Los toros y una lectora de Cáceres
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
(A Juan Antonio Peláez, un amigo inolvidable e irrepetible. In memoriam).
Recuerdo un artículo de Julio Camba muy ingenioso, como casi todos los suyos, en el que contaba que estaba acostumbrado a publicar sus escritos sin saber si habían gustado o no a los lectores, ni siquiera si tenía muchos o pocos. Camba, que es uno de los mejores articulistas del siglo XX, si no el mejor, en un país y un tiempo con magníficos escritores de periódico, murió al comienzo de la década de 1960. Sin redes sociales ni nada por el estilo, el contacto de los periodistas con sus lectores era entonces infrecuente. Camba aseguraba que vivía muy tranquilo escribiendo sin saber si gustaban o no sus cosas, hasta que un día recibió una carta entusiasta de un lector de Guadalajara, en la que le comentaba que seguía sus columnas con gran regocijo. Camba decía, con su delicado humor, que la misiva le quitó en adelante libertad, ya que a partir de ese momento no podía dejar de preguntarse: “¿Le gustará este al de Guadalajara?”. En “El Obrero”, los artículos no están abiertos a la opinión de los tuiteros, partidarios o discrepantes, de forma que uno se siente muy libre a la hora de exponer sus puntos de vista. Sin embargo, esta semana he recibido un WhatsApp de una lectora de Cáceres en el que confiesa que soy un tipo genial y que mis artículos le alegran la mañana de los domingos. ¡Nada menos! Menuda responsabilidad, hacer depender de mis columnas algo tan delicado como la felicidad de un día tan problemático como el domingo. El caso es que pensando en mi amable seguidora de Cáceres he dudado si escribir o no el artículo que están leyendo. Sé de sobra que la cuestión taurina se ha convertido para muchos españoles en un asunto de vida o muerte, en un tabú, en motivo serio de discrepancia, y no sé por dónde respira mi amable interlocutora. Tengo amigos taurinos que ya no se atreven a ir a la plaza, porque en contra de la tradición de las corridas como una cuestión políticamente transversal, bastantes aficionados de izquierda están batiéndose en retirada y dejándole la fiesta en exclusiva a los de derechas, y porque, además, temen ser estigmatizados por los animalistas. No es mi caso, y ruego a la lectora de Cáceres que si no comparte mis argumentos al menos no me odie ni me clausure.
La de los toros es una fiesta antigua en la que un hombre se viste de lunares, se pasea con andares de bailarina clásica y se cita para bailar con un animal una pieza a veces deslumbrante. Siempre distinta, siempre igual, como la vida misma. El toreo ha tenido en España partidarios decididos y enemigos declarados, y eso está en su esencia y en su gracia. Unos y otros han hecho muy buena literatura. No estoy seguro de que se pueda seguir diciendo lo mismo. Las denuncias de buena parte de los antitaurinos conmueven por su falta de agudeza, por un empeño menesteroso de convertir la discusión en querella de matadero. Entre los incondicionales, el problema está en que la retórica taurina ha envejecido mal.
En tardes de extravío yo he soñado con que ganaba el premio Planeta o con que metía un gol decisivo en un estadio abarrotado, pero nunca he soñado, ni despierto ni dormido, con que se me rendía la plaza de las Ventas ante una faena gloriosa a un toro de Victorino. El arte de torear conlleva un grado de desvarío tan asombroso que solo está al alcance de unos pocos tipos excéntricos, con un compromiso fuera de los cánones de una sociedad anestesiada como la nuestra. Se decía antaño que más cornás daba el hambre para explicar algo tan inexplicable como que un hombre se juegue la vida delante de una fiera, rodeado por una masa voluble y a menudo injusta, pero hoy no existe hambre que no sea la de la gloria y hay toreros que son ya millonarios por su casa.
Los toreros encarnan una serie de valores en desuso en nuestra sociedad, lo que explicaría a mi juicio el declive de la fiesta. Basta ver la actitud de un matador, su manera de afrontar el riesgo, su sentido del sacrificio y del deber, su reacción tras recibir una cornada grave, y compararlo con lo que son formas de actuar corrientes en un campo de fútbol. El jugador se tira al suelo para simular una falta o mete un gol con la mano si el árbitro no lo ve, y en el caso de lesión su retirada aparatosa poco tiene que ver con la gallardía y el empaque con que el torero afronta una cornada. No hay que ser un lince para constatar que esta sociedad se mueve mejor en ese juego de trampas, grandes o pequeñas, metaforizadas por el fútbol que en el compromiso del héroe taurino. Eso sin olvidar que a mucha gente le disgusta todo aquello que tenga connotaciones rituales. Es evidente que el toreo es una ceremonia en la que los matadores son los oficiantes. Me parece que es esa raíz la que casa mal con los nuevos vientos. Por lo demás, no seré yo quien niegue la crueldad de la fiesta. Por otro lado, los toros me gustan moderadamente. Reconozco que muchas corridas son aburridas, sin misterio al que agarrarse, y hay años que no voy a un solo festejo. Ahora bien, en tardes de gracia e inspiración, el dibujo de un diestro delante de los cuernos de un toro puede alcanzar cimas sólo traducibles al lenguaje poético.
Lorca puso música en el estruendo de las cinco de la tarde. Alberti se secó el llanto en un pañuelo torero y dulzón. Bergamín surcó las aguas de un océano de furia y dejó escrito un concierto de música callada. Sus versos siguen viviendo, pero hay que rescatarlos de los libros. Si desaparecen los toros no será por las manifestaciones hostiles de los anti, sino por falta de fe de los partidarios, porque se pierdan las palabras que sostienen la trama de lo inverosímil. El peligro no es sucumbir ante el coro de los corazones piadosos, sino ser incapaces de entender la naturaleza del mito. Un futuro taurino será posible si se sacude el polvo de los viejos tópicos y se abre camino una nueva retórica, en la que haya un sitio para los hombres que dibujan leones blancos en la arena del tiempo.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.