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Son personas, no migrantes


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El 10 de abril de 2024 quedará grabado en los anales de la historia europea como un día de luto y dolor. Después de la larga lucha mantenida por la sociedad civil para intentar que no saliera aprobado el nuevo Pacto de Migración y Asilo (PEMA), los y las parlamentarios europeas han decidido parapetarse tras un muro de ignominia, indignidad y dolor.

En la votación de esta tarde han prevalecido la sinrazón, el miedo y la indiferencia. No son valores por los que los seres humanos deberían regirse. No parece que el siglo XXI vaya por buen camino. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y los desastres y elevados costes en vidas humanas que conllevó, parecía que, por fin, se había caído en la cuenta de las nefastas consecuencias que el odio, las guerras y la persecución del ser humano por el ser humano traían para la humanidad entera. Huyendo de aquella pesadilla, se firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Declaración Universal de los Derechos de la Infancia, el Convenio de Ginebra… Acuerdos que merecieron el aplauso y el reconocimiento de la sociedad civil mundial. Todo un ejemplo que marcaba el camino por el que debía transitar la humanidad.

Ha sido un camino corto. En poco más de medio siglo todas aquellas declaraciones relacionadas con el derecho a la migración y a pedir ayuda cuando la vida humana corre peligro y el deber de prestar auxilio y socorro, todas esas buenas intenciones han pasado a mejor vida, han sido eliminadas del código ético de una Europa olvidadiza y temerosa, de una Europa agazapada tras un discurso de negación de la justicia y la fraternidad. Porque no es verdad que este Pacto fuera necesario y tampoco es verdad que fuera la única solución, como algún diputado ha declarado. Soluciones hay muchas. Por ejemplo, eliminar FRONTEX, concertinas y fronteras externas, sustituyéndolas por inversión en desarrollo y cooperación con los países “pobres”; reconocer que somos los países occidentales los responsables directos de esa pobreza y asumir igualmente la implicación de Europa en las guerras de los últimos años (Afganistán, Siria, Palestina…); asumir y reconocer que somos países viejos, que es gracias a la migración que Europa tiene capacidad de sobrevivir, que son las personas migrantes las que cuidan a nuestros mayores y nuestros hijos e hijas, que son ellos los que realizan un sinfín de tareas que nosotros hemos abandonado; reconocer que la riqueza europea depende en una inmensa medida de la migración… En definitiva, reconocer que son personas, no ‘migrantes’.

Tampoco el PEMA supone equilibrio alguno entre solidaridad y responsabilidad, como se ha afirmado. Lejos de ello, este Pacto es la máxima expresión de insolidaridad para los que no son europeos y son pobres ¿O, en un alarde más de cinismo, consideramos solidaridad crear macrocampos de refugiados convertidos en cárceles a cielo abierto en los que encerrar a familias precedentes de países en guerra, incluidos niños, a la espera de ser expulsados? ¿Llamamos solidaridad a cerrar la puerta a mujeres víctimas de violencia de genero procedentes de sociedades misóginas o a niñas obligadas a contraer matrimonios tempranos indeseados? Negarse a acoger a seres humanos que escapan de la violencia, el hambre, los conflictos, la muerte ¿es sinónimo de solidaridad y responsabilidad? ¿Para quién? ¿Es de justicia clasificar a los seres humanos por el azar derivado de su lugar de nacimiento? ¿Lo es determinar la concesión de auxilio y acogida en función de los intereses mercantilistas del país que acoge?

Hoy hemos asistido a un espectáculo triste y vergonzoso. Porque es difícil creer que convertir en delincuente a un niño o una niña de seis años o proceder a obtener sus datos biométricos no produzca, cuando menos, estupor y vergüenza. Las lágrimas y los gritos de NO a este Pacto autosolidario que se han escuchado a las puertas del Parlamento Europeo contrastaban con la ausencia de vergüenza de una cámara supuestamente consciente de lo que se estaba votando. Pero esos gritos que representaban la protesta y el desacuerdo de una sociedad civil que no quiere ser cómplice serán también el motor de arranque de una transformación consciente, en la que prevalezca el valor de la vida, la fraternidad con mayúsculas, la implantación de la justicia.

Porque es una sociedad harta de ver el sufrimiento en la mirada de otros seres humanos, harta de oír las cifras de muertes que se acumulan en el fondo del mar, de asistir impotente a las muertes producidas por intentar saltar una valla, ahogadas por no saber nadar y huir a tiempo, por ser abandonadas en el desierto o retenidas en países violadores de los derechos humanos pero convertidas en fronteras externas que impiden el paso para llegar a una Europa de blindadas fronteras. Porque es una sociedad que se niega a ser indiferente y es consciente de que el camino será largo, lleno de piedras, trampas y obstáculos, pero al final le espera una meta de esperanza en un mundo mejor.

 

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.