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Nuevos actores emergen en la guerra de Ucrania, y Corea del Norte es uno de ellos


  • Escrito por Gracia Abad Quintanal
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)
BUTENKOV ALEKSEI/Shutterstock BUTENKOV ALEKSEI/Shutterstock

Cuando la guerra en Ucrania fruto de la agresión rusa entra en su tercer año parece momento apropiado para hacer una valoración de algunas de las impresiones que hace ahora dos años suscitaban los primeros compases de un conflicto que ha terminado por ser mucho más largo de lo que entonces Rusia, pero también muchos analistas, pronosticaban.

En efecto, la duración del conflicto es una de las cuestiones respecto de las cuales el paso del tiempo ha permitido comprobar que las previsiones eran desacertadas la mayoría de las veces. Sin embargo, no es ni mucho menos la única.

Otro de los debates recurrentes en aquel momento era si estábamos ante los primeros compases de una tercera guerra mundial. Si bien esta cuestión no está ni poco ni mucho resuelta por el momento, ni el debate por tanto cerrado, lo que sí es evidente es que no estamos ante un mero conflicto fronterizo o entre estados vecinos, ni siquiera regional. Se trata de un conflicto con potencial de desestabilización global (potencial favorecido, además, por la voluntad de alguno de los actores tanto principales como secundarios) y un creciente número de actores implicados.

No cabe duda de las posibilidades de desestabilización global: a la inflación generalizada del primer año, el alza de los precios de la energía y la crisis alimentaria –sobre todo en las regiones más vulnerables del planeta– hay que sumar la irrupción de la guerra entre Israel y Hamás. Este último conflicto, cuya relación con el que se desarrolla en Europa es incuestionable podría, además, presagiar la aparición de nuevos focos de conflicto a lo largo y ancho del planeta si no logramos pronto estabilizar y situar en vías de solución las crisis actualmente abiertas.

Cada vez más países implicados

Una desestabilización global que va de la mano con el otro elemento al que nos referíamos más arriba, el de la implicación de un creciente número de actores en el conflicto en Ucrania.

Un caso evidente, es el de Irán, actor con una importancia creciente tanto en la guerra que se desarrolla en el oriente europeo como en la que se desarrolla en Oriente Medio ya que, por ejemplo, tanto Hamás como la Federación Rusa van a utilizar los drones iraníes Shahab de forma masiva. Unas exportaciones que, por otra parte, suponen para Irán un beneficio tanto en términos económicos como de progreso en su programa nuclear.

Ahora bien, el de Irán no es el único caso ni, quizás, el más preocupante de irrupción de nuevos actores, ya que también debemos tener presente a un actor que suele pasar mucho más inadvertido: Corea del Norte.

En efecto, desde el mes de agosto hemos tenido noticia del estrechamiento de la relación entre la República Popular Democrática de Corea y Rusia, hasta un punto que no habíamos visto desde los tiempos de la Unión Soviética –esta ayudó a Corea del Norte desde su fundación de la mano del abuelo del actual líder, Kim Il Sung–. Ese acercamiento se concretaría incluso en el viaje de Kim Jong Un a Vladivostok el pasado septiembre, en el transcurso del cual, además de comer empanadillas de cangrejo, tuvo la oportunidad de visitar el centro de satélites Vostochny Cosmodrome, el más importante de Rusia.

Corea del Norte, que desde el principio de la guerra en Ucrania ha sido uno de los pocos estados que abiertamente se ha posicionado del lado ruso, en junio de 2023, con motivo de la fiesta nacional de Rusia, reiteró su apoyo total a la invasión de Ucrania. No conforme con haber votado en contra de las resoluciones de condena a Rusia en la Asamblea General de Naciones Unidas y haber sido uno de los pocos estados que ha reconocido la independencia de las regiones ucranianas reclamadas por Moscú, ha pasado a erigirse en el principal suministrador de armas a la Federación Rusa. Le estaría exportando tanto misiles de crucero –en clara violación de distintas resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas– como munición de artillería.

No es poco lo que Pyongyang consigue con ello, pues tiene en Ucrania, de la mano de Rusia, un impagable campo de pruebas para sus misiles de crucero y en los ingresos que obtiene por sus exportaciones de armamento, un enorme alivio a unas arcas públicas siempre castigadas.

Junto a todo ello puede recibir de Rusia asistencia militar, incluidos cazas, misiles tierra aire y vehículos acorazados y transferencias de conocimiento y experiencia que le permitan avanzar en sus programas nuclear y de misiles.

La cuestión no es menor ya que, por ejemplo, el hecho de contar con los sistemas de misiles tierra-aire de Rusia permitiría a Corea del Norte neutralizar la ventaja que actualmente poseen sobre ella Estados Unidos, Japón y Corea del Sur gracias a los F-35.

Impacto de los progresos armamentísticos de Corea del Norte

Por otra parte, los progresos armamentísticos de Corea del Norte tienen un impacto directo y nada desdeñable en las políticas de defensa de Corea del Sur y de Japón y, en un segundo paso, del resto de los estados de Asia, alimentando así la eterna carrera de armamentos del continente.

Ahora bien, en una muestra más de que la desestabilización a que nos enfrentamos es global, la irrupción de Corea del Norte entre los actores involucrados en la guerra en Ucrania tiene consecuencias también fuera de Europa y Asia, pues no debemos olvidar que los misiles norcoreanos también están siendo disparados por Hamás.

En definitiva, tras dos años de guerra, miles de muertos, enorme destrucción material y sacudidas de todo tipo a nivel global, va siendo hora de que tomemos conciencia de la realidad: la guerra en Ucrania no es un problema exclusivo de los ucranianos, ni siquiera de los europeos, es el epicentro de un terremoto global y sin una paz justa y duradera en Ucrania las réplicas serán cada vez más intensas y más frecuentes en todos los rincones del planeta.The Conversation

Gracia Abad Quintanal, Profesora Agregada de Relaciones Internacionales, Universidad Nebrija

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.