Cuidado con los pobres
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Internet ha hecho el mundo instantáneo, pero hubo un tiempo no tan lejano, moderno o posmoderno, en que las cosas tenían otro ritmo y las novedades que sucedían en Japón o en Estados Unidos iban llegando con una cierta cadencia de cuentagotas, de manera que uno se extrañaba y disfrutaba con las noticias que nos traían los exploradores de esos mundos todavía singulares. Había gente que viajaba más, que tenía mejor olfato para captar e interpretar la realidad cambiante y plasmaba en sus textos las claves de otros mundos que todavía no eran exactamente el nuestro, pero que acabarían siéndolo. Entre esos exégetas y aventureros del periodismo y la sociología no conozco a ninguno que haya brillado con la intensidad y la sutileza de Vicente Verdú. Se nos fue hace unos años ese alicantino amable y de ingenio penetrante que escrutaba los rasgos de la vida norteamericana con la misma elegancia y naturalidad con las que trazaba una epistemología del fútbol o fijaba la historia de los wáteres, desde la antigua Roma al Londres victoriano. Entre estos comentaristas agudos figura Gonzalo Ugidos, a quien he tenido la suerte de conocer (fue director mío en la revista “Cómplice”) y tratar, no tanto como me hubiera gustado, pero lo suficiente como para degustar su fineza periodística y su prosa sugestiva.
Fue una tarde de los primeros años noventa, en una cafetería cercana a “Cómplice”, cuando Ugidos me habló de una realidad que estaba llamando a la puerta, de una realidad que se estaba fraguando, que era la que nos iba a tocar vivir en un futuro cercano y que presentaba caracteres inquietantes. Gonzalo me apuntó rasgos de ese mundo en vísperas, en el que derribadas las murallas del comunismo, lejos de entrar en el fin de la historia (Fukuyama) penetraríamos en un capitalismo eufórico y arrebatador, desbocado y desvergonzado, marcado por la diferencia abismal entre los trabajadores del montón (el noventa por ciento largo, usted, yo) y una élite extractiva de directivos y gerentes que ganarían dinero de manera escandalosa. Algo así como una división entre “miliuristas” y “milloniuristas”, que acabarían fundiendo a las clases medias a la velocidad en que se derrite el hielo de la Antártida. Y en esas estamos, con directivos de banca que se embolsan 70 millones de euros por una prejubilación y jubilados del montón que van tirando como mejor pueden, arañando de aquí y allá e incluso ayudando a sus hijos y nietos. Pero no son ellos los peor parados, a día de hoy un ingeniero o un arquitecto, licenciados y colocados, pueden estar contentos si traspasan suavemente la frontera de los mil euros.
En esos primeros noventa, el mundo se aparecía en una foto fija, en un momento de esplendor, derrotado el feroz lobo comunista, de manera que no era raro sentirse a gusto en cualquier tarde plácida de una primavera radiante y golosa como la que ahora nos ha regalado el calendario. Seguramente, derribada la muralla de una dictadura como la del otro lado del Telón de Acero era posible creer en un mundo mejorado, con sus sombras, pero también con sus aleluyas. Y así lo sentía yo, un treintañero con ambiciones de prosista y amoríos dispersos y gustosos. Pero mientras tomábamos un café, en aquel presunto fin historiado, Gonzalo sembró en mí una ligera inquietud, una comezón aparentemente inocua. Aquel director cómplice hablaba con fundamento y ponía el acento en un tiempo en que el entusiasmo de época se tornaría de un color menos seductor, gris, casi marrón, a veces negro. Y maldita la gracia que tiene, pero el devenir de los años ha venido a darle la razón y ya estamos en esta encrucijada diabólica, en esta imperfecta tormenta en que unas docenas de personas atesoran millones por condena, en tanto el mundo se hace cada vez más desigual. No es cierto que este sea un tiempo más miserable que los que nos precedieron, muy probablemente estemos en un punto de bienestar colectivo como no hemos conocido antes, pero cuando la riqueza de unos pocos se torna pornográfica, en tanto las salvadoras clases medias van perdiendo entidad hay que ir poniéndose en lo peor.
En una conferencia pronunciada en 2015, a propósito de su libro “El estilo del mundo” comentaba Vicente Verdú: “Marx decía que el capitalismo tiene un automatismo y es concentrar la fortuna en pocos y dejar a la gente empobrecida. Y añadía Marx: llegará un día en que tomarán conciencia los muchos marginados de que son muchedumbre frente a unos pocos que acumulan el dinero, de modo que en un momento dado esta masa se preguntará: ¿Qué esperamos? ¿Qué esperamos para ir a por ellos?”.
Si no tienen pan que coman pasteles, es la frase/cliché que se atribuye a María Antonieta, la salida de tono que le habría costado la cabeza a la bella y pueril reina de los franceses. Seis palabras no pueden definir una época, pero ese “si no tienen pan que coman pasteles” es una prueba de pérdida de sentido de la realidad. Hay un momento en que la distancia entre unos pocos notables y la masa es tan indecorosa que traspasado un punto puede saltar por los aires el tablero. Desde luego, no creo que el momento del big bang revolucionario esté próximo, y mucho menos lo deseo, pero a los peatones de la historia, que no tenemos unas aspiraciones desorbitadas, no nos gusta que nos toquen las narices más allá de un cierto límite. De por sí es absurdo que un futbolista, un tenista o un corredor de Fórmula 1 cobren cantidades estratosféricas, pero podemos pasar y pasamos por ese disparate, pues al fin y al cabo Messi, Nadal o Hamilton atesoran habilidades que los hacen especiales entre el común. No es el caso del presidente de un banco o del alto ejecutivo de una multinacional que multiplica por cien el salario de un trabajador al que le cuesta llegar a final de mes. De manera que cuidado con los pobres y sigan leyendo a Ugidos y Verdú, prosistas de lo vidente y lo evidente.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.