga por diversas emisoras, cultivando lo que mejor hace y lo que más gusta: la conversación cálida e ilustrada, y sobre todo muy vivida y pasada por una memoria pasmosa.

Y está, claro, su menester más querido y cultivado, el cine, oficio que le llevó al triunfo en Hollywood, la auténtica fábrica de sus sueños. Como no le gusta engañarse a sí mismo reconoce que no ha sido autor de ninguna obra maestra, que ese es honor reservado a muy pocos, pero desde su exitoso debut con Asignatura pendiente nos ha dejado filmes estupendos como Las verdes praderas, El crack, Tiovivo c 1950, Luz de domingo o El abuelo. Generoso con sus compañeros de películas, no regatea elogios para los hombre buenos de la pantalla grande, de Buñuel a Berlanga, de Bardem a Fernán Gómez, y por encima de todos a colosos como John Ford, Billy Wilder, Cukor, Howard Hawks, Capra o Alfred Hitchcock. Le gusta hacer cine y verlo, pero con nada disfruta tanto y, sobre todo, hace disfrutar como hablando de cine. No conozco a nadie tan dotado para ese quehacer.

Acaba de cumplir ochenta años que, sin ser grave, es una edad seria, lo cual quiere decir que es de la cosecha de 1944, año en que el mundo estaba en guerra, pero los cines eran una fiesta. En ese 44 se estrenaron tres películas que están entre las mejores de la historia: Perdición, Arsénico por compasión y La diligencia. Por entonces, Garci no estaba todavía para ir de estreno, sino para escuchar canciones de cuna. Quién sabe si ahí incubó ya su amor por el cinema.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.