¿Dónde estamos las (invisibles) cincuentonas?
- Escrito por María Pilar Úcar Ventura
- Publicado en Opinión
Es curioso el tema de los sufijos; esas terminaciones de algunas palabras que definen de malas formas (o al menos, dudosas) a las mujeres, y sobre todo a las que ya somos talluditas y entradas en años: solter(ona), cincuent(ona), aunque también…mujerona y peleona, por ejemplo.
Lo pienso y no me convence del todo. Sigo intentándolo: ¿veinteañona? ¿treintañona?
Parece que a partir de los 40 nos cae el sambenito de la edad y nos pesa como un lastre difícil de soltar. El lenguaje refleja una realidad. Y la realidad es que cuando una va más allá de los 40 ha de cambiar parámetros lingüísticos.
A mí me gusta usar el adjetivo de cincuentera y sesentera y así hasta las… “centeneras”: parece que la RAE no se decide o ni tan siquiera se lo plantea: habrá que esperar.
No hace mucho tiempo me hicieron una entrevista presencial, pocas son las veces que ya nos podemos ver, el teléfono sustituye a las conversaciones vis a vis (y apunto este dato porque lo veo relevante).
Me preguntó una periodista acerca de los piropos, las edades de quienes los profieren y lanzan y las edades de quienes los reciben, sufren o agradecen.
Y sin ningún empacho, me espetó: “bueno, Pilar, a nuestros años no somos víctimas de esta situación, porque no nos van a piropear, mujeres como nosotras, a esta edad somos invisibles, ya nadie se fija en nosotras” (sic).
Aguanté con cierta incomodidad esa afirmación tan tajante y tan experimentada, según la rotundidad con que la expresó.
La conversación transcurrió por derroteros de veinteañeras y treintañeras y ahí se acabó el arco de años. Que se vayan preparando las cercanas a la siguiente década para formar parte del club de las –onas.
Volví a mi despacho inquieta y me miré en el espejo que cuelga de una de las paredes.
Y le di varias vueltas a ese comentario. ¡Invisibles! ¿Invisibles?
Estos días observo a las presentadoras de televisión, algunas titulares y otras sustitutas. De seguir así, más de una se va a colar y escurrir por el sillón ergonómico que la alza en el plató.
Estoy de acuerdo con lo que dicen: “la televisión engorda, tres o cuatro kilos” afirman sus protagonistas, y ocurre que si en alguna ocasión las reconocemos por la calle, la gente se sorprende y exclama: ¡¡qué delgadas!! ¡¡si parecen más gordas en la televisión…!!
Vaya tiranía la que se ejerce sobre la imagen femenina…un despropósito dirigido solo a las mujeres y cuantos más años luzcan, peor.
Los comentarios y las críticas se ceban despiadadamente. Me imagino aludir a la “bonita y facilona” excusa esa del tamaño de la pantalla para dar pábulo a dietas y contradietas, pócimas mágicas que estilizan aunque una esté sentada, cremas para enflaquecer y cirugías más o menos efectivas. Conviene marcar pómulo prominente y mandíbula huesuda pronta a escaparse de la cara. Brazos palillo y ropa ajustada que pronuncie esqueleto; al fin y al cabo, ya nos lo enseñaba la literatura: pactar con “el diablo” para perpetuar la eterna juventud (estética, principalmente).
Curioso favor hacen la visualidad y los medios de comunicación y todo su tinglado icónico que intentan solapar y disimular a mujeres de “cincuenta y algún año” o de “cincuenta y pico años”.
Y hoy no les toca a los “cincuenteros”: prefiero ese término por no caer en el topicazo del cincuentón: panchudos y embutidos…reales como la vida misma, eso sí. Con la molla sujeta al cinturón y la camisa por encima, pura comodidad, pero sin esconder edad y físico.
Las mujeres de 50 y más estamos y somos: existimos. Cincuentonas es despectivo por toda la carga peyorativa que conlleva el dichoso sufijo y cincuenteras es descriptivo, sin más.
Empecemos pues a usar el lenguaje con propiedad y respeto. Dudo que las próximas a los 60 preguntemos la opinión a nadie para que nos tilden de –onas.
Reivindico la edad, la piel de naranja, limón o pomelo, la tripa flotador y el brazo fofo o la arruga, que es “bella”, según aquel avezado diseñador de la década socialista de los 80. Es el tiempo y su paso.
Y el cuerpo se cae por efecto de la gravedad bromean con cierta intención humorística; yo lo resumo en que es ley de vida, y de eso se trata: de vida.
Insisto en la existencia y no solo en la esencia: sin filosofías finiseculares. Las mujeres de “cincuenta y…”, resulta cansino reiterarlo, pero ya sabemos que “repetitio mater studiorum”, hemos trabajado duro y lo seguimos haciendo, somos madres o no, solteras (que no solteronas) o no (a nadie le importa nuestro estado civil), decidimos, proponemos, gordas o flacas, chaparras o esbeltas…disfrutamos, compartimos, salimos y entramos. Contamos, y no solo numéricamente para muchas estadísticas de interés político, somos una y unas cuantas. Vivimos la vida (valga el pleonasmo) desde la experiencia, a veces nos ahogamos como el pez que boquea fuera del medio líquido, y otras brillamos, nos afligimos y nos entregamos…¿Invisibles?
Y todo eso, y mucho más, con la imagen y la figura propia y personal de cada una de nosotras. El espejo es nuestro amigo, porque nos proyecta tal y como somos. ¡¡Qué más da el cuadrante del globo terráqueo al que “peretenezcamos”…!! Nos ven y nos miran. Existimos. Somos. A los 50 y tantos.
Pronto volveré a mi despacho en la universidad y en cuanto entre, giraré mi cara hacia la pared que la refleja. Y seguro que sonreiré. No soy invisible, no somos invisibles las mujeres cincuentonas.
María Pilar Úcar Ventura
Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.
Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.
Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…
Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.
Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.
Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.