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Identidad (I)


  • Escrito por Luis Méndez
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 8 - 16 minutos)

Arrumbado en una librería de segunda mano, donde no hay mirlos blancos pero si obras desgraciadamente descatalogadas hemos encontrado un libro que no lamentamos haber adquirido a pesar de su contenido. Se trata de una Historia moderna y contemporánea --editada en el periodo que va del 89 al 93-- por una universidad española. Lo firman varios autores que suponemos son profesores de (y seguramente en) la materia. La múltiple autoría no permite una evaluación global, por lo que nos limitaremos a comentar brevemente la parte que más nos ha llamado la atención, la que va desde los Reyes Católicos a Felipe II. El enfoque nos ha parecido lamentable por discriminatorio para España, sobre todo teniendo en cuenta que va dirigido a unos alumnos que se preparan para la política. Así dicho, suena mal: España cometió muchos errores, y no fue justa. No obstante, molesta que nuestros defectos se magnifiquen y los errores de los demás se oculten. Hemos dicho que España no era justa, y no podemos evitar preguntarnos quién era justo en aquellos tiempos. En Inglaterra, por ejemplo, al díscolo se le cortaban la nariz y las orejas, si no la cabeza. Mientras el emperador español es y será un tirano, Enrique VIII fue una curiosidad.

No vamos a hacer una resención de los capítulos aludidos; sólo mostraremos algunos ejemplos de la carga negativa del texto. Y eso que hablamos de los mejores tiempos de España. Podríamos preguntarnos qué se dirá entonces de los peores. Pero, no: se es bastante más tolerante con la decadencia que con el esplendor. Quizás a los ordenantes de la Leyenda Negra les interese más nuestra debilidad moral que nuestro bienestar material. Así podrán entrar libremente en nuestras aguas y organizar marchas de colores; posiblemente la Verde fue una de las primeras primaveras. --Tras relatar rápidamente el periodo de los Reyes Católicos, donde los portugueses toman gran protagonismo en el descubrimiento --o tropiezo, o encuentro, o como se quiera decir-- de América, se insiste en que Colón era genovés (por el contrario, los franceses han convertido a Picasso o a Chopin en franceses); que lo aportado por la corona para la expedición no fue sustancial, dadas las capitulaciones establecidas (quizás un intento más de prestigiar lo privado sobre lo público); que posiblemente América ya la habían descubierto los vikingos en el siglo IX, si no, los fenicios, que se habían adentrado en el Atlántico en tiempos inmemoriales. Por si quedara algún resquicio de duda, también podría haber sido producto de la evangelización de los monjes irlandeses (hoy en esa revista de prensa que selecciona Google vemos una noticia semejante). No discutimos si todo esto es cierto o no, sino que nos preguntamos si en realidad hemos aportado algo al mundo. No hay que mentir, por supuesto, pero tampoco pretender robarle el espíritu a un pueblo. Se podrá argumentar que la verdad es la verdad. Pero, ¿tan monocolor es todo?

El apartado siguiente comienza con el nacimiento del luteranismo, por lo visto el hecho más trascendental de nuestro siglo XVI (quizás sí, pero en otro sentido); continúa con las guerras del Emperador (Carlos I de España y V de Alemania) y termina en la Contrarreforma. No hay nada más en ese periodo de nuestra historia. Los ingleses, por ejemplo, no sienten rubor en explicar que saben de sobra que la Armada española no fue destruida por ellos, pero se excusan explicando que la leyenda les da fuerza en los malos momentos históricos. Sobre el desastre de su Armada al año siguiente no sienten la necesidad de informaciones masoquistas (ni nosotros respecto a nuestros estudiantes de rellenar sus lagunas). De los diecinueve años (1585-1604) de la Guerra anglo-española, que terminó con el tratado de París, ni palabra. Otro coautor sí menciona, lo cual es correcto, la posterior entre 1761 y 1763. ¿Quizás porque al contrario que la anterior la perdimos?

Con el luteranismo se producen lagunas importantes que distorsionan a su favor la realidad, limitándose a una descripción de las teorías, desvinculadas estas de hechos fundamentales. Se le presenta, en definitiva, como un movimiento iluminado por el ansia de justicia y de libertad. Si los autores hubieran ofrecido la versión completa de los hechos las desiguales sensaciones de bondad y maldad no serían tan acusadas. Aunque más que el enfoque de unos profesores determinados más bien parece la labor de toda una escuela. En otro libro (1979) el historiador y escritor Calvo Serer (miembro destacado del Opus Dei) afirma que “es necesario… un clima ético que hoy por hoy se encuentra únicamente en los países de cultura protestante”. Exacto: se comprobó con Irlanda y el Úlster, con la guerra de las Malvinas y los gurkas de la señora Thatcher, la cual mutó la ración de leche gratuita que se daba en las escuelas públicas por gastos militares. Esto limitándonos al protestantismo europeo. Evidentemente hay leyendas blancas que afortunadamente empiezan a tiznarse.

Dentro de la narración del luteranismo, sin que sepamos por qué, se incluye a Erasmo y sus críticas –razonables-- al papado, pero sin aclarar que este pensador nunca se separó de la Iglesia católica ni que tuvo fuertes desavenencias ideológicas y humanísticas con Lutero.

Sospechamos que cuando se habla de España, comparada con el resto de Europa, o más exactamente, con la Europa centro europea y nórdica, se plantea en el fondo un asunto racial (y racista) que contrasta absurdamente cualidades intelectuales, morales y civilatorias. Pero tal arrogancia no nos define a nosotros, siempre dispuestos al mestizaje, sino a ellos. No hace demasiado salió un libro de una historiadora inglesa que afirmaba que los éxitos de Roma eran producto de la casualidad. Tropezaron con un pedrusco y surgió el Partenón de Adriano, y la precisión en los ángulos de inclinación de los acueductos, muy cercana a los cero grados, se lograba a ojo. Todo el Mediterráneo es un puro accidente.

A Lutero más que en sus actos se le presenta en sus teorías. Seguramente si se le preguntara a una mayoría de españoles afirmaría que el luteranismo representa a la razón sobre la fe. A esa mayoría le sorprendería descubrir que para el reformador la fe era el elemento central y que la salvación era un don gratuito que se recibe únicamente por ella (por la fe), y no por las obras o méritos. La frase de Lutero, que transcribimos a continuación, nunca se la atribuirían a él o a un protestante, sino al bando contrario: “Pero desde que la novia del demonio, la Razón, esa bella prostituta, interviene y se cree que es sabia, y que lo que dice, lo que piensa, viene del Espíritu Santo, ¿quién puede ayudarnos, entonces? Ni los jueces, ni los médicos, ningún rey ni emperador, porque (la Razón) es la mayor puta del diablo”…"La fe debe pisotear toda razón, sentido y entendimiento". Sería curioso saber qué pensaría el reformador sobre la pregunta de Tomás de Aquino: ¿podría Dios crear una piedra que no pudiera levantar? Nada diremos del Diluvio Universal ni de Sodoma y Gomorra.

Así mismo se le presenta como a un libertador enfrentado a la tiranía. Sin embargo, su teología predicaba la sumisión a la autoridad secular, al orden social establecido y a los príncipes (que por lo visto no representaban tiranía), en cuanto todo ello estaba ordenado por Dios. Esto nos recuerda lo de reglas, sí, pero las nuestras.

¿Había pensamiento al otro lado? En un texto universitario español semejante no figuran pensadores como Luis Vives, Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Domingo de Soto, Luis de Molina, Juan de Mariana, Miguel Servet (médico, teólogo y mucho más, perseguido tanto por católicos como por protestantes, siendo llevado por estos últimos a la hoguera). Nada sobre la Escuela de Salamanca ni sobre la Segunda Escolástica (método dialéctico y lógico que intentaba armonizar razón y fe, así como la autonomía entre la filosofía y la teología). Nada sobre el tiranicidio y la idea (contraria a lo mantenido por Lutero) de que el poder político reside originalmente en el pueblo, el cual lo transfiere al gobernante. Nada sobre los debates en España acerca de la legitimidad de la colonización, sobre la usura, el mercado justo, el valor del dinero, la teoría cuantitativa… España, un absoluto erial (expresión de los autores). No es de extrañar que nuestra pasividad provoque los hechos más peregrinos, como que el cineasta francés Luc Besson en su última película haga aparecer el escudo heráldico de los Reyes Católicos en el trono del conde Drácula. Tontos, perversos y vampíricos. ¿Imaginan si hubiera sido el de EEUU, con flechas y todo?

La teoría, sin práctica que la suceda, pierde mucha de su sustancia. Presentar las doctrinas sólo en su letra puede resultar engañoso. Tanto como presentar los hechos amputados. En este caso se juega bastante a esto. El luteranismo es analizado en su lucha contra un imperio que no sabemos si exageramos si decimos que es tratado como uno de los peores. De acuerdo, pero, ¿qué se dice de los actos de los reformistas? Extraño que al no creyente le indignen estos detalles más que a los propios creyentes.

Extraña también que en un libro de Políticas se olvide el componente geopolítico en el cual se desenvolvía el asunto. A estas alturas ya hemos comprobado que las teorías abstractas esconden intereses tangibles. Los príncipes alemanes buscaban una idea religiosa y moral que cohesionara sus intereses y protegiera sus privilegios en su lucha contra el poder imperial, que en ese momento estaba en manos de un emperador español. ¿Defendemos al imperio? En absoluto. Simplemente decimos que aquellos principados no eran libres, y que las intenciones hacia sus súbditos no eran mejores que las del emperador al cual combatían. El protestantismo fue muchas cosas. Marx lo resume diciendo que “Lutero venció la esclavitud por voto, porque en su lugar colocó la esclavitud por convicción. Derrotó la fe en la autoridad, porque restauró la autoridad de la fe. Convirtió a los frailes en laicos, porque convirtió a los laicos en frailes”. ¿Defendía Lutero la justicia real (de realidad) frente a la injusticia imperial? Extraño que un texto político olvide hechos tan importantes como las guerras de los campesinos alemanes. ¿Descuido o evitación de contrastar doctrinas y acciones? ¿No era misión cristiana defender a aquellos súbditos tanto de emperadores como de príncipes? Parece que no; la pluma de Lutero no tembló cuando pidió para aquellos dirigentes campesinos “que se les matara como a perros rabiosos”. ¿El análisis del luteranismo puede ignorar a personajes como Thomas Müntzer, teólogo y reformador protestante, ejecutado con la misma falta de piedad que se le criticaba al poder imperial? Si la lucha reformista fue contra la autoridad imperial y papal no lo fue contra toda autoridad, en cuanto argumentaba que las autoridades habían sido designadas por Dios (¿las alemanas sí y la imperial no?) por lo cual, según las escrituras (Romanos 13: 1-2), debían ser obedecidas. El texto universitario está salpicado de pensadores europeos (ya sabemos que los españoles seguimos en el umbral de Europa. En el siglo siguiente sólo destaca Feijoo, e influido por la cultura francesa. No damos una). Según el autor o autores el pensamiento se desarrollaba sólo dentro de un triángulo formado por Inglaterra, Francia y Alemania (pobres Nicolás Maquiavelo, y Giordano Bruno). Sin embargo, bastante más audaz y libertador fue un contemporáneo de Lutero, Francisco de Vitoria, que llegó a defender el regicidio y el derecho de resistencia frente a los tiranos, aparte de ser el padre, junto a de Soto, del derecho internacional, rama importantísima de las Ciencias Polícas.

Tan curioso como lo anterior es la presentación del devenir histórico español. Creemos que toda nación o imperio tiene un proceso de ascenso, desarrollo y decadencia. En el texto comentado se tiene la sensación de estar ante una línea sin cenit en constante descenso.

Hay dos pueblos sin reconocimiento alguno que nos defendieron de musulmanes, turcos y hunos. Uno de ellos es España. Estos historiadores, forjadores de políticos patrios, afirman que Lepanto es un acontecimiento magnificado por la propaganda. Y por supuesto, las abstenciones inglesa y francesa en dicha batalla son silenciadas. Extraño proeuropeismo en el que las consideradas potencias pensantes se inhiben, mientras el tirano asume la responsabilidad de la defensa. Esta habría sido una buena oportunidad para aclarar que una vez estuvimos a la cabeza del pensamiento jurídico internacional. ¿No hay acaso un premio Carlos V en el que participan casi todos los países europeos?

Mientras a España se la describe con un lenguaje pálido, sus fracasos son subrayados. Investiguemos qué dicen holandeses, franceses, ingleses, norteamericanos de sus hegemonías; de sus Luis XIV y de sus Isabel I; de sus compañías mercantiles; de que el comercio inglés fuera esclavista en un tercio. Por el contrario son otro mundo. La corta hegemonía comercial holandesa es resaltada. La hegemonía francesa, sustitutoria de la española, casi es cantada. El absolutismo, el centralismo, sus funcionarios, sus guerras de religión ya no tienen un tinte siniestro. Francia es Versalles. ¿Es todo esto casual?

Además falta el telón de fondo de la miseria, dato inexistente (ya se vio con los problemas de los campesinos). Sancho Panza, tan poco valorado por muchos españoles, nos dice: “Dos linajes solos hay en el mundo…, que son el tener y el no tener”. De eso va la cosa principal, aunque no se diga. Sé todos los cuentos, decía León Felipe.

Las revoluciones inglesas, dice el texto, son susceptibles de múltiples interpretaciones. Pero esto no se aplica a lo hispánico. Sí ignora que un texto político ha de tener múltiples perspectivas, y que la miseria de lo cotidiano no anula la importancia frente a otras naciones, que también tienen miserias. Que el debilitamiento del imperio lleve al nacimiento de 300 estados independientes donde imperan los príncipes, con pretensiones feudales, e imponiendo la religión de cada uno de ellos (cuius regio eius religio), so pena de exilio, no merece mención y por ende valoración crítica.

Estos historiadores no son capaces de analizar los hechos históricos dentro de su tiempo y circunstancias. Tampoco se realiza la operación contraria: trasladarlos al presente de forma que la luz del pasado alumbre al presente. No digamos del mal de la mayoría de los historiadores, para los cuales las ideas tienen más importancia que las situaciones sociales reales. No tener libertad y no comer es anormal, no por la falta de comida, sino por la de libertad. Actúan como los disidentes a los que describen: la salvación eterna opaca cualquier otra consideración.

Como decíamos al principio, un libro de texto así resulta preocupante. Se dirá que han pasado muchos años. ¿Y algo ha cambiado? Seguimos siendo un país de Historia acomplejada que nosotros mismos alimentamos. Con tal acervo ¿se puede defender y construir una nación? ¿Cuál es la solución dada? Bien sacar pechos de hojalata, bien hundirnos no en la búsqueda de la felicidad –que no es el mejor camino para llegar a ella—sino en convencernos, contra todas las pruebas, de que somos felices. ¿Cuánta gente conocemos que finge ser feliz y que luego reconoce llora a solas? Somos el país que más ansiolíticos toma.

No proponemos que se nos mienta y se muestre una Historia adulterada al estilo de cómo sí son las Historias de los otros países. Pero, ¿por qué hemos de vernos con los ojos de los hispanistas (el referido texto hace constantes alusiones a pensadores externos)? Tenemos la sensación de que sólo hay dos naciones que disfrutan de esa especialidad histórica, nos referimos a los hispanistas y a los sovietólogos, que luego no ven lo más evidente.

Proponemos una Historia equilibrada. Decía Aristóteles que los defectos son indicios de las virtudes. ¿De la batalla de Lepanto sólo cabe decir que fue exagerado lo que se dijo de ella? Sin embargo admitimos sin discusión que la batalla de Inglaterra fue épica. Puede que sí, entre miles de batallas más épicas aun y que sí ganaron la guerra. Necesitamos una Historia didáctica, no autoflagelante; ignoramos por qué, pero sospechamos inducida por quienes no nos representan.

La labor histórica no es recreativa (de volver a crear). Es el libro mayor que analiza no sólo el saldo final, sino el balance de la situación. ¿Con el espíritu que se desprende de estos expertos se puede tener el entusiasmo necesario para corregir y competir? Si partimos del estigma de que somos un desastre endémico, qué podremos afrontar? Hemos visto calles misérrimas dedicadas a Churruca, a de Gálvez, a de Lezo, y avenidas a las Faraonas de España, semáforos a los Chiquitos de la Calzada. ¿Será por lo del “¡al atáquerrr!”, lleno de enjundia? De la fiesta del 2 de mayo hacemos un conflicto arrabalero. Pareciera que hay gente empeñada en ratificar que no merecemos la pena. Pero esa no es la realidad. En estas cosas se confunden regímenes y gobiernos con pueblos y silenciados. Lo peor de la mediocridad es que no deja aflorar al resto. Y eso sí, tenemos a los mediocres más espabilados del mundo.

Lo contado no es toda la realidad, y hay que demostrarlo. Cada uno de nosotros ha de desplazar a esa mediocridad, y convertirse en una prueba de ejemplaridad. El cuerpo ha de trabajar para proteger a la célula, y la célula ha de trabajar para reproducir al cuerpo.

Para encontrar modelos hemos de dejar de mirar más allá de los Pirineos. Se ha demostrado en este último cuarto de siglo que ya no quedan tales modelos, que hay que construirlos de nuevo, autónomamente. No es un llamamiento ni a la tipicidad ni al folclore, sino todo lo contrario. Hemos vaciado nuestra Historia de lo serio y nos hemos contentado con lo pintoresco. Aunque no deja de serlo un pueblo que se deja vapulear por cuatro falsos eruditos, autodesignados como fieles e imparciales intérpretes de las cosas del mundo.

Nuestra Historia ha estado demasiado tiempo en black friday (qué vergüenza, utilizar una expresión tan sospechosa, subasta de esclavos, y olvidar la tan sencilla y propia de rebajas) y recuperar una Historia fidedigna que nos ayude a recuperarnos. Tenemos muchas lacras, efectivamente, ¿y ellos no? .


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