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Lecciones aprendidas versus antipolítica en la salida de la pandemia


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Caminamos rápidamente hacia el final de la sexta ola y quizá a la salida de la pandemia, pero de nuevo aparecen los maniqueos y el dogma de los respectivos relatos, contraste con las decisiones políticas en un marco de la incertidumbre global como característica inherente a la pandemia.

El dogma de los maniqueos de los expertos mediáticos, de la infodemia de medios y las redes sociales y de la polarización política populista durante casi dos años que ya se nos hacen eternos, con el cansancio y a veces el olvido pandémico como resultado.

Estos maniqueos ocultan los problemas de fondo, como es que la pandemia no ha sido ni es igual para todos, en particular para pobres, enfermos y ancianos y que no todos saldremos en las mismas condiciones, ni entre países ni entre clases sociales o entre géneros, que por tanto no se trata de un problema nacional ni siquiera continental sino global, que nos ha mostrado la prioridad de la salud pública y también de la atención comunitaria en los sectores económicos más frágiles afectados por la pandemia y por el distanciamiento social y en los colectivos con mayor carga de enfermedad, que si no lo evitamos saldrán también en peores condiciones. Si hace bien poco fue la relajación de las medidas restrictivas en el punto de inflexión de la sexta ola como la supresión de la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores y la reducción del tiempo de la cuarentena, las cuestiones que entonces motivaron el debate y el alineamiento, ahora, ante el final de la sexta ola, volvemos a la polarización ya sea sobre la nueva reducción o supresión de las cuarentenas en contactos estrechos o bien acerca de la ampliación de la posible retirada de las mascarillas también en algunos interiores, en primer lugar en las escuelas y algo más tarde en los comercios.

En uno de los bandos en liza a lo largo de toda la pandemia se alinean de nuevo los expertos mediáticos con sus medios de comunicación de referencia y aquellos, por suerte contados, gobiernos autonómicos que consideran que hace ya tiempo que habría llegado la hora de recuperar la normalidad y achacan a cualquier nueva relajación de las restricciones su carácter tímido y tardío. En el otro sector se alinean los que por el contrario siguen considerando prematura e irresponsable cualquier flexibilización de las restricciones, por lo menos hasta tanto la incidencia de la ola se encuentre por debajo de cincuenta o cien casos por cien mil y con ello finalice la denominada transmisión comunitaria.

De nuevo dos relatos, el uno prioritariamente económico, de libertades y sociológico, y el otro salubrista, epidemiológico y sanitario, que se además transmiten en sus posiciones más extremas como caricaturas: entre el negacionista y el cero covid, ambos sin ninguna posibilidad de encuentro y mucho menos de síntesis pública en los medios de comunicación y que paradójicamente solo coinciden en una cosa: su crítica a la falta de rigor técnico, los supuestos intereses ocultos, la arbitrariedad y la impotencia de la política, a la que directa o indirectamente atribuyen el saldo de víctimas y secuelas de la pandemia. En resumen, la antipolítica.

A estos dos relatos se suman los habituales datos, en este caso declinantes de incidencia de la pandemia, aquí como de hospitalización y con retraso de mortalidad, además del cada vez mayor desgaste anímico de los sanitarios y últimamente de la irritación de los pacientes por los efectos de la pandemia en la ampliación de la lista de espera y en el colapso de la atención primaria, sumados a los buenos datos de la evolución creciente de la vacunación y también con los habituales ránkings de incidencia y de los datos comparativos de las medidas de flexibilización de las restricciones en el contexto europeo e internacional sobre la pandemia. Un verdadero Pandemónium.

Transición a la normalidad

Aunque finalmente será la ponencia de alertas y la comisión de salud pública, con sus respectivos expertos, que para algunos no existen, los que en el marco de las recomendaciones de la OMS y el ECDC europeo asesorarán al consejo Interterritorial de Salud y al Gobierno sobre las medidas a tomar y el momento adecuado para adoptarlas. Será el gobierno central y los autonómicos los que teniendo en cuenta los datos de la pandemia, la inmunidad, la situación sanitaria y las recomendaciones de las comisiones de expertos, el contexto y las recomendaciones de los organismos internacionales, junto a la menos mediática valoración de su repercusión económica, social, psicológica y política, los que intentarán una vez más gestionar el final de esta sexta ola en un marco general de incertidumbre, conciliando los diferentes valores e intereses, a veces hasta contrapuestos, para adoptar las correspondientes decisiones y su calendario de aplicación, siempre sujetos a futuros cambios en función de la evolución de la pandemia.

Como en otras pandemias, seguramente esta sexta ola no será la definitiva ni la última, habrá nuevas réplicas, si bien a diferencia de las de la pandemia de gripe española del siglo pasado, en general con brotes y olas mucho más suaves debido a la altísima tasa de vacunación y por tanto de inmunidad, que junto con las nuevas variantes más trasmisibles pero menos virulentas como Ómicron, marcarán junto al hastío y el olvido social el final de la pandemia, camino de una nueva epidemia estacional y con ello de la tan ansiada normalidad.

En esta situación, y en el contexto de la reactivación económica y del consiguiente cansancio e incluso del olvido pandémico, a pesar de las resistencias de unos y otros, sería necesaria una estrategia de transición a la epidemia estacional y a la normalidad, o en su defecto continuar con la explicación de medidas progresivas de flexibilización y superación de la restricciones de aforos y de distanciamiento físico que, por otra parte, son cada día más residuales. El problema, habida cuenta de su racionalidad y de la emocionalidad que conlleva, no es el lógico debate que provocarán, sino su carácter polarizado en forma de maniqueos y el sistemático cuestionamiento de las decisiones políticas, de la política y de las instituciones democráticas .

Lecciones

En el ámbito de los países más desarrollados económica y sanitariamente como el nuestro, la prioridad debería estar centrada en la protección de los colectivos más vulnerables y la promoción de salud en la comunidad, en particular entre los crecientes casos de sinhogarismo y de pobreza severa que han aumentado como consecuencia de la pandemia, y por otra parte también entre los inmunodeprimidos y los enfermos crónicos con patologías y conductas de mayor riesgo, los colectivos de personas mayores, así como los trastornos derivados del impacto del miedo y las restricciones de la pandemia sobre la salud mental, más en concreto entre los niños y las mujeres. En definitiva, se trata por tanto del refuerzo de la atención primaria y de la salud mental y por otro lado de poner en marcha un nuevo sistema de vigilancia epidemiológica, junto a la efectiva aprobación de la Agencia de Salud Pública, la definición de la estrategia española de salud pública y la puesta en marcha de los estudios de impacto y la incorporación de la salud en todas las políticas, aplazadas desde la aprobación de la ley General de Salud Pública desde el año 2011.

A nivel global resulta escandalosa la tardanza en la extensión de la vacunación al mundo empobrecido, todavía reducida en la práctica a un programa COVAX de escaso cumplimiento, pero sobre todo por la resistencia de los países desarrollados a compartir las patentes y de la producción, el desarrollo tecnológico y la experiencia de la logística en la administración de las vacunas, comenzando por los países empobrecidos y los colectivos más vulnerables. También resulta imprescindible a continuación la sustitución del actual reglamento internacional de control de enfermedades infecciosas por un Tratado Internacional de pandemias, junto al impulso decidido y el compromiso presupuestario con la gobernanza de la OMS y los organismos continentales como el ECDC europeo. Todos ellos son compromisos adquiridos desde hace años en la Agenda 2030, dentro de los objetivos de desarrollo sostenible tanto para los países empobrecidos como para los desarrollados, aunque para algunos lo prioritario continúe siendo imponer su relato local y hacer antipolítica.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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