La explosión del Ilopango (II)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Opinión
Después de las erupciones volcánicas del siglo VI, cuando las eyecciones y los aerosoles de dióxido de azufre, alcanzaron la capa inferior de la estratosfera, el efecto fue devastador. Una neblina vaporosa bloqueó la luz del sol, impidiendo que penetrara su calor, mientra que, por la noche, los cielos se llenaron de oscilantes cortinas de luces multicolores, como un anochecer que se prolongara durante meses (el famoso cuadro “El grito”, de Edward Munch, muestra precisamente este tipo de cielo, consecuencia, en su caso, de la erupción del Krakatoa). Los científicos han bautizado ese fenómeno, con el nombre de “velo de polvo”.
El efecto fue similar al de un invierno nuclear. Los árboles comenzaron a marchitarse y su crecimiento se redujo. Un frío impropio de la estación, se apoderó del hemisferio norte, donde apareció nieve en verano. La debilitada luz del sol, afectó directamente a la vida de plantas de todo tipo, incluidas las cosechas y, acabó con el suministro de alimentos. Fuentes escritas de China y la India, describen problemas con las cosechas, y patrones climáticos extraños. En el mundo mediterráneo, escritores godos y de otros sectores militarizados del Imperio Romano, describieron hambrunas, disturbios y, una deriva hacia los conflictos civiles, a consecuencia de las malas cosechas, constantes durante aquel invierno interminable.
No obstante, en Escandinavia, las consecuencias ecológicas fueron mucho peores. En Noruega, donde solo el 3% del terreno es cultivable, esto habría bastado, para hacer que grandes regiones del país, fueran inhabitables, debido a que dejó de ser viable, en ellas, el cultivo de cereales. La lluvia ácida, provocada por las erupciones, debió afectar también a la vida marina, lo que redujo las capturas pesqueras, aunque este impacto fue menor, que la catástrofe agrícola. Las estimaciones de pérdida de población en Escandinavia, llegan hasta el 50% - un porcentaje que, tano vulcanólogos como arqueólogos, consideran razonable -; decenas de miles de personas murieron de hambre, como consecuencia de que, las principales fuentes de alimentos dejaron de existir. Por establecer una comparativa, se cree que la peste bubónica (la peste negra) acabó con la vida de entre el 45% y el 70% de los europeos, a mediados del siglo XIV. Igualmente se estima, que durante de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), un tercio de la población del continente, perdió la vida. Tras estos dos desastres, se tardo bastante más de un siglo, en recuperar la población perdida.
Parece que en Escandinavia la situación fue tan extrema, que dejo huellas hasta en la propia religión, en lo que los académicos denominan “geomitología”, mediante la cual se da sentido, a los acontecimientos y desastres naturales, al articularlos en leyendas sagradas. La geomitología es, por su propia naturaleza, un concepto inexacto. Sin embargo, puede argumentarse de forma convincente, que existe esa conexión, que genera la paradoja, de que elementos de la época vikinga tuvieran su origen, precisamente, al imaginar cómo sería su final.
Una de las narraciones más conocidas de los mitos nórdicos, se refiere a la caída de los mundos: la cataclísmica batalla final en el Ragnarök (en castellano "destino de los dioses", es la batalla del fin del mundo) en la que dioses y humanos, perecerán para siempre. La descripción de esta terrible alteración de las estaciones, el “Fimbulwinter” o “Gran Invierno”, es notablemente similar, al ciclo que los científicos postulan, para los efectos inmediatos de las erupciones. En varios poemas éddicos, como “La visión de la adivina”, encontramos lo mismo:
“Los rayos del sol se volverán negros los veranos siguientes, hará muy mal tiempo”.
Pues eso.
(Continuará. En la foto, el lugar donde estuvo el Ilopango)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.