Belerofonte (I)
- Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
- Publicado en Cultura
Del matrimonio entre Glauco, primogénito de Sísifo, y Eurímede, hija del soberano de Mégara, Niso, nació un varón que, con el transcurso del tiempo, llegaría a convertirse en un héroe cuya fama ha perdurado hasta nuestros días.
Existen, no obstante, rumores acerca de la paternidad del niño, pues no faltan quienes aseguran que, en realidad, éste no tuvo por progenitor a un simple mortal, sino a una divinidad de las que habitan en el abismo marino.
Cuentan que, poco después de haberse prometido con Glauco, entonces ya rey de Corinto, Eurímede se acercó a la playa para dar un paseo a la puesta de sol, momento en el que Poseidón, que la observaba de lejos, quedó prendado de su belleza y, arrobado así por el deseo, se aproximó hasta la princesa bajo la apariencia de un hermoso muchacho de insondables ojos azules. Tras seducirla con dulces palabras, le reveló su naturaleza inmortal y la persuadió para viajar, sobre la onda espumosa, hasta una recóndita playa de la isla de Cos, lugar donde se unió a ella en el curso de una larga noche de amor.
Y como el delfín de lomo azulado atraviesa el oleaje del mar resonante, cual saeta de plateado reflejo, y, en su avance, deja atrás a cualquier otra bestia de ponto brumoso, así, de igual modo, tan velozmente, sin dar tiempo a la Aurora a teñir de rosa el obscuro horizonte, arribó de regreso al doble golfo corintio el carro dorado del dios.
De este modo Poseidón devolvió sigiloso a su amada al hogar, y nadie en palacio, ni los criados, guardia, o futuro marido, se percató de aquella fugaz ausencia nocturna.
Al día siguiente se iniciaron los preparativos nupciales que, tal y como estaba acordado, concluyeron al cabo de una semana con los esponsales de Eurímede y Glauco para alegría y satisfacción de ambas familias.
Pero las Moiras juegan siempre con ocultas urdimbres, pues no había determinado Cloto, al tomar del huso el hilo de la vida de Glauco, que éste pudiera engendrar descendencia, circunstancia que llevó al feliz marido a considerar de su propia sangre aquellos hijos gemelos que, cumplidos los meses, le mostró con orgullo su esposa mientras dormían abrazados al cálido seno.
Los años discurrieron tranquilos, y cuando llegó la hora final y el Sueño y la Muerte cubrieron el lecho de Glauco con un plácido manto, le sucedió en el trono Bélero, el primer hijo que vio la luz en aquel parto fecundo.
Pero un día en el que el joven rey había salido de caza con su hermano Hipónoo, el segundo en edad, mas no ciertamente en encanto y presencia, un repentino remolino de aire desvió la flecha disparada por éste y, en su vuelo extraviado, fue a clavarse en el pecho de Bélero. Y aunque sacerdotes y médicos se afanaron con sacrificios, plegarias y pociones para salvar la vida del soberano, sus continuos cuidados no consiguieron doblegar la voluntad del aciago destino.
Abatido por tamaña desgracia, no pudo permanecer más en Corinto el hermano menor, pues las inexorables Erinias, clamando venganza por la sangre fraterna, no concedían ya descanso al involuntario asesino. Por este motivo abandonó Hipónoo su casa y su patria y, en su huida por la planicie de Argos, acertó a pasar por un pequeño santuario dedicado a Apolo donde servía y vivía un viejo augur.
El adivino, después de escuchar los ruegos de aquel desconocido joven, le indicó que, si deseaba expiar su culpa y apartar de sí a las incansables diosas que exigían castigo, tenía que encaminarse hacia la ciudad de Tirinto, cuya ciudadela ciclópea era posible divisar desde allí, y suplicar la ayuda de Preto, el rey del lugar, pues sólo aquél podría limpiar la mancha, ahora indeleble, del crimen.
Siguiendo el consejo del anciano, Hipónoo llegó al palacio de Preto y, tras presentarse como suplicante y abrazar sus rodillas, le relató lo acontecido y le impetró su auxilio para hallar el perdón de los dioses que tanto anhelaba.
El rey, asombrado al principio, reconoció poco a poco en el rostro del muchacho los rasgos de Glauco, un querido huésped paterno, y, conmovido por lo que oía y por el respeto debido a los lazos de hospitalidad que unían ambas casas reales, aceptó con gusto oficiar los ritos que habrían de purificar su cuerpo de la sangre antaño vertida; mas para lograr este fin, le dijo Preto a Hipónoo, existía una condición inapelable que debía cumplirse, a saber, que al concluir la ceremonia éste cambiara su nombre por otro que recordara por siempre, a cuantos lo oyeran, la víctima y la muerte atribuida a sus manos.
Tras la ceremonia de purificación Belerofonte (“el matador de Bélero”), pues tal fue el nuevo nombre por él adoptado, halló el descanso perdido y, con el transcurrir de los días, aceptó el ofrecimiento del rey para entrar en su servicio de armas y vivir en una cómoda estancia del propio palacio.
Quiso la cruel fatalidad que una mañana Altea, la joven esposa del rey, fijara su mirada en Belerofonte mientras éste se ejercitaba en el patio y, presa al instante de Eros, quedara prendada del porte, la talla y figura del lozano forastero. El tiempo no apagó ese deseo, antes bien, redobló su pasión por besar aquel bello rostro iluminado por unos ojos en los que se reflejaba el profundo azul del brillo del mar.
Y así, aprovechando las ocasiones en las que Preto, su esposo, se ausentaba de Tirinto para dirigir expediciones de guerra o participar en largas partidas de caza, Altea intentaba acercarse al nuevo huésped y seducirlo con bromas, galantes cumplidos y ligeras insinuaciones que, poco a poco, crecieron en osadía.
Pero cada vez que intentaba un nuevo asalto, Belerofonte rechazaba con discreción a la reina y ésta, cansada de una espera tan dilatada, se decidió a mandarle un recado en el que le solicitaba, alegando una excusa admisible, que acudiera un atardecer a sus aposentos privados.
Cuando finalmente lo vio allí, de pie, en la estancia, Altea no se resistió a declararle sin doblez los sentimientos que en su interior albergaba, pero las palabras de rechazo que escuchó de labios del apuesto muchacho se le clavaron en el corazón con la fuerza de una fría daga de hoja afilada. Tan grande, tan intenso, fue entonces el dolor y la vergüenza del orgullo así herido que en ella anidó el rencor y el afán de cobrarse venganza por el injusto desprecio que, en su turbado juicio, había recibido de aquel ingrato extranjero. Y no fueron otros sino Ate y Odio, dos de los hijos funestos de Eris, los que revolvieron los pensamientos de la reina y le hicieran tomar una vil decisión.
A la mañana siguiente, Altea, tan pronto como recibió la noticia de que su esposo se hallaba ya de regreso a Tirinto, dispuso que sus criados le preparasen un carruaje tirado por dos raudos corceles y dio orden a su guardia personal de que la escoltaran en su salida pues, según explicó, ansiaba impaciente recibir al rey lo antes posible y no quería aguardar hasta que aquél cruzara las puertas de la ciudad y palacio.
Cuando Preto vio la comitiva aproximarse y reconoció a su esposa, se sorprendió gratamente, ya que ésa no había sido nunca la costumbre entre ambos. Pero aquella primera sorpresa fue en aumento al contemplar, ahora perplejo, cómo Altea, tras apearse del carro, se acercaba a su caballo, se arrodillaba en el suelo, a sus pies, y, adoptando una postura semejante a la de los suplicantes, elevaba sus brazos al cielo.
Fue entonces cuando el rey le preguntó a su mujer a qué se debía tal gesto y ella, entre sollozos y un nervioso tartamudeo fingido, acertó a decirle, no sin esfuerzo:
“Ante ti me presento para implorarte perdón, mi rey, pues la infamia domina tu casa y recelo de que las pétreas paredes que la protegen no sean ya capaces de contenerla. Cargo yo con la culpa de no haberte dado antes aviso, pero el pudor, compañero de mi juventud, acalló hasta hoy estos labios. Pese a todo ha llegado la hora de que hable, ya que ayer la insolencia se mudó en deshonra: tu huésped, aprovechando tu ausencia, me cortejó mal de mi grado durante los días pasados y anoche, llevado por la lujuria, intentó atraerme a su lecho, mas yo lo rechacé con firmeza y, al negarme, entró en nuestro aposento y allí, sobre el tálamo nupcial, me forzó sin atender a mi llanto”.
No hubo bien terminado de pronunciar Altea aquellas mezquinas palabras, cuando Preto, preso de ira, dio orden a todos de volver rápidamente a la ciudad, en tanto que él, espoleando con rabia su montura, se adelantó cabalgando impelido por la furia y el viento mientras revolvía en su interior cómo desquitarse del traidor forastero.
Sin embargo, en su alocada carrera la cólera dio paso a una reflexión más astuta, pues temía que, si mataba al joven al que había dado asilo en su hogar y rompía de este modo los lazos sagrados de la hospitalidad, Zeus no dudaría en enviar un castigo que desencadenaría la desgracia sobre él y toda su familia, una condena que se extendería, estaba convencido de ello, incluso a las generaciones futuras.
Con tales pensamientos en su mente atravesó Preto la puerta de la muralla y, después de subir al trote, ya más sosegado, la rampa que daba acceso al palacio, vio a Belerofonte ejercitarse con la lanza en la esplanada que daba acceso al palacio.
Ajeno a las asechanzas que se iban entretejiendo en torno suyo, el muchacho fue a recibir a su señor, quien lo saludó con una amplia sonrisa, y, acto seguido, se ofreció a ayudarlo a desmontar del agotado jamelgo. Obedeciendo a sus ruegos, Belerofonte acompañó a Preto hasta la sala donde éste despachaba con sus consejeros y amigos más íntimos y allí, entre documentos y mapas, le informó de que, durante su expedición a la frontera sudeste, le habían entregado una carta de su suegro Yóbates, rey de la lejana Licia, en el que le pedía ayuda para afrontar una grave amenaza que ponía en peligro la seguridad de su reino y la vida de sus habitantes.
Dado lo apremiante de la situación, le explicaba Preto, y en tanto preparaba un destacamento y aparejaba un barco con una tripulación apropiada, le gustaría que él, Belerofonte, un avezado guerrero de confianza, viajara presuroso hasta Licia y le entregara a Yóbates un mensaje donde le anunciaba, para su tranquilidad, que había recibido la solicitud de auxilio y se disponía a enviarle algunas tropas.
Dicho esto, abre Preto una tablilla encerada, graba algunas letras con el afilado punzón y, después de cerrarla sobre su eje, la guarda dentro de un pequeño bolso de cuero cuya abertura cierra vertiendo unas gotas de líquida cera para, a continuación, estampar sobre ésta el sello que portaba en su anillo, garantía inequívoca de que nadie pudiera leerla antes de que su destinatario lo hiciera.
Con el orgullo propio de quien goza del favor del rey del país, al amanecer del día siguiente partió Belerofonte sobre un ágil caballo, el mejor que habían criado en las cuadras, rumbo al golfo argólico, hacia la arenosa bahía de Nauplia, donde ya le esperaba la veloz embarcación encargada de conducirlo hasta el puerto de Telmessos, en el confín oriental del Egeo.
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