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Viciosos de película


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Durante años, Javier Tolentino tuvo en Radio 3 un programa que llevaba por nombre El séptimo vicio. Tolentino, que rima en consonante con Tarantino y con Patino, es un enfermo de cine sin cura, ni puñetera falta que le hace, pues la penitencia es gustoso peaje de su pecado y el vicio es su virtud más inquebrantable. He enlazado en las dos últimas semanas la lectura de un par de libros de cine muy sugestivos: uno sobre Basilio Martín Patino, del mentado Tolentino, y otro de Cameron Crowe, de conversaciones con Billy Wilder. No me gusta el término cinéfilo, y, en todo caso, no va conmigo, puesto que el cine no es para mí vicio, sino arte del que disfruto sin la pasión de los que lo tienen como una vida de repuesto, como dice Garci. A esa hermandad pertenecen Javier Tolentino y José Guerrero Higueras, Amalio para los amigos, del que hablaré más adelante en esta esquina de papel invisible.

Basilio Martín Patino, sobre el que escribe con detalle Tolentino, es un exquisito, un director con una obra personal, rara, original, minoritaria. El género que le dio más prestigio fue el documental, con películas como Canciones para después de una guerra, Caudillo o Queridísimos verdugos. Tengo debilidad por esta última, que retrata a los tres últimos verdugos españoles, unos tipos que más que al desprecio movían al asombro, gente de un patetismo castizo, hijos extravagantes y tristísimos de un tiempo infame. Todas las películas de Martín Patino están cortadas por el patrón de un creador minucioso e incluso maniático, que hace cine para dar vuelo a sus fantasmas y no en busca del aplauso del público a cualquier precio. Documentales aparte, tiene en su haber notables historias de ficción como Nueve cartas a Berta o Tarde de domingo.

Si el término genio mantiene alguna vigencia, lo merece Billy Wilder, pero podemos quedarnos un escalón más abajo y hablar del talento sobresaliente de un director que ha creado algunas de las más importantes películas de la historia del cine. En lo tocante a la creatividad, sea en literatura, en pintura, o en cine, el gusto es un factor primordial, aunque no exclusivo. Yo tengo predilección por Wilde, uno de mis directores fetiche, quizá el que mejores horas me ha hecho pasar delante de una pantalla, si es que tales deleites están sujetos a baremo. Películas como Perdición, El crepúsculo de los dioses, Con faldas y a lo loco, El apartamento, Testigo de cargo o Primera plana son media docena de perlas en mi collar de aficionado no exactamente vicioso.

Si hablamos de pecador vicioso tenemos que darle un título a Javier Tolentino, que además de fino degustador del cine es un periodista de prosa vibrante, como antes fue radiofonista hondo y barroco, en la línea de los que han hecho magia con la palabra en la radio pública. Tiene una voz con duende, llena de matices, como Manolo Ferreras y otros de la factoría de Radio 3. Ahora bien, la categoría de monstruo vicioso y amateur del séptimo arte la reservo para mi amigo Pepe Guerrero, Amalio, quien arrastra desde nuestra adolescencia archidonesa una pasión total, desordenada, enfermiza, naif. No vive en ningún sentido del cine, sino para el cine. Las películas se le multiplican geométricamente en sus infinitas libretas, en las que apunta todas las que ve, las reseña y les pone nota. Es benevolente, puesto que no es censor sino amante. El año pasado vio 627, de ellas 142 en salas. Amalio no pide perdón por confundir el cine con la realidad, bien sabe él, como Aute, que no es fácil olvidar Cahiers du cinema y, por encima de todo, que la vida es cine y los sueños cine son.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.