‘La Pasajera’: El horror del holocausto en una ópera sin estridencias
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
La pandemia impidió en su día el estreno de 'La pasajera' en el Teatro Real, una ópera de 1968 cuya trayectoria es toda una leyenda. En la que encontramos:
1. Un compositor polaco residente en la URSS de amplia obra (sinfonías, cuartetos, conciertos, óperas, operetas y mucha música de cine), Weinberg (1919-1996). Pero a su vez escasamente interpretado en Occidente. De origen judío hijo de actores yidis muertos lo mismo que su hermana en el campo de concentración de Teawniki, del que él logro escapar refugiándose en la URSS, donde sufrirá el estalinismo.
2. Una novela original de Zofía Posmysz(1923-2022), que durante tres años sobrevivió en el infierno de Auschwitz titulada 'La Pasajera', de la que en 1962 Minsk, el prestigioso director de cine polaco, también judío, realiza un largometraje, pero al volver de un rodaje en el antiguo campo de exterminio nazi sufre un accidente mortal y la película tiene que ser completada por Lasiewicz, ganando finalmente en Cannes-1964.
3. Un libretista, Alexander Medvedev, que muere pocos días antes del estreno de la ópera escrita en 1968 y semirepresentada en Moscú en 2006 y finalmente estrenada en su versión teatral en el festival de Bregenz de 2010. Ahora coproductor con el Teatro Real, la ENO británica y el Teatro Wielski de Varsovia. Con el apoyo del ministerio de Cultura de Polonia y el Instituto Adam Mickiewicz.
4. Una producción como la que se puede ver en el Real, dirigida musicalmente por la lituana Mirga Grazinyte-Tyla y escenicamente por el británico-polaco David Pountney, dos especialistas en las más de 150 obras de Weinberg, que dan lugar a un montaje teatralmente conservador pero de gran solidez dramática, con un decorado que en la parte superior es la cubierta y la habitación de un trasatlántico y en la parte inferior un pabellón de mujeres a punto de ser enviadas a las cámaras de gas, que también aparecen en escena. Bajo una escenografía muy clásica del fallecido sudafricano Johan Engels, con una gran aportación de la iluminación (Fabrice Kebour) y del vestuario (Marie-Jeanne Lecca). El decorado cuya base está compuesta por rieles o vías de tren por la que se desplazan partes de la escenografía será siempre un referente para las sucesivas producciones de este título.
5. Un argumento que se presta al melodrama operístico pero que precisamente circula en sentido contrario, hacia la sobriedad, el recorte de cualquier sentimentalismo, la renuncia a los trucos que pueden hacer levantar al público con aplausos al final de cada fragmento cantado.
Con una historia tensa: un matrimonio viaja hacia Brasil en torno a 1960 en viaje de placer, él es un diplomático de la Alemania Federal que descubre el pasado de su esposa, antigua guardiana de campo en las SS y hitleriana convencida. Quien en el barco descubre a una misteriosa mujer en la que cree reconocer a una de sus víctimas en Auschwitz. Una historia de tintes casi autobiográficos: la autora de la novela creyó escuchar en París la voz de su carcelera en el campo de extermino nazi unos cuantos años después del final de la guerra.
Singularmente la brillante partitura de Weinberg se distancia de cualquier ópera melodramática. Hay una influencia clara de las vanguardias del XX, del sinfonismo ruso, con añadidos muy diversos desde canciones con ecos populares a un cuarteto de 'jazz' que toca un número orquestalmente muy 'frío'.
La composición musical es compleja y debe haber supuesto un gran reto para la Orquesta del Real, lo mismo que para el coro dirigido por Jose Luis Basso con gran presencia en escena. Con decir que se escuchan hasta siete u ocho idiomas diferentes en la obra, incluso en algún momento parte del coro masculino lo hace en castellano.
La producción tiene unas cartacterísticas casi referenciales de lo que a partir de ahora serán las futuras producciones de 'La pasajera', con una escenografía y un concepto estético muy clásico donde ni siquiera hay proyecciones de video, bajo unas características realistas en las que se contrastan dos espacios antagónicos que finalmente confluyen. Bajo un envoltorio clasicista la obra musicalmente se distancia de cualquier débito reverencial al sentimentalismo o el recurso grandilocuente. Para contar el horror no hacen falta truculencias.
El final es una declaración de la víctima hecha de cara al futuro de la humanidad que no deriva en discurso, ni recurre al drama para tocar el corazón del espectador, sino que lo hace desde un tono muy contenido, incluso apagado, que acaba con un silencio y no con un epílogo apoteósico musicalmente.
Detallar las voces que interpretan esta partitura es destacar a un conjunto compuesto de muchas nacionalidades y lenguas distintas en el que casi todos tienen su momento de lucimiento personal especialmente los muchos personajes femeninos encabezados por Anna Gorbachyova-Ogilvie y Amanda Majeski, pero donde todos están excelentes dentro de un formidable colectivo.
Lo asombroso de este montaje del que se van a hacer ocho representaciones en el Teatro Real es que está encomendado a los verdaderos especialistas musical y escénico en la vida y obra obra de Weinberg. Un autor a descubrir de forma tardía del que además se están interpretando en Madrid sus cuartetos de cuerda (Fundación March) así como en los conciertos del Real.
Sorprendente la capacidad del Real para estar al día en lo mejor de las producciones operísticas mundiales en una temporada que, nuevamente, añade mes a mes, montajes que generan máxima atención con una amplia gama de contenidos de primer nivel.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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