Evolución de la percepción ciudadana sobre la transición
- Escrito por Oscar Iglesias
- Publicado en Opinión
La Transición a la democracia en España ha sido catalogada como un modelo exitoso de cambio político pacífico de una dictadura a una democracia, en contraste con otros procesos de ruptura revolucionaria o violenta. Siempre se ha destacado su carácter negociado, subrayando la capacidad que tuvieron los distintos actores políticos para evitar un estallido violento o un colapso institucional.
Este proceso adquirió una naturaleza especialmente simbólica, ya que no solo fundó un nuevo orden institucional democrático, sino que también se constituyó en un relato político y moral que contribuyó a moldear las identidades colectivas, legitimar el nuevo sistema democrático y articular una memoria oficial del pasado reciente.
Pero ¿La forma en que se llevó a cabo la Transición constituye hoy un motivo de orgullo para los españoles? ¿Cómo ha evoluciona la percepción de los ciudadanos sobre ese periodo tan importante de la historia de España? ¿Se han producido cambios con el tiempo o la percepción se ha mantenido inalterada?
Para responder a están preguntas contamos con la información que nos proporciona el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que desde 1985 viene preguntando sobre la percepción pública sobre la Transición a la democracia en España con la pregunta: “¿Cree Ud. que la forma en que se llevó a cabo la transición a la democracia constituye hoy en día un motivo de orgullo para los/as españoles/as? Si; No; N.S.; N.C.”.
Los resultados, que miden la legitimidad simbólica de la Transición, muestran un patrón de cambio desde un consenso ampliamente mayoritario de logro colectivo hacia una creciente revisión crítica del orgullo democrático en las últimas décadas.

La narrativa de la Transición se convirtió, entre las décadas de 1980 y 1990, en un eje transversal y en un pilar central de la cultura política española y de la legitimidad del sistema democrático. La Transición representaba la superación del conflicto histórico, la reconciliación de las dos Españas y la adopción de una visión pragmática y moderada de la política.
En este sentido, la inmensa mayoría de los españoles consideraban la forma en que se llevó a cabo la Transición un motivo de orgullo, con porcentajes superiores al 75 por ciento, y con picos del 80,7 por ciento de la población en el año 1989 y un 86,1 por ciento en el año 2000.
Sin embargo, a partir de mediados de la década de 2000, y con intensidad creciente tras la crisis económica de 2008, dicha narrativa comenzó a fragmentarse. Del 86,1 por ciento que consideraba que la forma de hacer la Transición era motivo de orgullo se pasó en 2008 al 75,7 por ciento y en el año 2018 al 67,3 por ciento.
En sentido contrario, el porcentaje de los que consideraban que no era motivo de orgullo la forma en la que se hizo la transición pasó del 7,9 por ciento en el año 2000 al 16,1 por ciento en el año 2010 y al 22 por ciento en 2018.
La Transición pasó a ser objeto de disputa pública, reinterpretada en términos críticos por movimientos sociales, nuevas fuerzas políticas y sectores intelectuales que cuestionaban la idealización del proceso.
Sin embargo, en los últimos años, se produce un cambio de tendencia favorable, ya que el porcentaje de los que creen que la forma en que se llevó a cabo la transición a la democracia constituye hoy en día un motivo de orgullo para los españoles aumenta desde 67,3 por ciento del año 2018 al 71,9 por ciento del año 2025. En relación con las respuestas negativas también se produce un aumento, al pasar del 22 por ciento en el año 2018 al 23,9 por ciento en el año 2025.
Aunque el consenso sigue siendo mayoritario, se confirma un escenario interpretativo fragmentado sobre la Transición, que se produce en un país donde ha aumentado un pluralismo ideológico y mediático que ha dado lugar a una memoria pública descentralizada, donde múltiples relatos coexisten y compiten por la legitimidad.
Esta evolución refleja no tanto una crisis de legitimidad del sistema democrático, como una transformación en las formas de relación simbólica con la Transición. La Transición ya no es el núcleo unificador de la cultura política, sino un elemento más dentro de una memoria pública diversificada, en la que distintas generaciones construyen su relación con la democracia desde experiencias vitales y expectativas diferenciadas.