El blanqueo de la ultraderecha: entre la desdiabolización, el cogobierno y la equidistancia
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
La desdiabolización de la ultraderecha en Francia, entendida como un proceso de moderación más en las formas que en el fondo, ha sido la principal estrategia de Marine Le Pen durante este siglo, que se ha visto acelerado cuando ante el retroceso de la derecha tradicional ha tenido al alcance de la mano la hegemonía política y como consecuencia la posibilidad real de llegar a presidir la República, algo que ha ocurrido en especial desde las últimas elecciones presidenciales en Francia, cuyo ajustado resultado demostró el acierto de liberarse de los símbolos y personajes tradicionales del otrora Frente Nacional asociados al antisemitismo y al discurso del nazismo.
Para eso ha diluido sus principales aristas antisemitas en el plano de la política interna y también en el de la política exterior con respecto al rechazo de las instancias internacionales y la propuesta de salida de la Unión Europea, identificando sobre todo al partido con el nuevo nombre de Agrupación Nacional y agitando como bandera la recuperación del orgullo nacional herido en una Europa de las naciones. Por otra parte, durante estos años se ha acercado a la comunidad LGTB, dulcificando también la imagen pública de su candidata hasta el extremo de lo empalagoso.
Difuminando también el objetivo y los instrumentos para la articulación de la internacional de la ultraderecha, algo que ya habían emprendido a partir del Brexit y posteriormente del fracssado golpe del trumpismo contra el Capitolio y ante el precipitado aislamiento de sus gobiernos afines como Hungría y Polonia dentro de la Unión Europea. Ante todo en las últimas semanas en particular a raíz de la invasión rusa de Ucrania, borrando las evidencias de su vinculación a la agresiva figura del presidente Putin. Ocultan hoy la relación con Putin como antes lo hicieron con Trump.
Sin embargo, estos matices no pueden ocultar el mantenimiento en su programa electoral del planteamiento de máximos de una Europa de los Estados y a la carta, así como del racismo y rechazo de la inmigración y de la concepción del gobierno fuerte en una Francia fuerte y la consiguiente defensa de unas relaciones preferentes con los regímenes iliberales europeos, así como con el trumpismo y la autocracia rusa.
Aunque, la estrategia más acertada de la ultraderecha francesa ha sido el paso de lo identitario a la prioridad de lo socioeconómico, primero al calor de las protestas de los chalecos amarillos y su rechazo a la fiscalidad de los carburantes y luego frente a la dura respuesta de orden público a los conatos de violencia. Más tarde se ha apuntado a la defensa de las libertades individuales ante las medidas de excepción y las restricciones de la administración sanitaria y la vacunación generalizada frente a la pandemia, y ahora cabalga sobre el malestar social por las consecuencias económicas y sociales de la guerra, en particular sobre la viabilidad de sectores tradicionales como el agrario o los transportes y sobre la pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de los consumidores. En algunos casos asumiendo un papel protagonista y en otros, como en el negacionismo de la pandemia y de las vacunas, agitando la protesta desde un discreto segundo plano. Un giro al que también se han sumado otras organizaciones de ultraderecha con un origen diferente al francés como la ultraderecha española de Vox.
El buen resultado de la ultraderecha en la primera vuelta de las presidenciales francesas, aunque menos ajustado que en las anteriores y a punto de ser superada, por su propia división en dos candidaturas, por la izquierda de Melenchon, ha coincidido en España con la entrada de la ultraderecha en el gobierno de Castilla y León, en contraposición al cordón sanitario del conjunto de la izquierda y la derecha francesas, con un salto cualitativo en el pacto entre la derecha tradicional y la ultraderecha. Como consecuencia, la ultraderecha se sitúa como parte imprescindible de la alternativa de gobierno a nivel nacional y pone por primera vez en un primer plano de la gestión cotidiana de un gobierno autonómico sus objetivos y sus tópicos populistas, entre otros asuntos frente al modelo de Estado autonómico, la ley de violencia de género, el cambio climático o la ley de memoria histórica.
Porque en España el origen de Vox, a diferencia del de la ultraderecha en Francia, proviene sobre todo de la reivindicación de la unidad nacional y de su interpretación autoritaria de la monarquía y la Constitución, utilizando como detonante la instrumentalización de las víctimas del terrorismo en el final de ETA, como Ortega Lara, junto a la reacción españolista frente al Procés del independentismo en Cataluña, a lo que han incorporado sus posiciones tradicionalistas y nacionalcatólicas derivadas de su relación, prácticamente desde su origen, con las asociaciones ultracatólicas en cuestiones como la educación religiosa, y como consecuencia en el rechazo de la educación en valores a las que denomina peyorativamente como adoctrinamiento progre, de la legalización de la interrupción del embarazo, del matrimonio homosexual y de la eutanasia. Por otro lado, y a partir de la moción de censura y luego con la investidura del gobierno de coalición de izquierdas y sus apoyos parlamentarios nacionalistas y republicanos, han sumado a su ideario un furibundo anticomunismo, el anti republicanismo con el rechazo de la memoria histórica a la que sustituyen por su particular idea de concordia, equidistante entre víctimas y victimarios y el antifeminismo y la denuncia de la legislación contra la violencia machista y la desigualdad como normas supuestamente sectarias frente a los hombres.
Tiempo después han incorporado las posiciones del resto de la ultraderecha europea y norteamericana en las posturas de rechazo de la Unión Europea y los organismos internacionales o frente a la inmigración y en particular la islamofobia y han adoptado el giro de la identidad a la realidad de las contradicciones sociales y culturales entre lo rural y lo urbano, que ha redoblado como consecuencia del malestar provocado por la pandemia y ahora por la guerra.
En Francia, tras la primera semana de campaña de cara a la segunda vuelta se mantiene la distancia en favor de Macron, aunque cabe la duda de hacia dónde se orientarán los votos críticos de una parte de la izquierda ante una presidencia de Macron que ha asumido parte de los postulados del adversario y se ha olvidado de la mayoría social. En este sentido, la campaña de algunos sectores de la izquierda francesa asimilando el voto de Le Pen y de Macron recuerda el lema de 'no nos representan' o de 'PSOE y PP la misma mierda son' que en su momento fue el preludio de la victoria de la derecha de Rajoy en el año 2011 por mayoría absoluta.
Estas estrategias de desdiabolización, como la de cogobierno y también la de equidistancia, se quiera o no, pueden estar contribuyendo a normalizar a la extrema derecha como una opción más de voto y al tiempo disuadiendo del voto a la izquierda e incluso al centro político como mal menor. No son lo mismo. La Francia política postelectoral, dominada por las dinámicas centrífugas de dos populismos, denota no una crisis del sistema tradicional de partidos franceses sino de todo el sistema democrático que muestra sus insuficiencias para responder a los problemas que plantea un siglo XXI cada vez más autoritario. España muestra rasgos de la misma patología, que afecta a toda la UE, en un estadio diferente pero afrontando la misma amenaza. Hoy lo que es urgente es una estrategia común para la viabilidad histórica de la democracia pero exige una derecha y una izquierda entrelazadas en su núcleo democrático, que en España es su Constitución. Eso requiere,además de afrontar conjuntamente los fenómenos radicales, dotar al Estado de capacidad real para mejorar la vida cotidiana de las personas, principal denuncia y fortaleza de la desdiabolizada Le Pen. Si, por el contrario, derecha e izquierda española se macronizan, los polos populistas españoles establecerán el marco de la política con sólo un final posible: la extrema derecha. El contexto internacional avisa.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.
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