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Sobre fútbol y pícaros


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El fútbol es un deporte que se juega con los pies y en el que las manos son fuente constante de problemas, sobre todo desde que el VAR alimenta las polémicas de los bares. De cabeza algunos jugadores van muy bien; eso sí, no recuerdo a nadie que jugara casi en exclusiva con ella, salvo Santillana, delantero centro del Real Madrid. Aquel 9 cántabro era un espectáculo con sus saltos inverosímiles y sus testarazos prodigiosos. Luego no faltan las cabezas pensantes, que segregan su filosofía en torno a las cosas del balompié. Ninguna tan perdurable en su pensamiento como la del serbio Vujadin Boskov, a quien debemos el sintagma “fútbol es fútbol”. Pero no es la única expresión feliz de aquel talento eslavo. A él se le ocurrió también la frase: “El fútbol es imprevisible, porque todos los partidos empiezan empate a cero”. Axioma irrefutable, como este otro regate mental de su factoría: “Ganar es mejor que empatar y empatar, mejor que perder”. A su lado, la filosofía de Valdano, el teórico del miedo escénico, suena refinada. Creo que es del retórico argentino la frase “el futbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes”, aunque otros se la atribuyen a Arrigo Sacci. En esa línea del fútbol como cuestión existencial quizá convenga recordar a aquel entrenador del Liverpool, Bill Shankly, que comentó que “algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. El escritor uruguayo Eduardo Galeano aseguró: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no de equipo de fútbol”. Y, en fin, el premio Nobel Albert Camus, que jugó de niño como portero, escribió: “Pronto aprendí que la pelota no siempre viene por donde se espera. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre recta”.

Por no dejar los territorios literarios y a la gente que no va por las grandes ciudades siempre recta, habrá que dedicar unas líneas a la picaresca, que tan magnas obras ha dejado entre nosotros. En el país del Buscón, el Lazarillo y el Guzmán de Alfarache es natural que broten tipos como Rubiales y Piqué. Son personajes característicos de esa rama de la literatura, pero con una diferencia definitiva: el pícaro, el descuidero, el pillo de la tradición afanaban lo que podían y se las ingeniaban para apropiarse de los maravedíes del vecino con el comprensible fin de matar el hambre e ir viviendo, mientras que nuestros modernos pícaros, el Rubi y el Geri, se lo llevan muerto por pura avaricia. De manera que estos Zipi y Zape del tebeo futbolero más que pícaros pertenecen a la rama de los comisionistas, que son ya otra gloriosa tradición española, de las mascarillas a la gran mascarada o carnaval de la Supercopa. Le dice Piqué a Rubiales en uno de los audios del escándalo: “A ver, Rubi, si es un tema de dinero, si el Real Madrid iría por 8, hostia tío, se pagan 8 al Madrid y 8 al Barça, a los otros se les paga 2 y 1… son 19, y os quedáis la federación seis kilos, tío. Y apretamos a Arabia Saudí, le decimos que sino el Madrid no va y le sacamos un palo o dos palos más”. Le dice Rubiales a Piqué: “Enhorabuena, y no me refiero ni al partidazo de ayer ni a tu gol, me refiero a que ya son más de las doce y por lo tanto ya es firme el acuerdo con Arabia Saudí”. Acuerdo por el que estos dos tunantes se han llevado la Supercopa de España a Arabia Saudí por un puñado de años y un inmenso puñado de dólares, saltándose todos los mandamientos éticos. Que el presidente de la federación y un jugador de uno de los dos clubes que por lo legal o lo criminal deben participar en la competición se monten un chiringuito para afanar es un atropello que no tiene un pase, ni aunque el pase lleve la firma de calidad de Piqué, pues que si el presunto pase saliera de las botas de Rubiales la cosa tendría peor factura. Con el balón uno es un mago y el otro fue aproximadamente un tuercebotas, pero en asuntos de negocios valen tal para cual.

Como el periodismo deportivo ha quedado en cosa de risas y buen rollo, en una ocasión como esta apenas si los informadores llegan a hacerle cosquillas a los malandrines. Aquí echo de menos a un vengador como José María García, a quien me gustaría oír en esta trinchera. Quien durante años atormentó al difunto Porta con denuncias mil y el remoquete envenenado de Pablo, Pablito, Pablete tendría que estar en onda para desenmascarar a este singular par de doctores en felonía. Y no lo digo porque el “Butanito” fuese capaz de conseguir su dimisión, que ahí se las tuvo durante años con Porta y luego con Roca, inmunes a los palabros hirientes de García, sino por cuestión de higiene. A todo esto se ve que la federación de fútbol es una caverna con más agarraderas que la de Platón y en la que se está muy calentito, como certificó Villar, que se tiró 30 años en el candelabro, diciendo dame millones y llámame golfo. Total, que lo de Rubiales puede que sea también cuestión de décadas. Llegado el caso a este tío de Motril no le importa dar la cara, que para algo la tiene muy dura. Con las piernas o con la cabeza Rubiales no dio motivo para la fama, pero narices no las hay como las suyas. A nosotros nos toca asistir como espectadores a esta comedia protagonizada por un par de granujas no exactamente simpáticos.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.


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