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Pandemia


(Tiempo de lectura: 8 - 15 minutos)

Una serie de acontecimientos catastróficos se dan cita. Una tormenta perfecta amenaza el mundo. No es catastrofismo. Hambrunas que producen migraciones a vida o muerte; cambio climático; venta de armas entre la menudencia de traficantes y la de estados a gran escala; rumores de guerras todavía lejanas entre Azerbaiyán y Armenia; situación en Bielorrusia bajo amenaza Rusa; Irak-Irán y la sartén al fuego de Oriente Medio; el estúpido y criminal terrorismo; esta maldita pandemia de la que no se sabe por dónde nos vendrá el golpe ni la duración de la pelea, y Trump…

Escribo este artículo en la mañana del lunes dos de noviembre, anticipándome en un día a las elecciones en los EE.UU. sin saber su resultado, ante el temor de lo que pueda suceder el día cuatro. Nada nos puede ser ya extraño por lejano que nos parezca. La teoría del caos, que tomaba el símil del aleteo de una mariposa en el extremo del mundo y produce consecuencias que nos afectan, está vigente. Comparto con ello la inquietud del Washington Post y del New York Times. Creo que también de no pocos compatriotas que nos preocupa lo que pasa dentro sin poder dejar de ver lo que sucede fuera porque ya no hay dentro sin fuera.

El rodillo neocapitalista ha igualado el nivel a escala global. Ha aprendido a hacerse con los mandos utilizando para sí el materialismo histórico y dialéctico haciendo de las condiciones materiales, por él manejadas a discreción, el elemento fundamental de las condiciones del mundo. Razón tenía Marcuse: “El hombre unidireccional” es laminado y fabricado a través de la provisión o escasez de sus medios de vida. A los tres componentes de la Revolución Francesa: libertad-igualdad-fraternidad, les han amputado los dos últimos bajo el cuchillo carnicero del primero. Aquel liberalismo humanista español del siglo XIX, tan practicado en el Ateneo de Madrid como rechazo del integrismo absolutista, ¡qué lejos queda como modelo!

Leí, recién salido del horno editorial de nuevos cuadernos anagrama (2020), el trabajo de Slavoj Zizek “Pandemia, la covid-19 sacude el mundo”. Digamos, de entrada, que estamos ante un humanista ateo de formación interdisciplinar: filósofo, sociólogo, psicoanalista, crítico de la cultura, comunista confeso y Director Internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres, lo que significa, a mi modesto entender, que declararse ateo no significa no ser humanista. De hecho, religiosos de distintas confesiones, agnósticos y ateos, deben y pueden colaborar juntos en defensa del hombre y de la vida en el planeta.

Antes de hacer algunas reflexiones sobre este librito, permítasenos hacer una breve referencia del primero que publicó en lengua inglesa en 1989: “The sublime objet of ideology”. Al tratar acerca de este “sublime objeto de la ideología”, toma contexto en Kant y en su teoría de lo sublime para significar una experiencia transformadora de totalidad que desborda la percepción objetiva. No es aquella del síndrome de Stendhal, abrumado por la contemplación de múltiples obras de arte; ni es “el cuarto de los milagros” de Lorca, estímulos de gratificaciones estéticas que producen alteraciones de conciencia. Zizek pone aquí en relación a Marx y Freud al identificar dos elementos básicos que construyen ideología: la mercancía y el sueño. La mercancía es cosa fabricada por el trabajo humano, no para el consumo propio sino para ser transportada y competir en un mercado. Es la cosa sujeta a oferta y demanda. El sueño, que no ensueño en vigilia, es productor de imágenes y fenómenos psíquicos que hacen emerger contenidos psíquicos profundos de manera simbólica, expresiones de deseos reprimidos e inconfesables, liberación de tensiones soportadas, o consumación de experiencias diurnas.

Acaso Zizek fuerce bastante la comparación, si es que pretende que la ideología haga lectura comprensiva de ambos extremos. Haciendo un ejercicio de comprensión, realidad y mercado, y psicología psicoanalítica, convergen en su noción de ideología: Sobre una interpretación de la realidad vivida, actúa la subjetividad del realismo para elaborar su propia representación.

Sin embargo, a nuestro juicio, entre la clase productora de realidad material, esto es, entre el proletariado, a su vez objeto de mercado, pocas veces el encuentro con la realidad construye una identidad simbólica positiva; una experiencia psíquica liberadora de tensiones. Antes bien reprime sus necesidades y deseos. No siempre es dulce el sueño del trabajador y, con el título de otro trabajo de Zizek, tenemos que decir: “Bienvenidos al desierto de lo real”.

Es esta una realidad fabricada por aquellos que pueden hacerlo, tanto objetivamente como condicionante de vida, como coacción que introyecta interpretaciones negativas de la realidad como “déficit de experiencia” estimulante.

Escribe Zizek “Viviendo en el final de los tiempos”, porque entiende que esta organización del mundo a manos del capitalismo tiende a su fin, y será sustituida por una mundialización de la solidaridad. En ese sentido escribe también “La vigencia del Manifiesto Comunista” o, bajo el patrocinio del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación del Gobierno de Chile, “El Colapso del Capitalismo”, un tema que desde la crisis del petróleo y la crisis financiera de 2007 se han ocupado autores como D. Harvey (2014): “Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo”; P. Mason (2016): “Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro”; T. Piketty (2015): “El capital en el siglo XXI; J, Stiglitz; “El precio de la desigualdad”; I. Wallerstein (2013): “Does Capitalism Have a Future”?. Facilito estos autores y títulos por si alguien se anima a profundizar en el tema-

Ahora, y como consecuencia de esta pandemia, Slavoj Zizek lo vuelve a traer a la palestra. No analizaremos el libro, que está a disposición de todos. Sólo traeremos a consideración alguna de sus ideas. Por ejemplo, se deja caer con esta afirmación que es hilo unificador de su trabajo: “A medida que evoluciona la pandemia mundial, hemos de ser conscientes de que los mecanismos de mercado no serán suficientes para evitar al caos y el hambre. Tendrán que considerarse a nivel global medidas que hoy en día a casi todos nos parecen : la coordinación de la producción y distribución tendrá que realizarse fuera de las coordenadas del mercado” (P. 19). Claro que aquí también en mas despreciable capitalismo juega sus bazas. Recordemos que, si en el mercado concurrían elementos básicos de contención de la pandemia como mascarillas, hidroalcoholes o respiradores, el mercado era intervenido asegurándose los stoks, y Trump acababa con la libre competencia pretendiendo acaparar para sí una dosis de vacuna que dejara desabastecido al resto. Esa “coordinación” y “distribución”, que demanda Zizek al margen de las coordenadas del mercado, tendría que realizarse con unas leyes distintas del mercado internacional, habiendo saltado por los aires las que rigen bajo influencia de la todavía primera potencia económica del mundo.

Visto lo visto no parece imposible lo anterior si Trump gana las elecciones. Su “América primero” es relativo a SU américa, y ni siquiera a la de los norteamericanos. En vísperas de la decisión electoral, el mundo no puede permitirse que un personaje como Trump quede a su frente, y como ha dejado dicho Solana, si este sr. gana algo tendríamos que hacer los demás. Sería un Fürer más en el pequeño grupo de dictadores que bajo la regadera del neocapitalismo ha florecido. Cada uno de ellos querría ser el macho alfa de todos ellos, y repartidor de alpiste a sus gallináceas. Esa situación probablemente nos conduciría a conflictos territoriales entre acólitos. Ya se sabe que “perro no come perro”.

Ya se sabe que, al confinarnos por necesidad, esta pandemia ha parado en seco una de las características fundamentales producidas por el capitalismo: la movilidad, el desarraigo, la aceleración, aunque ha incrementado la competencia para hacerse con un tratamiento y una vacuna que hará ganar billones e influencia. La consecuencia social ha sido el confinamiento, la soledad, el cansancio, el miedo, y la infección de otro virus no menos peligroso: el de los conspiranoicos, donde se mezclan posibilidades y fantasías, fabricando con ello una bomba de agitación social. Su mensaje se filtra como el reptar de una serpiente en la maleza: No existe la pandemia, es un invento producido para mejor controlar a la sociedad, dicen. No importa que los hechos lo desmientan, ni el crecimiento de los infectados, ni las UCIS llenas, ni el incremento de los fallecidos. El virus no existe, sólo es un cuento, dicen mientras arremeten. Otros se quedan con la neurona en dique seco, creyéndose a pies juntillas los cuentos que Trump les cuenta, aunque el de a su lado caiga fulminado por la pandemia.

Respecto a Trump, parece increíble que un señor, por muchas atenciones que reciba por el cargo que tiene, se cure de la infección del COVID 19 en cuatro días. Su acreditada trayectoria de creador de “realidades alternativas”, como dijo alguien de su Gabinete, hace dudar de cada palabra o hecho que produzca. Más parece una ficción creada para presentarse a los cuatro días como poderoso Supermán. Igualito, me parece, que alguna líder que dijo haber contraído el virus para meterse en un hotel ¿a gastos pagados?

Que este virus intente ser aprovechado por la derecha rampante que controla el mundo, no ofrece dudas. Ya es conocida su capacidad para hacer del riesgo una oportunidad. Desde luego que, cuando se consigan tratamiento y vacuna, alguien se va a forrar. Lo que sí parece rechazable es que haya sido el capitalismo el que haya creado el virus en laboratorio para crear una crisis que le pondría a él en solfa.

En la balanza no pesa lo mismo una acción de ese tipo, que tenga como objetivo eliminar una población entrada en años y dar opción a que los más jóvenes, y la contracción económica que el virus ha producido. No es propio del capitalismo crear conscientemente contracciones económicas que resten billetes en su cuenta corriente.

Tampoco es creíble el cuento de Trump de que el virus ha sido creado en laboratorio por China, asumiendo el coste de sus propios muertos y teniendo la vacuna antes que nadie con el fin de crear una crisis sanitaria, social y económica a Occidente, que tardaría más en poder reaccional, dejando a China en posiciones hegemónicas. Más parece que en tiempos pandémicos un sistema autoritario y verticalista hace que las órdenes, de ser acertadas, sean más eficaces. Y conste que Zizek le suelta algún que otro bofetón a China.

Cuando Zizek trae a colación el comentario de “muchos comentaristas liberales y de izquierdas han observado que la epidemia sirve para justificar y legitimar medidas de control y regulación de la gente”, olvida que en el binomio entre salud y economía, la derecha prioriza la segunda, en tanto que la izquierda, sin romper ese binomio, insiste en que sin salud no puede haber economía, y que para satisfacer una economía de privilegios, ha sido la derecha la que ha precarizado el sistema público de salud.

En esa priorización de la economía encontraríamos la explicación de un Trump, que, siendo ya sabedor en febrero de la gravedad de la pandemia, mintió a su pueblo y defenestró a cuanto científico llevaba la contraria a sus mentiras.

Slavoj Zizej recoge el tuit publicado por Trump el 22 de marzo, escrito en mayúsculas: “NO PODEMOS PERMITIR QUEEL REMEDIO SEA PEOR QUE EL PROBLEMA. AL FINAL DEL PERIODO DE 15 DÍAS TOMAREMOS UNA DECISIÓN ACERCA DE LA DIRECCIÓN EN QUE QUEREMOS IR”.

Que este señor se comporte a veces como un crío rico malcriado, en medio de muchos juguetes que rompe cuando se cansa de alguno porque le traerán más (algún componente de su gobierno, como el que fuera Secretario de Seguridad Nacional, se haya llevado las manos a la cabeza porque lo que ayer defendía e imponía con vehemencia hoy lo contradice con vehemencia no inferior). Si así fuera, y no lo dudamos, en sus volubles tomas de decisión interviene una voluntad caprichosa. Sin embargo, esa priorización de la economía sobre la salud de su pueblo, mientras los índices económicos caían en picado, y los del paro seguían subían como en globo, ha marcado tendencia. Para esa mentalidad, no importa el sufrimiento del pueblo con tal que la máquina de hacer billetes no pare.

Tomo del mismo Zizej su cita de Dan Patrik, Vicegobernador de Texas, en unas declaraciones hechas a la cadena predilecta de Trump: la Fox News, “argumentando que prefería morir antes que ver cómo las medidas de salud pública perjudicaban la economía estadounidense”, y añadiendo que “muchos abuelos de todo el país estarían de acuerdo con él”. “Mi mensaje: volvamos al trabajo, sigamos viviendo, seamos inteligentes, y aquellos que tenemos más de setenta años ya sabremos cuidarnos”

Observen que el sr. Vicegobernador habla de la “sanidad pública”, y no digamos de los millones de estadounidenses que carecen de ella. De la privada nada dice. A buen seguro que él, y los abuelos que menciona, tienen bien cubierto el pulmón.

Que a la derecha esta pandemia le ha cogido también con el pie cambiado, no me cabe duda; que son incapaces para sacar al pueblo de ella, también, porque la solidaridad no es lo suyo y en la priorización de valores el suyo está puesto en la maquinaria económica que les genera beneficios. Pero esa maquinaria económica precisa de brazos y cerebros que le hagan funcionar, y a menos que la economía y el trabajo que la hace funcionar se practiquen como un hitleriano “campo de trabajo”, es decir, de exterminio, “el sistema” tomará buena nota. No me cabe duda de que, cuando esto pase, acelerarán la robótica que les ponga a salvo.

Hay un punto interesante, pero dubitativo, en el planteamiento que hace Zizek, y es que, si bien esta crisis acabará con el capitalismo, producirá también un tsunami de solidaridad en el mundo. Titula su capítulo 10 “¡Comunismo o barbarie, así de simple!” Pero si el capitalismo es “guantes de seda en fieras manos”, y el comunismo real que conocimos fue barbarie. Sólo la recomposición del lema de la Revolución Francesa puede acometer la tarea de restablecer la solidaridad global: “Libertad, igualdad y fraternidad”. En ella, el sujeto ético adquirirá talla moral cuando se sepa y trabaje para el todo que le excede.

Lo hemos visto. Hemos sido testigos de la entrega generosa de los sanitarios, mal tratados y mal pagados, y de todos los servidores públicos que con ellos han trabajado y siguen trabajando para nosotros, el pueblo organizado. Lo hemos comprobado en aquellas emocionadas ovaciones a la caída de la tarde. “¡Que se oiga en La Paz!”, decía voz en grito en mi ventana. ¡El pueblo es magnífico!

¿Es posible que frente a tanta incompetencia de aquellos que van ciegos de dinero se imponga la solidaridad? Esto ya no lo dice Zizek: Solidaridad es un término filológicamente asociado a soldar y a soldado, que es en este caso ser parte de un cuerpo, llevarse el uno al otro, abrirse a los demás. Es una palabra que da idea de vínculo, de sólido, de firmeza y de militancia. Como dice Jon Sobrino, uno de los teólogos de la liberación, es “vivir la universalidad y contribuir a la fuerza”. Ser solidario es ser hombre de paz, de justicia y de convivencia, que para ello trabaja; es vencer el desencanto y emplearse en el alumbramiento de una vida solidaria; es ser hombre que tiende manos al pluralismo, sabiendo que alguna encontrará; es un conllevar de quien se sabe parte de la vida, un todo continuo de partes interdependientes, donde nadie vive o muere para sí.

Herbert Marcuse dejó dicho en “El hombre unidireccional”:

“La expansión salva al sistema, o al menos lo fortalece, no puede ser detenida más que por un contramovimiento internacional y global. […] La solidaridad permanece como factor decisivo, también aquí Marx tiene razón. Y es esta solidaridad la que ha sido quebrada por la productividad integradora del capitalismo y por el poder absoluto de su máquina de propaganda, de publicidad y de administración. Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprende lo que sucede: el crimen contra la humanidad…”.

El capitalismo salvaje nos ha traído a esto. No es aquel primero, renano, que a lo largo de la cuenca del Rin invertía en salarios, progreso, y universidades. En este, su rapacidad insaciable reinvierte en su propia insaciabilidad. Es un virus que muta según la circunstancia, pero sus resultados están a la vista. Lo hemos enunciado al principio:

Hambrunas que producen migraciones a vida o muerte; cambio climático; tráfico de armas y de seres humanos, guerras todavía lejanas […]; el estúpido y criminal terrorismo resentido; esta maldita pandemia de la que no se sabe por dónde nos vendrá el golpe ni la duración de la pelea, porque, como en un vertedero, todo lo en él vertido interactúa y es imposible producir un cambio climático sin que sea resultado de ello, y Trump…

Como dejó dicho Ricardo Díez Hoechleitner el 3/11/1977 en El País: “La solidaridad hoy se experimenta como una necesidad”.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.


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