El maestro Balzac
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Paseaba una de estas tardes con mi amigo Pedro Matamorón, el hombre que se parecía a Balzac, y la conversación nos fue llevando de un asunto a otro, sin más guion que el discurrir ameno de las palabras. Caminar con un buen amigo es un ejercicio que dulcifica la vida y puede llegar a ser tan estimulante como hacerlo solo. Plagio aquí una idea recogida en un delicioso libro de Eduardo Chamorro, periodista y escritor de espléndida sintaxis e imaginación, que hace años que se marchó por el callejón sin sombra que nos ha de tragar a todos. El libro se titula Galería de borrachos y es una reivindicación, hoy políticamente incorrecta, del hecho de beber a tapón quitado. En sus páginas, Chamorro glorifica los excesos del bebedor amantísimo de la botella, da, incluso, consejos sobre cuál es la orientación ideal de la casa del buen bebedor y señala –a esto voy- que beber en buena compañía puede ser “casi” tan gratificante como hacerlo solo o a solas. Tanto vale para andar.
En temas del beber citaré a otro buen amigo, Macaón, quien cuando un camarero le da a escoger entre un vino u otro, contesta: “Me da igual, yo no bebo por los sabores, bebo por los efectos”. Confieso que ni Balzac ni yo pasaríamos un examen de borrachos profesionales, no hemos sido de natural dados a los vicios espirituosos, aunque hemos empinado el codo cuando ha venido a cuento; ahora bien, para las caminatas jubilosas de la primavera nos va bien con un café, un vaso de agua y un par de buenas zapatillas. En lo que hace en particular a mí, tengo cierta admiración, digamos que literaria, por los bebedores de película, tipo Bogart, Robert Mitchum, John Wayne o Ava Gardner; en mis ensoñaciones me gustaría imitarlos en su modo de trasegar güisqui y otros alcoholes de alta graduación, pero mi estómago y mi hígado dan para dos o tres cervezas o así.
Matamorón, el hombre que se parecía a Balzac, esta temporada se va dando un aire a Flaubert, aunque tendría que dejarse un bigote más asilvestrado para parecerse más. En realidad, todos los escritores franceses del XIX tienen un aire de familia, y Matamorón es un extremeño a la francesa, con menos letras literarias que los citados autores, pero con mucha letra pequeña de la que conforma una vida muy vivida. Los dos formamos una suerte de don Quijote y Sancho, siendo, aparentemente, Matamorón Sancho, pero cualquiera sabe. Por el gusto de hacernos ricos en anécdotas en esta edad jubilosa, las tardes de los jueves nos ha dado por rellenar quinielas de fútbol, alternativamente en Chamberí o en Usera, para extremar la ocurrencia y alargar el camino.
Este jueves, sin milagro y sin pleno al quince, hemos dilucidado sobre el término maestro, muy utilizado al modo laudatorio entre periodistas y toreros. A mí empezaron a llamarme maestro cuando era un alumno, y todavía me lo reiteran algunos compañeros, ahora que estoy a punto de ser emérito. Maestros son los grandes del arte del toreo. Y luego están los maestros albañiles. Es curioso que donde menos se echa mano de la palabra maestro es en el campo de la enseñanza, donde a veces pareciera que llamar maestro a quien lo es, podría suponer cierto demérito respecto a la denominación de profesor. Y en estas y otras pasamos la tarde. Matamorón/Balzac, que es un madridista de afición invencible, estará a esta hora, me temo, celebrando la Champions de su equipo. O no. Yo, anoche me fui a cenar con un joven maestro del columnismo, Jesús Nieto Jurado. Un gusto salir, al teatro o a cenar, las noches en que juega el Madrid. Te evitas colas y reservas y que el maestro Balzac me perdone.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.
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