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“La virtud radica en el punto medio”


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Mi padre nos repetía con frecuencia, esa reflexión de Aristóteles. Pero ignoro si había leído al filósofo griego.

Y por lo que a mi respecta, muchos me habréis leído muchas veces, repetir lo peligrosas que resultan las pasiones y las emociones desbocadas, para un juicio racional, incluso para la felicidad.

Pues bien, Aristóteles se tomaba muy en serio la cuestión de la felicidad y, utilizaba esta vocablo, para describir un condición duradera, o relativamente duradera, del individuo. La felicidad es un fin en sí misma, el fin supremo y más deseable. Otros bienes, como los placeres o los honores y, también las aptitudes morales, igualmente pueden ser finalidades en sí mismas, pero además son medios que nos ayudan, a alcanzar la felicidad, mientras que la felicidad no es un medio para alcanzar nada.

No llamamos felicidad a los placeres o a los bienes efímeros, pero sí a los que son inherentes al hombre; no a la vida misma, ya que los humanos la compartimos con los animales, sino a los bienes que nos proporciona, la actividad del alma racional. Para llamar feliz a un hombre, no basta con que posea la capacidad de llevar a cabo, acciones moralmente buenas, controladas por la razón; es menester que se esfuerce, por poner en práctica dicha capacidad. También es cierto que, para producir con éxito bienes espirituales, necesitamos medios no espirituales, medios materiales o sociales, que son fortuitos y resultan de una coincidencia propicia. Estos medios pueden ser una condición necesaria de la felicidad, pero no su condición suficiente. Y, como la felicidad, constituye una capacidad humana específica y universal, debemos admitir que es accesible para todos y, que todo el mundo puede alcanzarla, mediante ciertos ejercicios espirituales (y no me refiero, a los que nos hacían tragar los frailes). Y, aunque todos sufrimos adversidades a lo largo de nuestra vida, el hombre verdaderamente feliz, nunca devendrá infeliz, puesto que jamás cometerá una iniquidad. A fin de conocer la felicidad, Aristóteles nos recomienda esta regla básica y general: en nuestras acciones debemos mantenernos en el punto justo y, evitar los vicios que resultan de un defecto o un exceso. Necesitamos tener valentía y, la valentía es un punto equidistante, respecto a dos extremos: la cobardía y la temeridad. Existe el vicio de la avaricia y el de la prodigalidad, pero la generosidad comedida, está libre de estos dos extremismos ¡Que ni la soberbia ni una baja estima, tengan acceso a nuestras almas!

Y no se trata de deshacernos de toda emoción o pasión, sino de controlar las pasiones y las emociones, con una regla primordial: busca el término medio, busca en la vida el comedimiento. Aristóteles no ignora las complicaciones, pero considera que estas dos reglas, estrechamente vinculadas, tienen unas bases muy sólidas: la felicidad es el bien supremo y una finalidad en sí misma y, consiste en ejercitar las aptitudes morales, o las virtudes que adquirimos, buscando el término medio entre dos extremos. Y cabría añadir, que la felicidad de los ciudadanos, es el objetivo de todo buen régimen político.

Parece natural opinar, que es feliz quien se siente feliz y, es infeliz quien tiene la sensación de ser infeliz y, nos costaría mucho convencer, tanto al uno como al otro, de que sucede justamente lo contrario, de lo que se siente espontáneamente. No se nos escapa, que personas bien provistas de virtudes y, no carentes de recursos para satisfacer las necesidades básicas, pueden sentirse profundamente infelices, por los motivos más diversos, tanto buenos como malos: algunos por no gozar de fama o admiración, otros, porque circunstancias adversas, o la propia debilidad, les han impedido conseguir lo que pretendían y, otros más, porque padecen tanto a causa del sufrimiento ajeno, que no pueden dejar de pensar en él, o perciben el mundo lleno de maldad y desgracias (Pascal, un hombre dotado de todas la virtudes, fue uno de estos) o les abruma el recuerdo de los infortunios pasados, o son así por naturaleza. Es decir, que la experiencia cotidiana nos sugiere, que puede haber muchos motivos y muchas razones.

Y que no sirve de nada decirla a alguien: ¿por qué te lamentas, si eres feliz en el sentido aristotélico de término?

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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