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«No era cuestión de amor; era cuestión de un hombre»


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

- El amante de lady Chatterley, 1928, David Herbert Lawrence -

Voy a empezar reconociendo que no es una de mis novelas favoritas, pero sí se merece recordarla hoy. Aunque solo sea por enfatizar la cultura del ofendidito, que tampoco la inventamos, de una sociedad británica muy escandalizable de puertas para afuera. No para dentro. Esta contraposición entre las clases altas, estéticas, educadas, bucólicas, apacibles y con perfecto y (aparente) control de las emociones se encarna en lady Chatterley, Constanza para los amigos, una joven casada de solo 23 años y de familia burguesa intelectual con ínfulas artísticas aburrida de un marido parapléjico y frío, Cliffort, este sí de sangre aristócrata, que le propone echarse un amante para tener heredero, pero como al amor no se encarga, ella, lo que es la naturaleza humana, se echa a los vigorosos brazos del guardabosques de sus tierras, Oliver Mellors, de clase obrera y sangre ardiente, pero con ciertos gustos finos, incluso literarios, que encarna la Inglaterra pujante en la nueva era de la industrialización pragmática poco dada ya a las finezas etéreas de aristócratas en clara retirada. Ella ya había probado el disfrute carnal con el dramaturgo Michaelis, pero la dejó in albis, así decide a quién regalar sus besos y abrazos sin mirar su condición social.

Este triángulo amoroso reducido a dos componentes activos desatará todos los placeres canales que el autor describirá con una crudeza y belleza literaria a partes iguales, hecho que le costó la censura en su país hasta 1960. La historia nos cuenta que fue el barón de Rotschild, Phillip, amigo del autor, quien había comprado los derechos de la novela (la tercera y definitiva versión) y no los liberó hasta cinco años después de la primera adaptación cinematográfica de 1955.

La perspectiva masculina es patente e inevitable y no siempre lograda; aun así, los largos diálogos, la recreación lenta y sensual de algunos pasajes y la fuerza de las palabras de un buen escritor han logrado que esta novela sea un clásico de la literatura, llevada al cine en varias ocasiones con más o menos éxito, por eso, aunque se habla de «empoderamiento femenino» a mí me cuesta verlo de forma tan simplista y preñado de tantas renuncias. Además, ya teníamos a Colette, una autora mucho más avisada y avizorada en lides semejantes y más autónoma, femenina y libre. Ya hablaremos de ella.

Por ahora, reconozcamos que la novela de D.H. Lawrence supuso un golpe de aire fresco por lo explícito de las relaciones carnales de los protagonistas en un mundo maniqueo en el que la convivencia de ambos como pareja era casi imposible por cuestiones de clase social y dinero. Escrita por un hombre intentando capturar las emociones de una mujer, a veces parece lograrlo, pero otras claramente se le escapa. Así, tira de lo conocido, inspirado en su musa, amante y luego esposa, Frieda von Richthofen, una aristócrata alemana venida a menos, pariente lejana del Barón Rojo, casada en primeras nupcias con un insulso filólogo inglés y luego con Lawrence, por el que tuvo que renunciar a todo incluidos sus propios hijos. Y esto es lo que, a mí, sí me parece un sacrificio.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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