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La tristeza del domingo


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)
Q Train, Nigel Van Wieck (1990) Q Train, Nigel Van Wieck (1990)

Hubo un tiempo, entre mediados los ochenta y los primeros noventa, en que me aficioné a las llamadas revistas femeninas, no las del corazón, sino las destinadas preferentemente a mujeres profesional y culturalmente bien situadas: “Dunia”, “Elle”, “Vogue”, “Cómplice” .… revistas que leían también con gusto hombres como Vicente Verdú, Iñaki Gabilondo, Muñoz Molina, o yo mismo. Preciosos y abultados papeles, con mucho color, moda, publicidad de bella factura y unas páginas de exquisita prosa. Al menos entonces, ahora he perdido la costumbre de leerlas, no se escribía con tanta calidad de página en ninguna publicación periódica, salvando, quizás, los deportes de los lunes de “El País”, que eran el verdadero suplemento literario de ese periódico, y no “Babelia”. Pero, a lo que iba, la prensa femenina, escrita por mujeres y por hombres, era un destilado de prosa musical, bien timbrada, rítmica, intencionada y con gracia. De manera que yo solía ojear atentamente esas publicaciones en el VIP´S y luego me compraba de vez en cuando “Dunia”, que era la reina del sector. Durante años estuvo dirigida por María Eugenia Alberti, un mito de ese tipo de publicaciones, una aristócrata del periodismo, equiparable a lo que han sido Cebrián o Pedro J Ramírez en la dirección de diarios. Así que de tanto ver esos papeles me propuse escribir en ellos. Preparé un artículo reportajeado que titulé “La tristeza del domingo” y lo envié a “Dunia”. Pasaron varios meses, María Eugenia fue sustituida en la dirección de la revista y un día me llamaron de parte de la nueva directora, Sarah Gladstein, para decirme que les había gustado mi artículo y que lo iban a publicar como tema de portada. A partir de ahí empecé una fructífera etapa de colaborador.

Treinta años largos después quiero volver a escribir sobre la tristeza del domingo. El domingo no es exactamente un día y encierra por lo menos dos domingos: el primero alcanza su plenitud cuando los bares y los paseos rebosan de gente vitalista. “Centro en aquel instante/ de tanto alrededor/dije: Todo completo. ¡Las doce en el reloj!” (Jorge Guillén). El segundo, el enconadamente domingo, es el que llega conforme cae la tarde, ese kilómetro cero de la tristeza en el que uno no sabe muy bien qué hacer, ni para qué. La sombra melancólica del domingo, una criatura que lleva en sus entrañas el infortunio del lunes, es un espantajo que cada cual va aplazando a su modo. Los aficionados al fútbol se hacen la ilusión de que un partido puede ser su tabla de salvación. Los hay que acuden al cine o al teatro, o a tomarse un chocolate con tortitas con nata. Pero el partido, la película, las tortitas se acaban y el domingo, cada vez más corto, pero también más cruel, sigue ahí, con olor y temblor ya de lunes. Es el final del ciclo, la venganza del calendario. Hay quienes viven con tanta ansiedad el domingo que disfrutan la isla prodigiosa del viernes, pero empiezan a sentir el sábado noche la desazón, que es presagio, de una fecha maldita para la que no existe escapatoria, a menos que uno esté jubilado, laboralmente muerto, y no viva en una semana con días sino en el limbo de los almanaques. Con el tiempo vamos aprendiendo a resistir esa calamidad a fecha fija, pero cualquiera que no haya sido derrotado por la memoria guarda una colección de tardes de domingo en las que lo raro fue haber sobrevivido en el corazón de la desdicha.

Después de la hora alegre del vermú, el espejismo del aperitivo; pasado el trámite de la paella en familia, decreto de un fuero nacional todavía no derogado, tiene el domingo un aire cansado de desembocadura, un tono depre de fiesta que se agota, de fraude de ley del calendario. La tarde del domingo es el punto sin retorno en que se estrellan las presunciones infundadas del viernes y remiten las calenturas del sábado. Todas las rutas festivas van a dar a las horas finales del domingo, que es el morir de la fiesta, de la orgía falsamente perpetua. Creemos que vamos a poner en su sitio las equis de la quiniela, a acertar el pleno al quince del amor, sin embargo la realidad es terca como un lunes, y se queda con el botín.  Tal vez, como sospechaba Gil de Biedma, tengan razón los días laborables.

Pilar Pineda, querida amiga y magnífica periodista, ha dejado páginas memorables en las revistas del otro lado del corazón femenino, el de la sensibilidad y el primor. Ha acompañado fielmente a María Eugenia Alberti por esos mundos de papel, la última aventura la han vivido en “Joyce”, una publicación glamorosa, hecha a la medida estética de la ex directora de “Dunia”, quien se ha rodeado siempre de colaboradores de lujo, como Pilar, o como Gonzalo Ugidos. Del baúl de mis recuerdos en Internet, de los tiempos recientes y remotos de mi blog “El país de Alicia”, rescato unas palabras de Pineda, a quien las frases le salen de natural inspiradas. “Yo hubiera querido, y me sigue pareciendo buena idea –escribía Pilar Pineda- que las tardes enteras del domingo fueran misa, no bares ni raciones, sino misa. Para terminar de morir a la salida, subidos los cuellos de los abrigos y apretada la bufanda. La misa, la muerte y la resurrección. Y por favor, por todos los santos y arcángeles del cielo, sin fútbol. Cantos gregorianos en todo caso, o marchas militares de las más odiosas jamás compuestas”. Ay, Pilar, a mí durante años me salvó el domingo el “Carrusel deportivo”, esa música pegadiza que es la banda sonora de tantos y tantas, para amarla o para odiarla. Tengo amigas que todavía recuerdan con aprensión el retorno en coche, en su niñez, los domingos por la tarde, con los  goles como fatal cantata. A otros, los goles nos daban la vida. Para gustos los colores, también los colores idealizados de las revistas femeninas de entonces. Otros tiempos.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.


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