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Del malestar social a los trastornos mentales


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Con el lento final de la pandemia, del drama de las residencias de mayores y de los ingresos en los hospitales y en las UCIs y del incremento de la mortalidad con el consiguiente miedo al contagio y su derivada; las medidas de aislamiento y distanciamiento físico, y finalmente de los efectos sociales y psicológicos por el confinamiento, ha aumentado la incidencia de los trastornos mentales, pero lo ha hecho ante todo el malestar social y la sensibilidad en general con la salud mental. Por otra parte, el impacto de la violencia de género, se viene notando también en los problemas psicológicos que afectan a las mujeres víctimas de abuso.

Es cierto que la incidencia de los trastornos mentales se ha incrementado, aunque quizá haya sido mayor la sensación de alarma y el malestar generados, afectando fundamentalmente a los problemas de salud mental infantil y juvenil a lo largo de la pandemia y en especial del confinamiento. De ellos ha llamado más la atención en los medios de comunicación el incremento de trastornos de adaptación como la angustia, la ansiedad y el estrés, en particular entre los más jóvenes, y, aunque con una incidencia menor que en los países de  nuestro entorno, se habla también del incremento de las conductas suicidas.

En definitiva, que a pesar de la alarma y de su repercusión en los medios de comunicación, como consecuencia de la pandemia de covid19 no ha habido una pandemia de enfermedad mental propiamente dicha. Si acaso la pandemia de trastornos mentales es anterior a la covid19. Lo que se ha acentuado es la sensación de incertidumbre y de malestar generalizados que se ha hecho más aguda en esta época del encadenamiento de las catástrofes, en que a la pandemia se han sumado ahora las consecuencias sociales y la inseguridad de la guerra en Ucrania y de la emergencia climática.

Sin embargo, más allá de la pandemia, los trastornos mentales graves e incapacitantes como son la depresión (la más propia de nuestro tiempo digital de auto exigencia, auto explotación y frustración) y en especial los trastornos mentales más graves como las psicosis, la esquizofrenia y el trastorno límite de la personalidad, se han agravado por las circunstancias que van a peor por la propia dinámica social y el aislamiento personal potenciado por las redes sociales, en particular en gente joven, y también por su tradicional invisibilidad, y son, en definitiva, los que más han sufrido y siguen sufriendo en mucha mayor medida que los demás trastornos mentales el estigma de la locura.

Tanto es así, que ni durante ni al final de la pandemia, los dispositivos, el personal, los derechos o los tratamientos psicofarmacológicos de los trastornos mentales graves o severos, se han visto suficientemente reforzados o han sido objeto de la misma atención por parte de la opinión pública. No porque no se vieran afectados como los demás por el impacto de la pandemia, de los confinamientos y el aislamiento físico, o del colapso de los servicios sanitarios y sociales, sino porque éstas situaciones límite, de una u otra manera, han formado parte de su situación habitual y de las biografías de sufrimiento de los afectados ya desde mucho tiempo antes de la pandemia.

Sin embargo, como consecuencia de la mayor sensibilidad provocada por la pandemia en la opinión pública, últimamente se ha vinculado la imagen de los trastornos mentales al malestar social y éste a la carencia de atención psicológica individual, a lo que se ha sumado la aparente paradoja que supone el incremento de la automedicación para situaciones como la ansiedad o el insomnio y al tiempo el incremento del prejuicio sobre la atención y la medicalización psiquiátrica. Todo ello se ha escenificado incluso en ámbitos tan significativos como el propio Congreso de los Diputados, donde la izquierda se ha hecho eco del malestar social y psicológico y al tiempo se ha reclamado una mayor incorporación de la atención psicológica a los dispositivos de atención primaria y de salud mental, ante lo que la respuesta de la derecha ha sido una reacción, casi instintiva, con el consabido 'vete al médico'. Pero lo cierto es que ninguno de estos problemas ni las posteriores reacciones a los mismos, tanto políticas como en la opinión pública son nuevos.

Al objeto de acertar lo más posible en la respuesta, en primer lugar habría que diferenciar entre malestar social y trastornos mentales propiamente dichos, y dentro de estos, de las neurosis de adaptación a la realidad con respecto a los trastornos mentales más graves consistentes en la pérdida de contacto con la realidad como las psicosis y la esquizofrenia.

Se trata pues de deslindar el malestar social del trastorno mental para evitar que a la actual medicalización del conflicto y del malestar social de la sociedad productiva contemporánea, se le sume ahora su psicologización en la sociedad de consumo digital.

En esta al conflicto y el malestar de la ansiedad y el estrés provocados por la intensidad y la extensión del trabajo, se añade ahora la depresión por el fracaso en el cumplimiento de los objetivos autoimpuestos, propios de la sociedad de consumo digital, sobre todo la auto exigencia en el trabajo telemático, la exposición en las redes sociales, junto a la soledad generada por el individualismo, los conflictos familiares y en las relaciones sociales e incluso en los duelos normales, ya que todos ellos tienen básicamente causas y por tanto posibles soluciones de orden social que van desde el apoyo de familia y amigos o la defensa de las organizaciones sindicales y de ayuda mutua.

Sin embargo, hoy por hoy, todos estos problemas sociales se nos presentan como desórdenes psicológicos o psiquiátricos, cuando las medidas oportunas podrían ser incluidas, como mucho en lo que se ha dado en denominar la higiene social, y más específicamente dentro de la promoción y la prevención propias de la salud pública.

Por otra parte, en los últimos años hemos visto como los problemas y las posibles alternativas a los trastornos mentales parecen centradas en las neurosis, la atención psicológica y en la salud mental infantil, que requieren como solución la incorporación de la psicoterapia como prestación del sistema de salud, añadida o como alternativa a la automedicación o al tratamiento farmacológico psiquiátrico, algo que con ser importante, no debiera dejar en un segundo plano la trascendencia de los trastornos mentales más graves a los que se suma el calificativo y el estigma de la locura.

Unos trastornos que no solo causan el mayor grado de sufrimiento psíquico, sino que provocan las mayores dificultades para la vida en sociedad y altas tasas de mortalidad prematura. Por poner un ejemplo, no solo la esperanza de vida se acorta en casi una década, sino que la esquizofrenia ha sido junto a la edad y la obesidad una de los factores de mayor riesgo en la evolución de la pandemia de la covid19.

Por eso, sin perjuicio de la atención al malestar social en su ámbito, y a los trastornos acentuados por la pandemia en niños y jóvenes, tanto de prevención como de promoción de salud mental, sigue estando pendiente la atención integral y la rehabilitación y los cuidados de los pacientes más graves, y en consecuencia el desarrollo del marco legal que garantice sus derechos, así como de los programas y de los dispositivos de tratamiento y rehabilitación adecuados para ellos.

Por otra parte, no cabe duda que tanto unos como otros de entre estos trastornos mentales deben formar parte de las prestaciones de la red de salud mental y de su trabajo pluridisciplinar e integral y de una atención programada, preventiva y de rehabilitación que si bien eran los pilares fundamentales del modelo de salud mental comunitaria, un modelo que, sin embargo, lleva años congelado en una fracasada descentralización y en una práctica meramente asistencialista.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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