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Prioridades de la política sanitaria al final del Pandemónium


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

'Lo peor sería el olvido de lo vivido en este tiempo y con ello de las lecciones de sacrificio, solidaridad y responsabilidad, algo que no se corresponde con el merecido homenaje a tantas vidas perdidas. Tenemos la obligación moral de darles un sentido'.

Al final de la pandemia, a punto de poner en marcha un nuevo sistema de vigilancia epidemiológica y de abandonar los últimos vestigios de las mascarillas, corremos el riesgo de convertirnos en una estatua de sal dando vueltas alrededor de la polarización maniquea entre expertos o entre posiciones políticas casi apriorísticas sobre el ránking de la gestión de la pandemia. Lo malo es que el ensimismamiento nos impida abordar lo fundamental: un análisis crítico sobre las fortalezas, que son muchas, pero también sobre las debilidades, que se han puesto de manifiesto con el test de estrés que ha supuesto una larga pandemia que ya va para dos años en nuestro país. Pero sería aún peor el olvido de lo vivido en este tiempo y con ello de las lecciones de sacrificio, solidaridad y responsabilidad, algo que no se corresponde tampoco con el merecido homenaje a tantas vidas perdidas. Tenemos la obligación moral de aprender de las lecciones de lo ocurrido para así darles un sentido.

En primer lugar, tenemos que dar cumplimiento por fin a algunas de las prioridades y de los organismos previstos, hace más de una década, en la ley general de salud pública: la famosa 'ley de pandemias' que el PP se olvidó de aplicar y desarrollar. Entre otras cuestiones, sigue pendiente de poner en marcha la estrategia de salud pública, los estudios de impacto en salud y la tan reclamada como aplazada por razones desconocidas Agencia de Salud Pública. Por otro lado, es fundamental que la experiencia inédita de la compra conjunta de vacunas, el papel del ECDC y la incipiente Unión sanitaria no se queden en flor de un dia, sino que desarrollen todas sus potencialidades en el marco del anunciado Tratado de Pandemias y de la gobernanza de la OMS. Queda también pendiente la generalización de la vacuna frente al sars cov 2, en particular en los países empobrecidos, como el paso definitivo también para un modelo global de investigación, producción y comercialización de vacunas, sin el que el término humanidad seguirá siendo tan solo retórica. Todo ello en el ámbito de la tan olvidada inteligencia de la salud pública.

La pandemia de gripe principios de siglo XX, oculta tras la tragedia de la primera guerra mundial, sin embargo provocó el surgimiento de las primeras políticas sociales y dentro de ellas de las primeras administraciones sanitarias como responsabilidad de los Estados, que luego se desarrollarán y ampliarán en el denominado estado del bienestar surgido de la segunda gran guerra. Hemos avanzado mucho desde entonces en materia sanitaria, por eso las lecciones en esta ocasión aunque parecen más claras no por ello cuentan con menos obstáculos. Sabemos lo que ha funcionado y lo que se ha visto desbordado como consecuencia de la pandemia, aunque en muchos casos ya lo intuíamos y en otros conocíamos nuestras debilidades. De hecho, buena parte de los problemas y de las posibles soluciones forman parte de la Agenda 20/30.

Lo que ha funcionado ha sido el conjunto del sistema sanitario público y sobre todo la accesibilidad y equidad de su carácter universal, uno de los principales objetivos de la Agenda 20/30, como también la reorganización de la atención sanitaria para mantener la atención urgente y parte de la programada en los momentos más críticos, también para responder a la demanda de pruebas y de atención específicas provocadas como consecuencia de la pandemia así como para desarrollar la estrategia, la logística y la administración de las vacunas, desautorizando con ello las posiciones preconcebidas sobre una supuesta rigidez poco menos que inmutable del sistema sanitario público. Todo ello explica los buenos resultados obtenidos, a pesar de las fuertes oleadas sufridas y en particular de la durísima primera ola de la pandemia en nuestro país. Lo que no ha funcionado en absoluto ha sido la lógica de mercado en los modelos sanitarios privados y mixtos, causando más desigualdad y desprotección ante la enfermedad, las complicaciones y la muerte de las moralmente admisibles con el elevado nivel de la ciencia y la técnica del siglo XXI. Además, el populismo y sus mentiras han dificultado la necesaria colaboración política y social en la respuesta a un momento crítico para la humanidad. Por el contrario hemos vivido un avance sin precedentes de la investigación aplicada en el desarrollo de la vacunación por parte de las compañías farmacéuticas, eso sí con el apoyo presupuestario público y la investigación básica sin las cuales tampoco hubiera sido posible el éxito de la vacunación.

Sin embargo, también en los sistemas sanitarios públicos más modernos como el nuestro se han detectado las fragilidades y flaquezas, en primer lugar la de la coordinación sociosanitaria, en particular en el sistema residencial que se ha visto desbordado y con distintos criterios de derivación, algunos sin base bioética, en los momentos más duros de la pandemia. Algo que es prioritario investigar y corregir. Otra parte de las debilidades se ha visto en general en la atención comunitaria y en particular en la atención primaria y en la salud mental. La primera se ha visto desbordada en especial en el tramo final de la pandemia, cuando las nuevas variantes han provocado un fuerte incremento de la transmisión colapsando el sistema de citación, la demanda de pruebas y la notificación de las bajas y altas laborales, y con ello una parte de la atención presencial del resto de patologías. Esa es la razón por la que el gobierno central y los gobiernos de las CCAA se juegan en estos próximos meses el futuro de la atención primaria como eje y como pilar básico de nuestro sistema sanitario público. Los ciudadanos y los sanitarios se lo están demandando ya en la calle.

En cuanto a la salud mental, ésta ya vivía un periodo de declive, sobre todo en materia de derechos de los pacientes, en la prevención, en la atención comunitaria y en la rehabilitación de los trastornos mentales más graves, a las que la pandemia y el confinamiento no han hecho otra cosa que añadir más carga de trastornos de ansiedad y depresión entre los niños, los adolescentes y los ancianos, y más estrés entre las mujeres en la práctica prácticamente desdobladas entre el trabajo y los cuidados. En este sentido, tanto la nueva estrategia de salud mental como el plan de refuerzo aprobados hasta ahora por el gobierno central significan solo un primer paso.

De la salud laboral poco se ha sabido prácticamente nada a lo largo de la pandemia, al encontrarse de hecho fuera del sistema sanitario, aunque tendría que haber significado bastante más para los trabajadores esenciales, para los sanitarios y en general en las medidas de prevención de la transmisión de la pandemia en el interior de las empresas e in itinere, además de las implicaciones, positivas a corto y más controvertidas a medio y largo plazo, de la ampliación del teletrabajo, de la enseñanza telemática y de la telemedicina para la salud y el sistema sanitario. La integración real de la salud laboral en el Sistema Nacional de Salud es otra de las necesidades, quizá menos evidentes pero inaplazables, así como la mejora sustancial de las condiciones laborales de los sanitarios. Un buen sistema no puede basar su eficiencia en los bajos salarios de sus profesionales y en particular en las condiciones precarias de los más jóvenes, si no quiere seguir abonando su propia decadencia.

De la que prácticamente no hemos sabido nada es de la sanidad privada, salvo que ha colaborado poco frente a la pandemia y se ha dedicado sobre todo a aprovecharse de las flaquezas de la sanidad pública para realizar campañas publicitarias y engordar sus pólizas, mostrando una naturaleza casi parasitaria contradictoria con la imagen de la colaboración público privada, en particular en España. En este sentido, no deja de llamar poderosamente la atención que una de las reivindicaciones por parte de los colegios de los profesionales sanitarios sea poner fin a la dedicación exclusiva a la sanidad pública. Hay mucho que mejorar como consecuencia de la pandemia, aunque parece que algunos no hubieran aprendido nada.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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