La tarde que llegué a la Gran Vía
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Vine a Madrid en septiembre de 1979 para licenciarme en periodismo y vivir mientras se pudiera de ese cuento largo. Tenía entonces 18 años recién estrenados y la Gran Vía contaba ya 69, que no es mal número, sobre todo mirando a los afluentes de Ballesta y Montera, que desembocaban en esa gran avenida que todavía llevaba el nombre de José Antonio. Yo me instalé en una pensión de la calle de la Puebla, enclavada en toda esa cordillera urbana de sexo barato y trajín de hombres grises, olor a fritanga y conversaciones recias y a veces bien fundamentadas. A la caída de la tarde, de aquella primera tarde remota y fundacional, me dejé caer por la Gran Vía, a la altura de Callao, y mis ojos bañados en quimera e ilusiones porveniristas imaginaron un futuro de esplendor a la medida exacta de mis afanes de mitómano a tiempo completo. Aquella sucesión de cines, con inmensas y sugestivas carteleras, los neones que ponían un brillo caprichoso en la noche recién estrenada…
En fin, la Gran Vía, como París, como el amor, los lleva uno puestos y los vive y los sublima o los degrada de acuerdo con ese termómetro interior. Yo había llegado a la Gran Vía, al corazón de mis sueños, y las gentes que veía por la calle se me antojaban todas personas de mérito, tipos de lograda arquitectura intelectual. Ya digo que yo estaba en el centro del milagro, en el punto exacto que habían dibujado mis afanes, y lejos de sentirme defraudado al hacer pie en la realidad, comprendía que esta certificaba y aun sobrepasaba mis expectativas. Eso era así, naturalmente, porque no pisaba realidad, sino que daba vueltas en el tiovivo de mi fantasía de muchacho tierno y disparatado. La realidad la tenía a solo unos metros, y era una pensión llamada Barja, donde por quince mil pesetas al mes me daban desayuno, comida, cena y cama. La realidad eran las horas de soledad pasadas entre aquellas paredes, los domingos por la tarde sin otro argumento que la tristeza, las duchas semanales cronometradas avaramente por el dueño del hostal, las difíciles relaciones con un compañero con el que compartía habitación.
Habíamos llegado los dos de Archidona y éramos la cara y la cruz de aquella aventura; yo, Quijote, enclenque y alborotado de afanes; él, Sancho, regordete y torturado por su realismo. Naturalmente, él estaba en lo cierto, y por eso lo sufría por adelantado. Era un chaval de tanta solidez intelectual como pesimismo fraguado en el laboratorio de las profecías autocumplidas. Con todo, pecaba de agorero. Lo recuerdo en el patio del instituto, unos años atrás, cuando estrenábamos el BUP, aventurando para quien le ponía oídos que íbamos de cabeza a la guerra civil. Fue por entonces que se murió Franco. El caso es que él y yo nos vinimos a Madrid, con embajadas muy distintas, a buscarle la sazón al periodismo. Luego los dos se lo hemos encontrado bien, él incluso mejor que yo, según se mire, pues que desde su provincia, que es la mía, de tedio sin plateresco, ha logrado notables metas profesionales, con una escritura recia y admirable, destilado lógico de su cultura bien musculada.
Yo no venía con las manos vacías, sino con una veintena de artículos de corte ingenioso, a la manera de mis muy leídos Umbral, Yale o Antonio Álvarez Solís. Pensaba que sería cosa fácil esa de llegar a los periódicos, enseñar tus cartas y empezar a jugar la partida de la gloria con los grandes del oficio. Y no estuve muy lejos de que me cayera la breva, al menos rondé por el huerto donde maduran estas frutas. No llevaba una semana en Madrid y los artículos ya me pesaban en mi carpeta de gomas. Así que me atreví a enseñar el género en el sitio que me quedaba más próximo, y ese era el periódico Informaciones, que no estaba más allá de trescientos metros de la pensión, en la calle San Roque, número 7. Dirigía aquel Informaciones, ya crepuscular, Emilio Romero. Una tarde me acerqué al diario y le dejé los artículos al portero. Volví al día siguiente: el portero llamó a un señor, que resultó ser Julián Martínez, redactor jefe del periódico, y que me saludó sin duda sorprendido por mi poca consistencia física, casi infantil, pues aunque tenía 18 años no aparentaba más de 15, y vestía con desaliño pueblerino mi esqueleto desmadejado y a la deriva; mi mirada estrábica y la cara tatuada de acné. Era un submarino fondeado en un mar de complejos. Y entre los complejos no solo tenía el de feo, sino el de genio. Esa era mi vida por aquellos días. Julián Martínez me invitó a que entrara en la redacción y escribiera un folio sobre mí. Un buen rato después me recibió Emilio Romero en su despacho de director, en lo que para mí fue la culminación de un sueño. Era imposible que me estuviera ocurriendo lo que me estaba pasando, y, sin embargo, a mí me parecía lógico. A la salida, Julián Martínez comentó: “Tenemos aquí al nuevo Francisco Umbral”. Y eso era ya la certificación de una evidencia.
Naturalmente, ni yo era Umbral, ni mi camino iba estar sembrado de rosas. Cabalgando siempre a lomos de mis ilusiones, tantas veces infundadas, fabulador, he logrado vivir con lo que me ha dado este oficio al que desde niño tuve como mi único refugio vital. La radio, la televisión, los periódicos han sido la música de mi biografía carente de fulgor. Pero me gustaría acabar por donde empecé, por aquella Gran Vía que descubrí una tarde de septiembre de 1979, y que ahora es una calle tan modesta, tan mediocre como cualquier sueño de impostada grandeza adolescente. La vida no era aquello, pero tampoco es esto. La vida es una cosa extraña, una fragua de deseos y fracasos, de mentiras y certezas desmentidas con el paso de los días. La vida es la desembocadura rota en el revés del tiempo, la lucha contra el tenaz olvido, una perdida fiesta de magenta y plata, la risa con esplendor de hada, y siempre, la muerte sin espada.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.