La cumbre de la OTAN y un debate nada testimonial
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
Nosotros, que defendimos el no a la OTAN en una campaña desigual, que no podíamos ganar, tenemos la obligación política y moral de representar sin nostalgia ni estridencias la posición de rechazo de los bloques militares y a la escalada armamentística, y sobre todo la opción de futuro de la neutralidad y el multilateralismo.
Hoy se puede estar, y no somos pocos los que seguimos estando, en desacuerdo con la pertenencia de España a la OTAN, incluso en el contexto de su revitalización y ampliación como consecuencia de la guerra de Putin contra Ucrania y de la polarización y militarización actuales de las relaciones internacionales.
Hace tan solo un año, en el contexto de la retirada vergonzosa de Afganistán, la situación era muy distinta, hasta el punto que algunos calificaban a la OTAN de anacrónica cuando no de agónica, después de los sucesivos desastres de Kosovo, Irak o libia, que poco tuvieron que ver con la conocida propaganda de una organización meramente defensiva o más recientemente adornada con el objetivo de la extensión de la democracia en el mundo. Si acaso, se ha limitado a la guerra asimétrica contra el terrorismo internacional, que finalmente tampoco se detuvo con la muerte de Bin Laden. En definitiva, unas intervenciones que ante todo han respondido a los intereses económicos y geoestratégicos, en particular de los EEUU, y se han ejecutado en la mayor parte de los casos al margen del derecho internacional.
Es por eso que, al igual que el entonces presidente González emplazó a la ciudadanía a apoyar la entrada o a gestionar el voto en contra de dicha adhesión, nosotros tenemos la obligación política y moral de gestionar la posición de rechazo de los bloques militares y de la escalada armamentística y sobre todo de defender la opción por la neutralidad de España, que entonces fue derrotada pero que no era ni es residual.
Aunque, más allá de la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, es necesario reconocer que hoy, tras cuarenta años, han cambiado las circunstancias, tanto en Europa como en el plano internacional, lo que nos obliga a adaptar también nuestros postulados a una estrategia de seguridad y defensa autónomas en el marco de la Unión Europea.
Para eso, hay que asumir de una vez que, independientemente de la coyuntura y las circunstancias, la mayoría de los ciudadanos españoles decidieron democráticamente la integración en la OTAN con las condiciones de no nuclearización y de no incorporación a la estructura de mando militar. También, hemos de reconocer que dado que cualquier referéndum en España tiene solo carácter consultivo, y que como consecuencia los gobiernos posteriores están en su derecho de revisar las condiciones, como lo hizo el gobierno Aznar. Se trata pues de algo que está dentro de la legalidad, aunque también sujeto a crítica legítima, tanto en sus formas como de su oportunidad.
En este sentido, y sobre todo en las actuales circunstancias internacionales y a también nivel interno, era previsible la posición de apoyo entusiasta de la mayoría del gobierno y de su Presidente a la realización de la próxima cumbre de la OTAN en España, sobre todo cuando el acuerdo de gobierno dejaba estás materias consideradas de Estado en manos del PSOE y del presidente Sánchez. Por tanto, convertir la próxima cumbre de la OTAN en una nueva materia de discrepancia y conflicto interno en la coalición, como lo fue hace unos meses el envío de armas para apoyar la legítima defensa de Ucrania y después el nivel de las responsabilidades políticas por el espionaje de Pandora, para terminar asumiendo en ambos casos las decisiones tomadas como inevitables, en definitiva supone empecinarse en el error, algo que lejos de facilitar que la estabilidad, la continuidad de la pluralidad del gobierno y con ello favorecer el avance en debates tan importantes, solo puede servir para incrementar aún más el ruido de la divergencia y como consecuencia una suerte de macronización del final de la legislatura, y la desafección ciudadana, en particular en el seno de las izquierdas, mientras la derecha, después de la reciente entronización de Núñez Feijóo, prepara su alternativa de la mano de la ultraderecha.
Porque después de más de media legislatura, ya es tiempo también de reconocer que ser parte del gobierno supone servidumbres institucionales, que no se pueden ni se deben eludir. Sin embargo, sí se deben de gestionar las diferencias entre socios de gobierno bastante mejor, y no peor o pésimamente como está ocurriendo ahora con respecto a la cumbre, al mezclar una posición política legítima de no alineamiento en la OTAN, con el protocolo de la presencia institucional e incluso con el cuestionamiento de la legalidad de una contratación que ha sido aprobada por acuerdo del conjunto del consejo de ministros. Por otra parte, afirmar desde la presidencia del gobierno, que la posición en política exterior de UP, un partido con el que compartes programa y tareas de gobierno, es solo testimonial, con la intención de degradarla públicamente como algo residual e irreal, tampoco es la mejor fórmula para reducir la escalada en los conflictos internos y para recuperar la cohesión y la confianza mutua en el seno de la coalición.
Así, aunque es verdad que hoy el rechazo a la integración en la OTAN, sobre todo en el contexto de la ilegal y brutal agresión rusa a Ucrania y de una guerra a las puertas de Europa, es minoritario, no por ello se lo puede descalificar como residual. Se trata de una postura que además de legítima es imprescindible en una democracia de calidad, que no debiera estar sujeta al alineamiento ni a la censura previa más propias de una guerra. Una posición crítica que es tan necesaria y tan realista o más que la opción de volver al viejo modelo bipolar, a la escalada de armamentos, la disuasión nuclear y a la dialéctica de bloques. En este marco, también es necesario abrir el debate sobre el incremento del gasto en armamento comprometido por España en la OTAN, desde la posición de que no se trata de gastar más sino de gastar mucho mejor y no en cada país sino conjuntamente en el marco de la estrategia de seguridad y defensa de la Unión Europea que incorpore cuestiones mucho más amplias como la seguridad interior, la humana y la ecológica.
Por eso mismo, la condena a Rusia por la invasión debe de ser radical e inequívoca por parte de la izquierda, sin dar pie a excusas como son la extensión de la OTAN a lo largo de las últimas décadas o a la amenaza a la seguridad rusa de una supuesta integración inminente de Ucrania. A estas alturas, ya está claro que el objetivo del Kremlin ha sido considerar la invasión de Ucrania como una operación de castigo para limitar su futura independencia como un Estado tapón en la frontera rusa. La situación actual con la ocupación del Donbás nos acerca al riesgo de la llamada finlandización de Ucrania. Porque al margen del relato interesado de la amenaza a la seguridad rusa, la invasión de Ucrania es contraria a la paz y al derecho internacional y ha terminado provocando lo que decía combatir: la desestabilización en particular en el centro y el norte de Europa, el alineamiento y el rearme y de otra parte una grave crisis alimentaria y de precios en el mundo, y con esto un nuevo impulso a las migraciones masivas así como de los partidos populistas y los regímenes iliberales que socavan la democracia y amenazan el futuro de la UE. Todo ello junto al fortalecimiento y la extensión territorial de la OTAN, el debilitamiento del multilateralismo y la configuración de dos nuevos bloques enfrentados en la política internacional, más por razones económicas, comerciales, tecnológicas y de áreas de influencia que políticas o ideológicas.
Por eso, las izquierdas transformadoras y alternativas no tienen por qué cambiar su postura tradicional de rechazo de la OTAN, el armamentismo y los bloques militares. Otra cosa bien distinta es que estemos obligados a una profunda reflexión, desde el derrumbe del campo del socialismo real y con el fin de aquella dinámica de bloques y de la guerra fría, y más tarde con el mundo unipolar, pero sobre todo ahora ante la reconfiguración de dos bloques comerciales y militares en ciernes, encabezados por China y los USA, sobre el camino a seguir para favorecer el necesario debate en la izquierda y para avanzar en el proyecto y en los pasos a dar para una gobernanza multilateral, basada en la legalidad y el derecho internacional, y para una estrategia de seguridad y defensa independiente en el marco de la Unión Europea. Algo que, hoy por hoy, con el ruido de la guerra parece una quimera, pero que sigue siendo una utopía necesaria.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.
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