Atalanta e Hipómenes
- Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
- Publicado en Cultura
Atalanta era una joven tan hermosa que su fama atraía a una gran cantidad de valerosos jóvenes incluso de los rincones más alejados de Grecia. Pero la belleza no era lo único en lo que la joven destacaba sobremanera, sino que a ello se sumaba su habilidad para la caza y su velocidad en la carrera, virtudes estas que había aprendido de la propia diosa Ártemis desde los días ya lejanos en los que la chica fue abandonada por el rey Esqueneo, su padre, en la espesura del monte Partenio.
Y es que, en efecto, deseoso aquél de tener un hijo varón, no dudó un instante en dejar expuesta a su hija recién nacida para que alguna fiera de la montaña perpetrara el crimen que él mismo no se atrevía a cometer con propia mano.
La diosa, sin embargo, tras observar la vil acción desde los cielos, envió a una osa para que amamantara a la criatura allá abandonada y la protegiera de los innumerables peligros que acechaban en los bosques. Con el tiempo, unos cazadores descubrieron a la niña en la cueva del animal y la recogieron para criarla como si de su propia hija se tratase.
Pasados los años, Atalanta, convertida ya en la doncella antes descrita, dedicaba sus días a recorrer las agrestes montañas de Arcadia entregada a la caza, arte que, según cuentan, había aprendido directamente de Ártemis.
Pero, al igual que la diosa era conocida por su celosa virginidad, Atalanta decidió guardar la suya no sólo por fidelidad a la divinidad que le había salvado la vida, sino también porque al consultar un oráculo, éste había pronunciado las siguientes palabras: “Esposo no necesitas, Atalanta. Escapar debes con pies ligeros de este deseo, mas al no huir, aun viviendo, te verás privada de ti misma”.
Durante los años siguientes la joven se mantuvo firme en su decisión, aunque para ello se vio obligada a rechazar a muchos de los valerosos héroes que, junto a ella, participaron tanto en la cacería de jabalí de Calidón, como en el viaje de Jasón en búsqueda del fabuloso Vellocino de Oro.
A su regreso quiso el destino que su padre, arrepentido como estaba de aquella cruel decisión de abandonarla en el monte, la encontrara y le pidiera perdón, a lo que Atalanta accedió de buen grado prometiéndole que en el futuro visitaría su antiguo hogar.
Con el paso del tiempo, Esqueneo observó que su hija no tomaba a muchacho alguno como esposo y, preocupado, intentó repetidas veces convencer a la doncella para que desistiera de su empeño de no contraer matrimonio.
Con este propósito el soberano aprovechó las visitas de Atalanta para invitar a numerosos jóvenes, los cuales, a pesar de las reiteradas negativas de la doncella, insistían en su empeño de conquistar su corazón e incluso la seguían y asediaban cuando aquella regresaba a los fragosos bosques donde vivía.
Cansada de esta persecución y con objeto de alejar a los pretendientes, Atalanta se dirigió un día hacia un amplio y despejado valle y, tras clavar decidida su lanza en el suelo, elevó su voz y anunció a todos cuantos la rodeaban:
“Sabed que nadie me poseerá, si no me vence antes en la carrera. Competid conmigo con ágiles pies; el veloz recibirá en premio la esposa y el tálamo, más la muerte será la recompensa del lento”.
Después de algunos vanos intentos por derrotar a la muchacha, empezó a propagarse el rumor de la crueldad de la aquélla hacía gala, un rumor que al mismo tiempo era acompañado por innúmeros elogios acerca de la belleza con que las Gracias había adornado a la veloz doncella.
Tal era la fama de Atalanta que un día aquélla llegó a oídos de Hipómenes, hijo de Megareo, rey de Beocia, quien decidió viajar hasta Arcadia para comprobar con sus propios ojos la veracidad de las noticias que había llegado hasta sus dominios.
Aunque incrédulo en un principio, pues dudaba ciertamente de que pudiera existir una mortal tan hermosa como para que mereciera arriesgar la vida por obtener su amor, cuando contempló el rostro y el cuerpo de Atalanta se quedó ensimismado y, mientras admiraba aquella beldad que parecía incrementarse con la velocidad de sus alados pies, se arrepintió por completo de aquellos primeros pensamientos.
Una vez que hubo terminado la competición con la esperada victoria de la joven y el pactado castigo del vencido, Hipómenes quiso tentar a la suerte convencido, como estaba, de que los dioses ayudan siempre a los valientes. Se dirigió entonces a Atalanta y le dijo: “¿Por qué buscas una gloria fácil venciendo a quienes no son dignos rivales de ti? Deberías enfrentarte a mí, pues si te venzo mi victoria no sería una vergüenza para ti, ya que soy descendiente de Poseidón, y, si tú te alzaras con el premio, mi derrota te otorgaría fama imperecedera”.
Cuando Atalanta lo vio tan bizarro y hermoso se compadeció de él e intentó disuadirlo de su idea, pues herida en ese instante por el dardo dorado de Eros, aún sin ella saberlo, no soportaba ya la sola idea de que este nuevo rival perdiera su vida.
“Hipómenes”, añadió ella en un último intento de que no la retara, “hubiera deseado que no me vieras, pues ciertamente mereces vivir. Si el destino me hubiera regalado la felicidad y no me negara el amor y el matrimonio, tú serías el único con quisiera compartir mi cálido lecho”.
Pero el muchacho no olvidó su propósito y, sin perturbarse por las sinceras palabras de Atalanta, la desafió a una carrera para el día siguiente.
Las dudas asaltaron, aquella misma noche, el espíritu de Hipómenes y su ánimo parecía ir flaqueando por momentos a medida que la luna se elevaba sobre las cimas del monte Partenio y, así, desvelado como estaba, se encaminó hasta una fuentecilla cercana a cuyo lado se erguían los restos de un antiguo santuario. Tras calmar su sed, se recostó al abrigo de las viejas piedras y, acompañado tan sólo por el murmullo del agua y el ulular de las aves nocturnas, entre suspiros se dijo: “Ojalá Cipris asistiera mi osadía y ayudara a la pasión que hizo nacer en mi corazón”.
Y fue en ese mismo instante cuando el joven vio ante sí una luz cegadora que parecía descender del cielo y que, tras disipar su fulgor, dejó entrever la figura de una mujer de indescriptible belleza que le ofreció tres manzanas doradas y le susurró algunas palabras al oído. Una vez terminó de hablar, la diosa, pues sin duda se trataba de una deidad del Olimpo, subió a un carro tirado por bulliciosos gorriones y desapareció tan súbitamente como había llegado.
El claro sonido de las trompetas que anunciaban el comienzo de la carrera despertó a Hipómenes y éste, aún abrumado por la aparición de la noche anterior, se dirigió con renovadas fuerzas al punto de partida fijado.
Nada más oírse el toque de salida, los dos jóvenes comenzaron a correr envueltos en el ensordecedor griterío proveniente de todos aquellos que se había dado cita para contemplar la contienda.
Después de algunos minutos, Hipómenes, que había logrado cierta ventaja sobre Atalanta, al ver cómo la joven empezaba a adelantarle sin apenas esfuerzo, recordó las palabras de la misteriosa diosa y, sin dudarlo, arrojó con fuerza una de las tres manzanas delante de su rival. Ésta, sorprendida por el gesto, se detuvo breves segundos a fin de recoger el extraño fruto que tanto brillaba entre las sombras de la arboleda. Mas cuando Atalanta se percató del retraso y vio a Hipómenes alejarse de ella, imprimió entonces mayor velocidad a sus pies y lo adelantó sin dificultad, momento en que Hipómenes sacó una segunda manzana de su morral y la arrojó ante los pies de la doncella. Ésta se detuvo una vez más para recoger el misterioso objeto, circunstancia que le permitió a su competidor sobrepasarla de nuevo y cobrarle ventaja.
Cuando faltaban ya pocos metros para la meta, Atalanta volvió a superar a su difícil rival y, en un momento en que parecía que nada podía impedir su victoria, Hipómenes lanzó la última manzana con tal fuerza que el fruto dorado aterrizó justo a los pies de su rival.
Atalanta, consciente del riesgo que cualquier distracción conllevaría, dudó por un instante en recogerlo, pero Afrodita (pues ella era, en efecto, la divinidad protectora del valiente muchacho) destiló en el corazón de la joven un irresistible deseo por poseer el fragante fruto.
Fueron suficientes aquellos breves segundos para que Hipómenes adelantara a la intrépida doncella y lograra alzarse con la victoria.
Exultante como estaba por un éxito que no sólo le había salvado la vida, sino que, por lo demás, le brindaba la mano y el amor de la bellísima Atalanta, se olvidó de dar gracias a Afrodita por la ayuda recibida, un descuido que la diosa interpretó como un gesto de desprecio que debía ser castigado sin piedad.
Y así, un día de verano, tras una fatigosa jornada de caza, Hipómenes y Atalanta se detuvieron a descansar en un templo consagrado a la diosa Rea, también conocida bajo el nombre de Cibeles, atraídos por el frescor que proporcionaba la penumbra del interior del recinto.
Afrodita aprovechó ese descanso de los jóvenes para avivar la llama de la pasión de un modo tal que éstos no tuvieron reparos en hacer el amor delante de la imponente estatua de la diosa madre.
Al contemplar este acto de impiedad, Cibeles se enfureció tanto con ellos que arrojó sobre ambos una terrible maldición: al punto sus cuerpos comenzaron a cubrirse de un espeso vello dorado, sus dedos se transformaron en afiladas garras, sus rostros adquirieron un feroz semblante y, cuando quisieron expresar su dolor y sorpresa, de sus bocas sólo salieron broncos rugidos.
Atalanta e Hipómenes, metamorfoseados en dos leones, se escondieron desesperados en los más profundo del bosque, ya que sus parientes y amigos huían espantados ante su solo presencia.
Únicamente Cibeles pudo amansarlos y uncirlos al carro del que, desde entonces, tiran cuando la diosa desea viajar por la tierra.