Momo o la devolución del tiempo
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo»
Momo, 1972, Michael Ende
Es la historia de los ladrones grises del tiempo y de la niña que se lo devolvió a la humanidad. Una aparente historia infantil, que no lo es tanto. Detrás de su fantasía, este relato pone de manifiesto uno de los grandes temas de la modernidad: el uso que hacemos y que permitimos que se haga de nuestro tiempo, el que tenemos, el que (mal) empleamos, el que perdemos y el que regalamos. Un tema tan candente que ha sido, y sigue siendo, objeto de múltiples y sesudos ensayos, películas, novelas y debates. Michael Ende lo disfraza y nos lo hace digerible para que sea soportable a través de la figura de una niña huérfana y divergente, Momo que, envuelta en un enorme abrigo y descalza para tomar tierra, acompañada de una serie de personajes a los que el arte de la escucha despierta, recorre el camino en sentido antihorario para devolver la libertad a un mundo en perpetuas prisas por hacer de su tiempo un producto aprovechable para unos seres del Banco del Tiempo que, en realidad, se alimentan de las horas ajenas. Son parásitos grises, el color más triste, que se fuman las vidas ahorradas en no vivir. ¿Y quiénes son sus peores enemigos? Los niños, naturalmente. Porque saben perder el tiempo en jugar, en no seguir un horario, en imaginar y en escuchar. Y el maestro Hora, el administrador del tiempo. Y para llegar a él necesitan a Momo, y Momo a Casiopea, la tortuga mágica del primero. Es decir, para enfrentar la vida necesitamos compañeros que nos sirvan de espejo y guía a la hora de despertar de la alineación de una sociedad de prisas donde el tiempo es oro y el que no produce es apartado. Sin embargo, son esas prisas la gran trampa que causan tantas desgracias. La figura de la tortuga, animal de fábulas de andar lento y avanzar deprisa, sabe que cada ser vivo tiene su propio tiempo y que solo seguirá vivo mientras siga siendo suyo, y que perder el miedo equivale a ser libre para aprovechar sus horas de vida, pues el tiempo no se ahorra, se distribuye. Que no sirve de nada pisar por el mundo con zapatos ajenos, porque solo te saldrán callos. Que sí, que es difícil compartimentarlo, arrastrados por un reloj mundial atiborrado de segundos y proyecciones a futuro, de mundos virtuales, de seres ideales a golpe de filtros, de miles de anuncios, ofertas y promesas que avanzan al ritmo de las agujas de un inmenso reloj al que debes supeditar tu tiempo si quieres alcanzar, un día, quizá, la velocidad que marcan las horas sobre las que van colgados cientos de miles de humanos intentando no descabalgar en esa carrera contrarreloj. Que es un absurdo que los banqueros del tiempo saben y que nos obligan a seguir un ritmo innatural del que hemos dejado de ser conscientes, simplemente porque corremos como conejos de Alicia para llegar tarde, tarde a los amigos, a la imaginación, a disfrutar de no hacer nada. Pero aquí está Momo para recordarnos que el cronómetro lo activamos nosotros, que el reloj es nuestro y que «el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón».
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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