Agenda
- Escrito por Antonio F. Alaminos
- Publicado en Opinión
Del latín agenda: “cosas que se han de hacer”. Las agendas son las revistas humorísticas de las Moiras y sus primas las Parcas. “Se deben de estar partiendo de risa…” pensé mientras agendaba una estancia en el extranjero para dos años más tarde. Ya sean los agentes, la causa eficiente de esos vaciados de agendas, la fungibilidad inhumana de las religiones dios-patria (Netanyahu borró las agendas de todos los palestinos; antes Putin en Ucrania, ahora Trump y su ICE) o la infungibilidad humana verbalizada en Tyche, Fortuna, Macuilxóchitl o Kangiten.
Anotar las tareas futuras en una agenda es el mayor síntoma de alucinación optimista que pueda existir. Y, al mismo tiempo, es esa borradura de la memoria de las fúnebres experiencias de futuros ya pasados la esencia de la perdurabilidad de las sociedades. Las sociedades tienen futuro y continuidad sobre el fundamento de que los individuos olvidan que cada persona, en particular, no lo tiene. El reconocimiento de ese abismo que es “la nada personal para hoy” en un mundo que continúa mañana, bifurca en dos senderos cuyo cruce de caminos lo señaliza el poeta. Horacio escribía “Carpe diem, quam minimum credula postero” (“Aprovecha el día, no confíes demasiado en el mañana”), marcando el punto donde arranca el camino epicúreo del “deseo para hoy” y se aleja perpendicular a la vereda del “deber ser para hoy” del existencialismo. Es paradójico que la incertidumbre sea la única y auténtica certidumbre.
Cuando no hay mañana, las opciones son realizar los deseos en el hoy, o el deber de las otras “cosas que se han de hacer”. Por eso fracasan las películas sobre “El extranjero” o “La peste” de Albert Camus. Es difícil comprender en la sociedad de consumo de bienes y servicios aquellas vidas que se viven consumiendo el yo en el servicio de la nada. Reconozco el estrés que de siempre me causan las propuestas de fechas para reuniones, conferencias, comités, tribunales y tantas citas a futuro que caracterizan la vida cotidiana. Cada vez que agendo una cita en el futuro tengo la sensación de estar traicionándome a mí mismo. Raro, raro…
Para justificar la guerra, Putin afirmó que Crimea era de Rusia y se la habían regalado en el pasado a Ucrania. No la invadían, sino que la recuperaban. Vaya que cosas. Trump dice que Groenlandia era de Estados Unidos y que se la regalaron a Dinamarca. La querían de vuelta. Cada vez parece más nítido. Los partidos fascistas como Vox y sus primos europeos son quintacolumnistas que derruyen la democracia desde dentro del sistema. Toca ir pensando que Trump y su MAGA forman un gobierno quintacolumnista que derruye alianzas democráticas desde dentro. Sea la OTAN, la ONU y todo lo que huela a democracia o bien común. En esa, afirman que decir “América primero” no significa “América sola”. Lo dábamos por supuesto. Para ser primero necesitas a los que van detrás. Es Hegel para “dummies” en versión ordinal.
En España, la “justicia” va imponiéndose a la ley. Cada vez es más evidente que no son lo mismo ni da igual. Cuando la idea de justicia (personal, católica, patriótica adjetivada-franquista) impera, la jurisprudencia se proscribe. La “justicia” emana de las esencias imperecederas de la unidad de destino en lo universal, haciendo trio con dios y patria. La ley emana de la soberanía popular acunada en el Parlamento, mientras que la “justicia” lo hace de las entretelas de los jueces. Una parte del poder judicial (el que sale togado a fumar a las calles coincidiendo con las protestas contra la tramitación de leyes, por ejemplo) actúa como juez de parte que reparte más que nada a la ley. En esa reconozco que erré. En su momento y ocasión pensé que nadie supremo o superior se prestaría a pasar vergüenza jurídica personal solo por dar rienda suelta a una potra salvaje. Me equivoqué, como siempre se equivoca la paloma cuando vuela a Palestina. Algunos jueces ya hace tiempo que quemaron las naves jurídicas para surcar el soleado mar de la “justicia”, acariciado por la brisa del orden moral y la nostalgia de “ese hombre”…
Entramos en un tiempo de descuento en el que hay que decidir quién eres y qué vas a hacer. Ya no va de consumir la vida consumiendo epicúreamente o de que le cuenten qué es lo que importa. No por elección: será obligación. Ya sabe: “obligado te veas para que lo creas”. ¿El qué? Simple: quienes somos. Y sí, lo reconozco: el presidente de Canadá lo expresó mucho mejor.
Antonio F. Alaminos
Catedrático de Sociología Matemática.