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Culos de primavera


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los columnistas ya no le cantan a la primavera, con sus canastas de color y ese aire que se espesa a la altura del mediodía, con el sol enrollándose en las piernas de las muchachas y los músicos ambulantes improvisando la banda sonora de las terrazas. En las páginas de los periódicos solo cabe la crónica abigarrada de los mentideros políticos, las emociones de la liga y esas fatalidades que pasan en el mundo antes y después de Putin: guerras, mutilaciones y cinismo envuelto en papel de estraza diplomático. Comprendo que para eso se publican los diarios, para la intoxicación fundamentada y el vértigo y la extrañeza, pero a mí me gustaban esas esquinas de papel donde un maestro/maestra del oficio se fijaba por un instante en el laberinto de calles que revientan de gente sin biografía pública, en esos parques donde los bancos no dan interés, sino asiento, y propician la conversación. Todas las estaciones son hermosas y merecen su poeta, ninguna tan excesiva y sensual, tan agotadora y deslumbrante como la primavera, que intimida y espanta a los hipocondríacos y hace que la mirada de los bebés se fije luminosa en las cosas que llenan el mundo.

En la primavera todo es exceso, el primor y el dolor, las ganas de vivir y la melancolía; la sangre se altera por un fenómeno puramente natural en el que se juntan el hambre y las ganas de mirar. Mi mirada masculina es un abracadabra impresionista, un manojillo de sensaciones y un revoltijo de colores que a ratos propicia una euforia efímera y a veces una desazón ligera. Todo entra por la vista, pero también por la piel, y hay una temperatura, con un delicado toque febril, que es la temperatura exacta a la que el mundo está en sazón. Las calles son un hervidero de mujeres de talle apretado, muchachas con minifaldas ajustadas y escotes frutales. Mi mirada discrimina y se fija en esa parte del paisaje, pero la ciudad es una constelación de gentes variadas: ejecutivos con corbata azul y maletín negro, botarates con móvil, encuestadoras que te asaltan bolígrafo en mano, vagabundos parados en las esquinas, en fin la gente de todas las estaciones, pero con una velocidad más.

Luego están la erótica y la retórica del culo. Culos que asombran y aturden. Ahí confluyen todas las miradas: la masculina, la femenina y la gay, porque el trasero se ha vuelto símbolo del imaginario universal y quien puede lo luce con destreza e incluso con descaro, y los que carecemos de tamaño objeto para exhibir en el escaparate del deseo honramos los ajenos con apetito y glotonería de tipos o tipas dotados para la admiración y el desenfreno puramente teórico. Como motivo de observación, la ventaja del culo respecto a las tetas, digámoslo con cierta naturalidad tosca, está en que estas últimas obligan a una mirada frontal e indiscreta, que resulta incómoda para ambas partes, en tanto el culo permite al ojeador/ojeadora recatado emboscarse en una gratificante clandestinidad, facilita la contemplación del vaivén de las curvas, ese derrape libidinal que lleva a los abismos del gusto. Estas materias las estudié yo con mucha aplicación, en mi juventud estudiosa, mientras repasaba las páginas de Teoría de la Comunicación y Redacción Periodística.

Escribo estas cosas porque están en la cabeza de mucha gente, por más que paradójicamente se hayan vuelto incorrectas en la expresión pública. Un cierto nivel de provocación es sal y pimienta para los periódicos, digitales o de papel, enfangados en las cuitas matinales de los diputados de lengua larga. La vida, como diría Kundera, está en otra parte.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.