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Odio el odio (I)


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Odio el odio, por que a mi edad ya sé bien, que no es racional ni objetivo, sólo una emoción, perversa como muchas, que nos impide razonar. Hay un refrán muy conocido, que dice que no se puede condenar a una nación y, que encierra cierta razón con la que comulgo. Pero el grado de crueldad, que están desarrollando los rusos sobre Ucrania, en una Europa que ya no estaba acostumbrada a la barbarie y, sus efectos sobre la psicología personal y colectiva en el mundo en que vivimos, me parecen tener una importancia profunda y, tratar de comprenderlos, es para mí importante.

Para comprenderlos, al menos hasta cierto punto, deberíamos considera la naturaleza y la historia de la crueldad. El gran Montaigne, en uno de sus famosos “Essais”, decía:

“Por naturaleza y raciocinio, de entre todos los vicios no hay ninguno que odie más que la crueldad y, que lo considere peor. Por esta condición y debilidad, si veo rebanar el cuello de un pollo, o a un cerdo herido, no puedo sino sentir pesar. Y no puedo soportar que se ciegue a un halcón, u oír aullar a una liebre salpicada de rocío, cuando cae bajo las garras de los podencos”.

Estoy de acuerdo, como tantas veces, con Montaigne, no hay nada más horrible en los seres humanos, que la crueldad. Pero no se trata sólo, de una cuestión de gusto o repulsión, o de tolerar un vicio o una virtud. Estoy escribiendo esto en 2022, hace más de 500 años, más de medio milenio, desde que Montaigne escribió esas palabras. “Quizá se encontraba apoyado – escribía Leonard Woolf – en una pared de la torre de su castillo en Montaigne, una mañana de septiembre de 1567, cuando las escribió”. Era Montaigne, en mi opinión, la primera persona en el mundo, que expresaba este intenso y personal horror, hacia la crueldad. Fue, también, el primer hombre completamente moderno. Fue, preeminentemente, un hombre del Renacimiento, aquel movimiento que, en las mentes de los hombres y en la historia, creó una nueva civilización.

Una parte integral de aquella nueva civilización, fue la revolución en la actitud del hombre hacia el hombre. Antes del Renacimiento, en todas las civilizaciones previas, la individualidad del ser humano como individuo, solo se apercibía oscuramente y, contaba muy poco o en absoluto, en la ética y organización de la sociedad: hombres, mujeres y niños no eran individuos, no eran, en ningún sentido, “Yos”, eran anónimos e impersonales miembros de clases o castas. A mediados del siglo XIV, esta actitud medieval hacia los seres humanos, que era la base de aquella sociedad, comenzó a dejar paso, a una inquieta conciencia de la individualidad. Montaigne, como hemos dicho, fue el primer hombre completamente moderno, por su intensa conciencia y, apasionado interés en su propia individualidad y, en la de todos los seres humanos.

La combinación en Montaigne, de intenso odio hacia la crueldad y, de intensa conciencia de la individualidad, no fue fortuita. No hay lugar para la piedad o la humanidad, en una sociedad en la que los seres humanos no se consideran como individuos, sino como impersonales y, clasificadas piezas de una sociedad rígidamente organizada. Sólo si uno siente, que cada uno o cada una tiene un “Yo”, como nuestro propio “Yo”, sólo si cada uno es para uno mismo un individuo, podremos sentir lo que sintió Montaigne, respecto a la crueldad.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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